28 de setiembre de 2026

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POR: Bruno de Ayala Bellido / Racismo y clasismo en el Perú: una enfermedad que divide y destruye

Bruno de Ayala Bellido

¿Es el Perú una sociedad donde los privilegios de los poderosos se imponen sobre la verdad? El clasismo y el racismo siguen más vigentes que nunca. Vivimos en una sociedad fracturada, donde el color de piel, el origen social y hasta la apariencia física pueden convertirse en argumentos para excluir o humillar.

Las redes sociales y los streamers, esa nueva casta de comunicadores digitales que ha convertido la confrontación en espectáculo, están alimentando una peligrosa trinchera ideológica donde lo marrón es el color importante de la sociedad. Basta observar los debates sobre la “peruanidad” de Alejandro Buse, destacado tenista peruano de piel clara y cabello rojizo, para comprobar que los prejuicios raciales pueden operar en distintas direcciones. La identidad peruana no debería medirse por el color de la piel, sino por la pertenencia a una nación diversa y compleja.

Los recientes acontecimientos ocurridos en el Liceo Naval Almirante Guise, donde un adolescente de 16 años denunció una agresión sexual dentro de un bus escolar realizada por sus compañeros de equipo de futbol (donde quedo la hermandad del deporte colectivo), han vuelto a poner sobre la mesa la violencia, el abuso de poder y la ausencia de empatía que todavía persisten en nuestra sociedad. Seis adolescentes fueron sometidos a cuatro meses de internamiento preventivo en Maranguita mientras continúan las investigaciones.

El caso recuerda inevitablemente algunas de las páginas más duras de nuestra literatura. En Paco Yunque, César Vallejo retrató la humillación del niño provinciano frente al poder económico y social. Y en La ciudad y los perros, Mario Vargas Llosa mostró la violencia, la jerarquía y los códigos de una institución educativa que funcionaba como reflejo de una sociedad marcada por profundas desigualdades.

El Perú no puede acostumbrarse a la violencia, la corrupción, la discriminación ni a la pérdida de valores. Tampoco podemos convertir un caso tan grave como el del Liceo Naval en una batalla política o clasista. La investigación debe determinar responsabilidades y la justicia debe actuar con firmeza, pero también con respeto irrestricto al debido proceso y a la presunción de inocencia y que caiga sobre los responsables todo el peso de la ley sin importar apellido ni estatus social.

Racismo y clasismo, al igual que la corrupción, se retroalimentan cuando una sociedad acepta que existen ciudadanos de primera y de segunda categoría.

Como dijo Nelson Mandela: “Nadie nace odiando”. El odio se aprende y, precisamente por eso, también puede desaprenderse.

La transformación comienza en la familia, continúa en la escuela y debe extenderse a toda la sociedad. Si queremos cambiar el Perú, tenemos que empezar por enseñar a nuestros jóvenes que nadie vale más por su apellido, su dinero, su color de piel o su posición social.

El Perú no necesita más odio. Necesita respeto, autoridad, justicia y, sobre todo, humanidad. Porque antes de sanar al país, debemos comenzar a sanar las heridas que llevamos dentro.

(*) ANALISTA INTERNACIONAL

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