Donald Trump lo vuelve a hacer: le gana la partida de póker geopolítico y comercial a Europa, y deja claro quién manda. Ya no lo hace simplemente diciéndoles verdades incómodas —como lo hizo en su momento el vicepresidente J.D Vence en Múnich en febrero pasado, ante la mirada impávida de los globalistas y progresistas europeos—, sino tocándoles donde más duele: el bolsillo.
Con la necesidad macroeconómica de Estados Unidos de corregir el enorme déficit comercial favorable a Europa, Trump impuso condiciones y Europa agachó la cabeza. Quedó demostrado que, por ahora, su “amo” tiene nombre y apellido: Donald Trump.
En este nuevo acuerdo geoestratégico, Europa deberá pagar aranceles del 15 % si quiere vender sus productos al codiciado mercado del Tío Sam, mientras que Estados Unidos mantendrá arancel cero. La vieja Europa, con su pesado estado de bienestar a cuestas, tendrá que comprar gas, petróleo, microchips y combustible nuclear estadounidenses —carísimos, por cierto— por un valor cercano a los 750 mil millones de dólares. (Ahora la voladura del Nord Stream cobra más sentido). Además, Europa se compromete a invertir aproximadamente 600 mil millones de dólares dentro de Estados Unidos, sin contar que todo su rearme será con armas made in USA.
Trump, un poco más, y se lleva la Torre Eiffel, las puertas de Brandeburgo, el Louvre y el Museo del Prado… suerte que no se le ocurrió.
A Úrsula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, le cabe el desdibujado honor de firmar una de las tantas actas de defunción de la Unión Europea. Podemos estar presenciando el inicio del fin de esta unión de países que, en los últimos 20 años, ha caído en manos de los globalistas y progresistas más draconianos, quienes —entre otras perlas— destruyeron el sentido de patria, arruinaron el campo, adoptaron la religión climática y se entregaron sin reservas a la ideología de género. En nombre de la multiculturalidad, aceptaron el islam político y la inmigración descontrolada como faro y guía. Una locura, por donde se le mire.
A la dirigencia europea no le quedaban muchas alternativas. Firmar y aceptar su sumisión incondicional a Estados Unidos era el menor de los males. Su obsesión por prolongar la guerra en Ucrania pesa más. Por sí solos no pueden mantener el ritmo en la confrontación con Rusia, y necesitan de Trump para mantener viva la esperanza de revertir la situación. Confían, ilusamente, en que un posible cambio de gobierno en tres años modifique las condiciones actuales.
Trump sigue ganando en el póker geopolítico: el bluff, el engaño y tener las mejores cartas le están funcionando. Lo demostró con Colombia, México, Canadá, ahora Europa y una veintena de países que ya le están pagando un “impuesto” —arancel— al dueño del barrio que se llama Occidente. En apenas tres meses, ha recaudado más de 100 mil millones de dólares y empieza a equilibrar su balanza comercial deficitaria.
Está claro que domina el póker. Veremos cómo le va en el ajedrez, donde chinos y rusos sí saben jugar.
(*) Analista internacional




