26 de marzo de 2026

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Por: Bruno de Ayala Bellido / Se dice Feliz Navidad y no Felices Fiestas

Bruno de Ayala Bellido

Una de las grandes fortalezas de la izquierda progresista caviar a nivel mundial es su capacidad para manejar el relato. Lo hace con atención al detalle, sin complejos y con una audacia que le permite distorsionar la historia, acomodarla a sus intereses ideológicos y presentarla como un avance moral. En complicidad con una derecha tibia, envejecida y sin carácter, ha logrado imponer términos que suavizan, relativizan o directamente blanquean realidades profundamente graves.
Un ejemplo claro de esta manipulación del lenguaje lo vivimos en el Perú cuando el terrorismo asesino que desangró al país fue rebautizado como “conflicto armado interno”. Un cambio semántico que no es inocente: diluye responsabilidades, relativiza el horror y convierte a verdugos en actores políticos. El mismo mecanismo se observa en otros ámbitos, como el intento de eliminar la palabra “madre” y sustituirla por el frío y deshumanizante término “ser gestante”, o la aberrante pretensión de suavizar la pedofilia hablando de “gusto por menores de edad”. Así de enfermo es el progresismo ideológico y así de torpe es una derecha que, en lugar de confrontarlo, prefiere mirar hacia otro lado.
En este contexto aparece una moda que el progresismo semidescerebrado intenta imponer desde hace varios años: borrar el término Navidad del espacio público. Desde políticos impresentables como Pedro Sánchez en España, que felicitan estas fechas con el ambiguo “felices fiestas”, hasta campañas institucionales que evitan toda referencia cristiana, el objetivo es claro. No se trata de inclusión ni de respeto a minorías religiosas, como hipócritamente se afirma, sino de vaciar de contenido una celebración profundamente arraigada en la cultura occidental.
La Navidad no es solo un acto religioso; es un hecho histórico, cultural y civilizatorio. Es el recordatorio del nacimiento de Jesucristo, figura central no solo del cristianismo, sino de la construcción moral, ética y cultural de Occidente. Pretender neutralizarla con expresiones genéricas es un acto de ingeniería social que busca cortar los vínculos con nuestras raíces.
Curiosamente, este supuesto respeto a las minorías solo se aplica al cristianismo. Nadie se atreve a diluir celebraciones de otras religiones o culturas por miedo a ser acusado de intolerancia. La valentía progresista siempre es selectiva y apunta únicamente contra la Iglesia católica y la tradición cristiana, porque saben que ahí encontrarán silencio, complejos y cobardía en sus adversarios.
Decir “Feliz Navidad” no ofende a nadie. Lo que incomoda al progresismo es que esa expresión recuerde que existen valores, tradiciones y verdades que no pasan por su filtro ideológico. La batalla no es por una frase, es por el sentido de la cultura, por la memoria histórica y por la identidad. Renunciar a llamar a las cosas por su nombre es el primer paso para perderlas.
Por eso, sin complejos ni disculpas, se dice Feliz Navidad. Porque nombrarla es defenderla.

(*) Analista internacional

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