El sentimiento de desprecio es mutuo. Donald J. Trump, presidente de los Estados Unidos, considera irrelevantes a los organismos multilaterales como la ONU, mientras que desde estas instituciones lo observan con abierta hostilidad. A favor de Trump hay que reconocerle que, en este terreno, al menos es consecuente: desde su primer gobierno dejó claro que no cree en intermediaciones burocráticas, que su apuesta es la diplomacia directa, cara a cara, y que mantener estructuras que él define como “entelequias diplomáticas” con dinero del contribuyente estadounidense equivale a malgastar recursos en una maquinaria inoperante. Según su visión, lejos de resolver problemas, estas organizaciones terminan dinamitando el poco sentido común que queda en los países miembros. Ejemplos, según él, sobran: la Agenda 2030, la llamada “religión climática”, la ideología de género, la promoción del aborto y otros proyectos que interpreta como despropósitos.
El discurso incendiario que pronunció en la Asamblea General de las Naciones Unidas el 47º presidente de la nación más poderosa del planeta fue un verdadero misil contra el progresismo internacional que ha copado tanto a la ONU como a otros foros multilaterales. Con su estilo directo y desafiante, Trump les cantó las verdades a funcionarios y delegados que, a su juicio, buscan rediseñar el mundo bajo intereses subalternos.
Entre los puntos centrales de su intervención, señaló que la ONU ha perdido el espíritu fundacional de trabajar por la paz. Según Trump, el potencial de la organización se ha desperdiciado: “lo único que hace bien es redactar cartas enérgicas a las que nunca da seguimiento”. Fue particularmente duro al acusar a la institución de respaldar, de manera descarada, el ingreso masivo de solicitantes de asilo a Estados Unidos: “Se supone que la ONU debe detener las invasiones, no crearlas ni financiarlas”.
Su crítica se extendió también hacia la vieja Europa, un blanco recurrente en sus discursos. Recordó lo dicho en su momento por su actual vicepresidente, J.D. Vance: “Europa está en serios problemas. Ha sido invadida por una fuerza de inmigrantes ilegales como nunca se había visto. Tanto la inmigración descontrolada como las ideas suicidas sobre la energía serán la muerte de Europa occidental”.
Respecto al cambio climático, Trump fue categórico: lo calificó como “la mayor estafa jamás perpetrada en el mundo”. Advirtió que, si las naciones europeas no se alejan del “fraude de la energía verde”, sus economías fracasarán. Y remató con un mensaje que mezcló afecto y advertencia: “Amo a Europa, amo a los europeos, pero me duele ver cómo la inmigración y la energía están devastando al continente. Este monstruo de dos cabezas destruye todo a su paso. Quieren ser políticamente correctos y están acabando con su propio patrimonio”.
En este punto, no cabe duda de que Trump 2.0 está más vigente que nunca. Con un discurso que desafía lo políticamente correcto y que reivindica la necesidad de recuperar el sentido común, el mandatario estadounidense vuelve a demostrar que, cuando se sube a tribunas de alcance global como la de las Naciones Unidas, se convierte en un huracán indestructible.
(*) Analista Internacional




