17 de marzo de 2026

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Por: Bruno de Ayala Bellido // Entre el tango y la milonga, Milei en su hora cero

Bruno de Ayala Bellido

La euforia inicial se desvanece. La llamada “revolución libertaria” implementada en la Argentina por Javier Milei —vista desde Hispanoamérica con tanta simpatía e ilusión— entra en su hora de definición. Las  elecciones del 26 de octubre denominadas de  medio término para el Congreso argentino marcarán el punto de inflexión: o consolidan un camino hacia una economía moderna, abierta al mundo y con equilibrio fiscal, o significan el retorno al pasado populista, ese populismo cavernario que hundió al país del tango y las medialunas en décadas de inflación, despilfarro y corrupción.

En el primer escenario, Argentina podría encaminarse hacia tratados de libre comercio, una reducción drástica del gasto público y la modernización del Estado. En el segundo, volverían los sindicatos mafiosos, el kirchnerismo delincuencial y una izquierda anacrónica incapaz de leer el siglo XXI. Si eso ocurre, la milonga política volverá al palabreo, a la emisión inorgánica de dinero, al déficit sin control, y con ello, a la inflación desbocada que siempre se traduce en más pobreza.

El reto de Milei es monumental. Gobernar un país acostumbrado a la dádiva, al subsidio y a la idea de un Estado “presente” —sin importar cuánto se robe en esa presencia— es una tarea casi imposible. Algunos teóricos sostienen que reformas estructurales como las que aplicaron el Perú de los noventa o el Chile de los ochenta solo se logran bajo regímenes autoritarios. Precisamente por eso, el fenómeno Milei resulta tan interesante: intenta demostrar que el “cáncer” del populismo puede extirparse utilizando los instrumentos de la democracia.

Sin embargo, la resistencia es feroz. Enfrente tiene a los zombis del peronismo más dogmático, que durante décadas inocularon en el pueblo argentino una peligrosa mezcla de resentimiento y dependencia. Para ellos, cualquier intento de racionalizar el gasto o eliminar privilegios es un ataque “neoliberal” contra el “pueblo trabajador”. Milei, con su estilo estridente y confrontacional, no solo lucha contra la oposición política, sino también contra la cultura política argentina, moldeada por más de medio siglo de clientelismo.

Surge entonces la gran pregunta: ¿puede un shock económico que conduzca a una economía abierta y competitiva realizarse dentro del marco democrático? La historia dirá si Milei logra ser el ejemplo que rompa el paradigma o si Argentina volverá a su eterno péndulo entre el tango y la milonga, entre la modernización y el atraso.

Las reformas que el país necesita —privatizaciones, reducción del gasto público, apertura comercial, reforma laboral— deben pasar por un Congreso donde el partido gobernante, La Libertad Avanza, cuenta con una representación limitada. Por eso, las elecciones legislativas del próximo año serán decisivas. Aun con un resultado favorable, la tarea seguirá siendo titánica.

Argentina, que a comienzos del siglo XX figuraba entre las diez economías más prósperas del planeta, terminó convertida en un laboratorio del populismo. Sus inmigrantes europeos trajeron trabajo y cultura, pero también ideologías igualitaristas que, mezcladas con gobiernos corruptos, destruyeron la institucionalidad y la cultura del esfuerzo. El resultado está a la vista: un país inmensamente rico condenado, por ahora, a bailar entre el tango de la esperanza y la milonga de la frustración.

(*) Analista Internacional

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