“Israel ganará esta batalla. Ganaremos esta batalla porque no tenemos elección. Después de generaciones en que nuestro pueblo fue masacrado, asesinado sin piedad, y nadie levantó un dedo en nuestra defensa. Ahora tenemos un Estado, ahora tenemos un ejército valiente, un ejército de coraje incomparable. Y nos estamos defendiendo”.
— Benjamín Netanyahu en las Naciones Unidas
Con esta sentencia del primer ministro israelí inicio esta columna. Resume lo que yo mismo viví en el terreno, lo que percibí al caminar sus calles y conversar con su gente. Es sencillo analizar la política internacional leyendo libros o informes, pero mucho más revelador es experimentar directamente la realidad de la que se habla.
Por conocer Israel, puedo afirmar que este país respira un deseo irrenunciable de vivir. Ese derecho no le fue regalado: se lo ganó a pulso. Y nunca como ahora está tan cerca de consolidarlo en forma definitiva.
He sido testigo del compromiso de la juventud judía. Jóvenes de apenas 18, 19 o 20 años, dispuestos a defender su patria con una convicción admirable. Y digo bien defender, aunque en ocasiones ello implique atacar. Porque defenderse en Israel no significa simplemente levantar muros: significa neutralizar amenazas antes de que se conviertan en catástrofes.
Aquí choca de frente el discurso progresista occidental que, desde la comodidad de universidades y parlamentos europeos o norteamericanos, victimiza a grupos terroristas como Hamás o Hezbolá, mientras acusa a Israel de ser “el agresor”. Esa narrativa olvida un detalle esencial: Israel estaba cercado hasta hace poco, acosado permanentemente por un círculo de fuego armado y financiado por Teherán, al tiempo que sufre campañas de propaganda en universidades y medios de comunicación occidentales, muchas veces alimentadas desde Catar.
Nunca como ahora hemos estado tan cerca de un desenlace en este conflicto. En términos geopolíticos, la ecuación está más clara que nunca: la cabeza de este pulpo del terrorismo se llama Irán. Hoy se encuentra contenida, y sus tentáculos —desde Hezbolá en el Líbano hasta los hutíes en Yemen, pasando por Siria e Irak— han perdido capacidad de maniobra.
En este tablero de ajedrez internacional, múltiples actores influyen de manera decisiva. Rusia y China condicionan sutilmente los movimientos de Irán. Estados Unidos, por su parte, respalda a Israel, aunque también establece límites en su accionar. Sin embargo, tanto israelíes como iraníes o turcos juegan su propia partida con variables autónomas. Un ejemplo claro es la cautela de Israel al no enviar armamento sofisticado a Ucrania, preservando así un mínimo canal de comunicación con Moscú. Esa estrategia revela un cálculo fino y pragmático.
Israel ha tomado una decisión: acabar de una vez por todas con el radicalismo islámico e intentar modificar, al menos parcialmente, la mentalidad de cientos de miles de jóvenes árabes. Junto con ello, busca contrarrestar la influencia de sectores progresistas europeos que, con poco conocimiento y mucha irresponsabilidad, validan un islamismo político cuya ideología plantea la destrucción de Occidente. Basta leer con detenimiento los textos fundacionales del islam radical para comprender lo que nos esperaría si el califato se impusiera en nuestras sociedades. La única democracia representativa de medio oriente se juega el todo o nada, los dados se lanzaron solo el tiempo nos dará el resultado final.
(*) Analista Internacional



