31 de marzo de 2026

|

Lima: Cargando...

Por: Bruno de Ayala Bellido // Europa y el fin del estado de bienestar

Bruno de Ayala Bellido

La idílica y admirada Europa atraviesa una de las coyunturas más dolorosas de su larga historia: el ocaso del Estado de bienestar, uno de sus más grandes estandartes y símbolo de prosperidad. Aquella imagen de una sociedad justa, solidaria y próspera —orgullo del Viejo Continente durante más de medio siglo— se desmorona como un castillo de naipes ante la mirada impávida de una clase dirigente que, con políticas erráticas y agendas ideológicas ajenas al sentido común, ha terminado por matar a la gallina de los huevos de oro.

Los signos de agotamiento son visibles. Europa envejece aceleradamente: según Eurostat, la edad media supera los 44 años y uno de cada cinco ciudadanos tiene más de 65. A esta crisis demográfica se suma el colapso progresivo de los sistemas de pensiones, cada vez más insostenibles frente a una base laboral reducida y fuertemente gravada. Los jóvenes europeos —muchos de ellos sobrecalificados— enfrentan tasas de desempleo superiores al 20 % en países como España o Grecia y se sienten cada vez más marginados de los beneficios que alguna vez definieron el modelo europeo.

La inflación persistente —que ronda el 3 % anual en la eurozona—, la crisis energética derivada de la guerra en Ucrania y el alto costo de las políticas “verdes” han encarecido la vida cotidiana y asfixiado a la clase media. El llamado “milagro social europeo” se sostiene hoy sobre una deuda pública que, en promedio, supera el 85 % del PIB del bloque. Mientras tanto, la burocracia de Bruselas continúa impulsando regulaciones y subsidios que erosionan la competitividad industrial y ahuyentan la inversión.

Figuras como Emmanuel Macron en Francia, Pedro Sánchez en España o Ursula von der Leyen al frente de una cada vez más desacreditada Comisión Europea simbolizan este desvío de rumbo. Francia vive protestas recurrentes por el alza de la edad de jubilación; España arrastra un déficit estructural crónico; y Alemania —antiguo motor económico del continente— sufre una recesión técnica y el cierre de fábricas emblemáticas, consecuencia directa de su dependencia energética y de su política de descarbonización acelerada.

El viejo modelo socialdemócrata que prometía seguridad, estabilidad y bienestar se enfrenta ahora a sus propias contradicciones: una población envejecida, un mercado laboral rígido, una inmigración masiva mal gestionada y una élite política más preocupada por la corrección ideológica que por la productividad.

Europa, que alguna vez marcó el camino de la prosperidad, se encamina hacia una dolorosa reestructuración de su contrato social. El Estado de bienestar —orgullo de la posguerra— se extingue lentamente, víctima de su propia complacencia. Y mientras las calles de París, Berlín o Madrid vuelven a llenarse de protestas, el continente parece olvidar que ninguna civilización puede sostener privilegios eternos sin trabajo, disciplina y responsabilidad fiscal.

En el horizonte, sin embargo, surge una luz de esperanza: el auge de una nueva derecha patriótica. Líderes como Marine Le Pen en Francia, Santiago Abascal en España, Giorgia Meloni en Italia o Viktor Orbán en Hungría intentan revertir las condiciones de una debacle casi segura. La esperanza de un cambio real reposa en ellos; sus mayores enemigos, el progresismo ideológico, el islamismo radical y el tiempo, que corre en su contra.

(*) Analista Internacional

Scroll al inicio