13 de abril de 2026

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Por: Bruno De Ayala Bellido // Gustavo Petro: un meme hecho presidente

Bruno de Ayala Bellido

Las formas lo son todo en política internacional, y la manera en que Colombia plantea un problema interno relacionado con su puerto fluvial de Leticia es todo, menos diplomática. Desde el año 2005, la Armada Colombiana venía advirtiendo a los sucesivos gobiernos que el brazo del río Amazonas que baña el puerto de Leticia, por cuestiones naturales —casi divinas—, se secaría más pronto que tarde. Sus estimaciones indicaban que, hacia el año 2030, Leticia perdería su acceso directo al Amazonas, dejando de ser un puerto fluvial.

Pero la clase política colombiana, tan parecida a la peruana en su cortoplacismo, prefiere el facilismo y pretende ahora apropiarse de una isla que es peruanísima: Santa Rosa de Loreto, para solucionar su problema ribereño. Lo anecdótico —que linda con la falta de respeto— son las formas. El inefable presidente colombiano, Gustavo Petro —el de los gustos exóticos, lo más parecido a un meme—, asevera que el Perú ha “invadido” territorio colombiano y ha creado un distrito. Pero la cosa no queda ahí.

Aprovechando la temporada de espectáculos, el ministro del Interior colombiano, un tal Armando Benedetti, actúa como comparsa, un orangutan del show político, digno de un gobierno que hace tiempo perdió la brújula. Benedetti incluso insinúa que, si no se entrega la isla, “las cosas se van a poner feas”. ¿Insinúa acaso una guerra? Parece que, para cierto sector del actual gobierno colombiano, la diplomacia quedó anclada en aquellas zonas urbanas donde operaba el M-19, la banda terrorista y narcotraficante a la que perteneció el hoy presidente Petro.

Pero ¿cuál es la verdad detrás de esta alocada posición del gobierno colombiano?

Dos verdades destacan:

La primera, de orden práctico: Leticia podría perder su calidad de puerto fluvial. Esa situación puede resolverse dialogando. La amistad entre los pueblos en la triple frontera —Tabatinga (Brasil), Santa Rosa (Perú) y Leticia (Colombia)— es entrañable, y supera la mediocridad de nuestras clases políticas. Soluciones existen por las buenas, nunca con amenazas. Pero parece que el arlequín de la política hispanoamericana, Gustavo Petro, quiere aplicarle al Perú lo mismo que Donald Trump le aplicó a él: poner la pistola sobre la mesa y después dialogar. Pero eso no funcionará con el Perú.

La segunda, y más preocupante, es política: El gobierno de Petro busca quedarse en el poder a como dé lugar. Y las cosas en el interior de Colombia no pintan nada bien. Una guerra suspende elecciones, une artificialmente a un país en torno a una figura —por más endeble que sea—, y crea una cortina de humo conveniente. No vaya a ser que ese sea el objetivo final de este siniestro personaje.

Al Perú lo asiste el derecho internacional y también el histórico. Los tratados de Salomón–Lozano de 1922 y su protocolo complementario, el Tratado de Río de Janeiro de 1934, lo señalan claramente. La vía diplomática debe utilizarse bajo una premisa firme y clara:

ni un milímetro de nuestro territorio.

Ya bastante se regaló en su momento. Pese a haber ganado la guerra peruano-colombiana, cedimos Leticia. Eso no volverá a pasar.

(*) Analista internacional

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