Que la extrema izquierda, el socialismo “progre” y su derivación cultural —la movida woke— abracen con fervor al islam radical y, con ello, a sus expresiones más violentas como Hamás en Gaza, Hezbolá en el Líbano, los Hermanos Musulmanes en Egipto, los hutíes en Yemen o el régimen de los ayatolás en Irán, puede tener cierta explicación: ambos extremos se retroalimentan en su odio a Occidente.
Hamás, recordemos, fue fundado en 1987 como rama palestina de los Hermanos Musulmanes y declarada organización terrorista por la Unión Europea y Estados Unidos. Hezbolá, por su parte, nació en 1982 bajo patrocinio directo de Irán para enfrentar a Israel en el Líbano. Los hutíes, movimiento chiita insurgente en Yemen, radicalizado a partir de los años 2000, hoy reciben apoyo financiero y militar de Teherán. En todos los casos hablamos de organizaciones que combinan fanatismo religioso con intereses geopolíticos.
La izquierda radical europea e hispanoamericana, siempre fascinada por el dinero fácil, encuentra en estos actores una fuente inagotable de recursos. Y el islam político, a cambio, inyecta millones de dólares en universidades, medios de comunicación, ONGs y partidos. La única condición: avanzar en la conquista cultural de Occidente. Basta observar lo que ocurre en Francia —con guetos islamizados en París o Marsella—, en Inglaterra —donde ciudades como Birmingham o Leicester tienen mayorías musulmanas en varios distritos— o en España, donde barrios de Madrid y Barcelona viven una islamización acelerada.
Lo verdaderamente absurdo —rayando en lo cómico— es ver a movimientos minoritarios como el LGTB+ o el feminismo radical levantando la bandera palestina. Como dijo Albert Einstein: “Dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez humana; y del universo no estoy seguro”.
Ver a homosexuales, lesbianas y activistas queer, así como a feministas radicales, enarbolando la causa palestina demuestra dos cosas: un desconocimiento absoluto del conflicto árabe-israelí y una desconexión total con la realidad. ¿Nadie les ha contado que el islam político los desprecia profundamente? Según Human Rights Watch, en Irán y Arabia Saudita los homosexuales pueden ser castigados con la pena de muerte; en Gaza, bajo control de Hamás, son perseguidos y encarcelados. Y según un informe de Amnistía Internacional (2023), en países como Afganistán y Yemen las mujeres son privadas de derechos básicos: no pueden vestirse libremente, ni acceder a la educación o al trabajo en igualdad de condiciones.
En contraste, Israel es el único país de Oriente Medio donde existen leyes que protegen a la comunidad LGTB y garantizan la igualdad de derechos para las mujeres. Tel Aviv es considerada “la capital gay de Oriente Medio” y el parlamento israelí ha legislado en favor del matrimonio igualitario de facto mediante reconocimiento legal.
Los ideólogos de estas causas importadas repiten como un mantra la palabra “genocidio” contra Palestina, sin saber que es precisamente Israel quien provee de electricidad, agua y medicinas a Gaza. Según datos de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA), Israel envía diariamente camiones de suministros a la franja. Es Hamás, no Israel, quien desvía esos recursos para su aparato militar, utilizando incluso hospitales y escuelas como depósitos de armas.
Ahora asistimos al espectáculo de una flotilla “progre” que partió desde Barcelona rumbo a Gaza. A esta flotilla, bautizada Samud (que en árabe significa “resistencia”), no le deseo mal alguno; solo espero que el viaje les sirva para conocer de primera mano la realidad de Oriente Medio. Tal vez, si llevan a sus militantes mujeres hasta El Cairo, puedan comprobar cómo reaccionan los “primos hermanos” de sus defendidos al verlas en ropa ligera, en pleno verano árabe. Eso sí sería turismo de aventura.
Al final me quedan algunas preguntas: ¿no sería más útil que todo ese entusiasmo se canalizara en salvar a Europa de las garras del islam político, en lugar de malgastarlo en causas ajenas? ¿O será que Palestina —que rechazó la propuesta de partición de la ONU en 1947 y nunca quiso constituirse como Estado— les sirve de excusa para esconder en el armario sus propios demonios internos? Quién los entiende.
(*) Analista Internacional




