“París bien vale una misa”, frase célebre atribuida a Enrique IV de Francia, simboliza como pocas el pragmatismo político en su estado más puro. La historia la recoge como el momento en que un rey protestante decide convertirse al catolicismo para asegurar la estabilidad de su reino. No fue un acto de fe, sino de cálculo. Hoy, siglos después, esa misma lógica parece proyectarse sobre los recientes acontecimientos en Tierra Santa, particularmente a propósito de la celebración de la Semana Santa y los entredichos en torno a la misa del Domingo de Ramos en Jerusalén.
La reciente escaramuza entre el patriarca latino de Jerusalén, Pierbattista Pizzaballa, y el Estado de Israel desnuda dos realidades que, combinadas, conforman el explosivo cóctel geopolítico del Medio Oriente: la irresponsabilidad y la falta de tino. Dos elementos que, cuando se cruzan en un escenario de alta tensión, producen consecuencias que trascienden lo religioso y se convierten en munición política de alcance global.
Por un lado, la irresponsabilidad del patriarca latino resulta difícil de ignorar. En un contexto donde la seguridad es un factor crítico —y donde incluso días antes una esquirla de misil cayó cerca del Santo Sepulcro, epicentro simbólico del cristianismo— insistir en la realización de actos masivos no solo desafía las disposiciones vigentes, sino que bordea la imprudencia. No se trata aquí de restringir la fe, sino de comprender el momento. Jerusalén no es una ciudad cualquiera; es un punto neurálgico donde cualquier gesto puede amplificarse con consecuencias imprevisibles.
Pero del otro lado, Israel tampoco sale indemne. La falta de tino en la gestión de estos episodios evidencia una preocupante incapacidad para medir el impacto político de sus decisiones. En un mundo hiperconectado, donde la narrativa muchas veces pesa más que los hechos, restringir celebraciones religiosas en Jerusalén —por más justificadas que estén desde el punto de vista de la seguridad— se convierte en un error estratégico. No porque la medida sea incorrecta en esencia, sino porque no se acompaña de una comunicación eficaz que neutralice su instrumentalización.
Y es precisamente ahí donde entra en juego un tercer actor: la maquinaria ideológica global. Sectores del progresismo internacional, siempre atentos a capitalizar cualquier episodio que encaje en su narrativa, encuentran en estas situaciones un terreno fértil. A ellos se suman, no pocas veces, sectores de una derecha acomplejada que actúan como amplificadores involuntarios —o conscientes— de estos discursos. El resultado es predecible: Israel es colocado, una vez más, en el banquillo de los acusados, independientemente del contexto o las circunstancias.
Occidente, mientras tanto, observa con una mezcla de indiferencia y oportunismo. Jerusalén, ciudad sagrada para tres religiones, se convierte en escenario de disputas que van mucho más allá de lo espiritual. Aquí no solo se enfrentan credos, sino intereses, narrativas y estrategias de poder. Y en ese tablero, cada actor juega su propia partida, muchas veces sin medir el costo de sus movimientos.
La gran lección que deja este episodio es incómoda pero necesaria: en política internacional, como en los tiempos de Enrique IV, la racionalidad estratégica suele imponerse sobre las convicciones. Jerusalén —como París en su momento— también “bien vale una misa”. Pero la pregunta es otra: ¿quién está dispuesto a pagar el precio de ese cálculo?
Porque en el Medio Oriente, cada decisión, por pequeña que parezca, puede encender una chispa. Y en un polvorín, las chispas nunca son inocentes.
(*) Analista Internacional




