Sesenta y siete años de dictadura
Sesenta y siete años de promesas rotas, miseria administrada y un pueblo rehén de una élite que convirtió la revolución en un negocio familiar. Cuba vive hoy su hora más oscura y, paradójicamente, también una de las más decisivas.
El origen del mito revolucionario
El 1 de enero de 1959, un grupo de barbudos desalineados pero carismáticos, encabezados por Fidel Castro, secundado por su hermano Raúl, Camilo Cienfuegos y Ernesto “Che” Guevara, tomó el poder tras derrocar al dictador Fulgencio Batista.
En sus inicios, la llamada Revolución Cubana no se declaró comunista. Fidel incluso coqueteó con Estados Unidos y se presentó ante la Asamblea General de la ONU como una nueva figura del cambio de Hispanoamérica. El apoyo internacional fue amplio, especialmente entre intelectuales y élites culturales.
Pero el rumbo no tardó en definirse.
El abrazo al comunismo y la ruptura con Occidente
A comienzos de los años sesenta, el régimen se decantó abiertamente por el marxismo-leninismo y selló su alianza con la Unión Soviética. Vinieron entonces las expropiaciones masivas de empresas estadounidenses: Texaco, Esso, la Compañía Cubana de Electricidad, la Compañía Cubana de Teléfonos y decenas de ingenios azucareros, entre otras.
Esto derivó en el embargo económico impuesto por Estados Unidos en 1962 —no un “bloqueo”—, una medida que el régimen ha explotado durante décadas como coartada perfecta para justificar su fracaso estructural, su corrupción endémica y la represión sistemática del pueblo cubano.
Cuba no estuvo aislada: estuvo subsidiada
Contrario al relato oficial, Cuba nunca dejó de comerciar con el mundo. Durante décadas fue mantenida artificialmente por la URSS, que le inyectó decenas de miles de millones de dólares en subsidios, alimentos, armas y petróleo. Más del 90 % de esa deuda fue posteriormente condonada.
Europa, Canadá y Asia siguieron comerciando con la isla. España, en particular, apostó fuerte por el turismo: Meliá, Iberostar y Barceló controlan más de la mitad de la capacidad hotelera cubana. El problema nunca fue el embargo; el problema fue —y es— la incapacidad socialista para administrar sin robar.
El “período especial” y la lección no aprendida
Con la caída de la URSS en 1991, Cuba entró en el Período Especial, una de las crisis más severas de su historia. Hambre, apagones, colapso productivo. El régimen sobrevivió, pero no aprendió nada.
Ni siquiera cuando Barack Obama flexibilizó sanciones y abrió una ventana histórica para reformas profundas. Aquella pudo ser la oportunidad de imitar el modelo chino: autoritarismo político con apertura económica. Pero la podredumbre del aparato estatal fue más fuerte. Prefirieron conservar el control antes que permitir prosperidad.
El parasitismo regional y el colapso final
Durante años, Cuba parasitó a Venezuela, apropiándose de petróleo barato a cambio de inteligencia, asesoría política y control ideológico. Cuando Caracas colapsó, el oxígeno se terminó.
Hoy la isla está en crisis total:
– Turismo en caída libre
– Producción azucarera en mínimos históricos
– Apagones constantes
– Migración masiva
– Un PIB reducido y una población empobrecida en más del 80 %
Cuba es, literalmente, una lágrima.
La casta vive, el pueblo sobrevive
Mientras el cubano común hace colas infinitas para conseguir comida, los nietos de Fidel recorren el mundo en autos de lujo, comen en restaurantes de cinco tenedores y compran en joyerías exclusivas. Esa es la verdadera cara del socialismo real: una casta privilegiada y un pueblo condenado a la miseria perpetua.
El tic-tac de la historia
¿Será Cuba libre?
Sí. No por bondad del régimen, sino porque ninguna dictadura es eterna. La historia, la presión social y el desgaste económico terminan pasando factura.
El tic-tac ya comenzó.
Y cuando el reloj marque la hora final, no habrá propaganda ni consignas que salven a quienes gobernaron a Cuba durante más de seis décadas como delincuentes de Estado.
(*) Analista internacional




