22 de febrero de 2026

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Por: Bruno de Ayala Bellido // “La teoría del loco” y los objetivos geopolíticos de Donald Trump

Bruno de Ayala Bellido

Aparentar irracionalidad para que amenazas poco creíbles se vuelvan creíbles y, al mismo tiempo, volver imprevisibles los propios movimientos es una estrategia conocida como “la teoría del loco”. Este concepto fue uno de los ejes centrales de la política exterior del presidente estadounidense Richard Nixon durante la década de 1970, especialmente en el contexto de la Guerra Fría y la guerra de Vietnam. La lógica era simple pero efectiva: si el adversario cree que enfrente tiene a un líder capaz de cualquier cosa, tenderá a ceder antes de llegar a un punto de no retorno.

Décadas más tarde, un joven Donald Trump adoptó esta lógica en los años ochenta como parte de su estrategia empresarial en el sector inmobiliario, donde la intimidación, la exageración del poder propio y la imprevisibilidad eran herramientas habituales de negociación. Esa misma lógica sería trasladada luego a su política internacional una vez instalado en la Casa Blanca, y aplicada con mayor énfasis en su segundo período presidencial. La amenaza directa, sin demasiadas cortapisas diplomáticas, la demostración constante de músculo económico, militar y tecnológico, y una retórica deliberadamente agresiva buscan un objetivo claro: descolocar al adversario y forzarlo a negociar desde una posición de debilidad.

Donald Trump no actúa de manera improvisada. Tiene una agenda internacional definida y metas concretas. La diplomacia tradicional queda relegada a un segundo plano hasta que dichos objetivos son alcanzados. En el hemisferio occidental —especialmente en Hispanoamérica— la prioridad es clara: reducir al máximo la influencia de China y Rusia. Donde no pueda expulsarlos, intentará al menos monitorear, condicionar o limitar su margen de acción.

Un ejemplo ilustrativo es el puerto de Chancay en el Perú, cuya participación china es ya un hecho consumado. Ante esa realidad, Washington no opta por la confrontación directa, sino por una estrategia de equilibrio y control. En ese marco se inscriben los acuerdos de cooperación militar y la modernización de infraestructura estratégica, incluida la reubicación y ampliación de instalaciones navales en el Callao, con fuerte respaldo financiero y logístico de Estados Unidos. No se trata de gestos altruistas, sino de presencia y control geopolítico.

La misma lógica se aplica al Canal de Panamá, considerado vital para la seguridad y el comercio global estadounidense; al petróleo venezolano, cuyo control implicaría desplazar definitivamente a chinos y rusos del Caribe; y a la presión sobre México, especialmente en dos temas sensibles para Washington: el narcotráfico y la inmigración ilegal.

En el plano extra hemisférico, Groenlandia ocupa un lugar central. Más allá de la retórica sobre una eventual anexión —políticamente inviable—, el verdadero objetivo es asegurar un control militar, logístico y estratégico total en el Ártico, una región cada vez más relevante por rutas comerciales y recursos naturales. Finalmente, Cuba sigue siendo una pieza pendiente: Trump apunta a condicionar al régimen y avanzar hacia un escenario de mayor apertura bajo tutela estadounidense.

En síntesis, la “teoría del loco” no es locura. Es una herramienta calculada de presión, diseñada para imponer intereses nacionales sin recurrir necesariamente al conflicto directo. Trump lo sabe y la utiliza sin complejos.

(*) Analista Internacional

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