La reciente renuncia de Phillips Butters a la candidatura presidencial por el partido Avanza País —uno de los tantos vientres de alquiler que abundan en la política peruana—siendo el único aspirante que representaba, a título personal, esa derecha emprendedora, exitosa y patriótica tan en boga en el mundo libre, me llevó a plantearme una pregunta: ¿existe realmente una nueva derecha peruana?
¿O seguimos atrapados en una derecha tibia, acomplejada, centrista, temerosa de asumir banderas pro familia, pro vida y, en general, de defender posiciones conservadoras en lo social y libertarias en lo económico? ¿Una derecha que prefiere coquetear con un progresismo decadente que tanto daño le hace a la sociedad —empezando por los más jóvenes— antes que plantear un contraste firme?
¿O, peor aún, una derecha mercantilista, esa de caciques que entran en política para proteger sus intereses económicos y comerciales?
Pareciera que ningún político se da cuenta de que más del 52 % de los peruanos se identifican con la derecha, mientras que solo un 11 % se considera de izquierda, según encuestas de Datum (2025). Sin embargo, nadie en el menú electoral actual rompe con claridad con la ideología caviar o progre. Unos callan; otros llevan en sus listas a tibios que hacen guiños a posiciones que ya están en retirada en gran parte del mundo. No ven que asumir una postura clara —levantando las banderas del patriotismo, el orden y el respeto a las libertades individuales— los podría posicionar como líderes de una nueva derecha, capaces de enfrentar la agenda globalista.
Ni López Aliaga, ni Carlos Espá, ni el comediante Carlos Álvarez parecen dispuestos a asumir con entereza ese liderazgo. Al contrario, se muestran cómodos en un centro cobarde: esa tibieza que es, en esencia, la nada misma.
Miremos la evolución y el discurso de tres líderes que representan esa nueva derecha o derecha patriótica en el mundo: Santiago Abascal en España, Giorgia Meloni en Italia y Javier Milei en Argentina. Todos ellos dejaron de temer la palabra “derecha”; al contrario, la reivindicaron. Con datos, con ideas y con solvencia intelectual desmontan el discurso progre o woke, dan la batalla cultural y, lo más importante, logran que las mayorías entiendan la solidez de sus propuestas: reducción drástica de impuestos, equilibrio fiscal, no gastar más de lo que ingresa, achicamiento del aparato estatal y fortalecimiento de la libertad económica.
En el Perú, hasta hoy —diciembre de 2025—, no existe entre los 39 candidatos alguien con la valentía suficiente para asumir con claridad los postulados de un cambio profundo en el rumbo del país. Un liderazgo que respete el libre mercado y entienda que un Estado moderno debe concentrarse en cuatro funciones esenciales:
- Educación
- Salud
- Defensa interna y externa
- Relaciones internacionales (incluido el comercio exterior)
Todo lo demás debe quedar en manos del mercado, con el Estado actuando como árbitro.
La campaña recién empieza. La posibilidad de que surja un líder con ideas claras aún es posible. El Perú se lo merece.
(*) Analista internacional




