En el Perú es muy difícil aburrirse. Esta premisa la repetimos con frecuencia. Sin embargo, lo que debería ser un proceso electoral presidencial destinado a poner fin a la perpetua crisis política que el país arrastra desde hace décadas, se ha convertido en una auténtica opereta. Una puesta en escena plagada de desorden, sospechas y cuestionamientos, que lejos de fortalecer la democracia, la debilita peligrosamente.
Asistimos con incredulidad a un proceso electoral marcado por irregularidades que, según sus organizadores, se explican en una supuesta “mala logística”. Resulta difícil aceptar semejante argumento cuando lo que está en juego es el destino político de la nación. Esta explicación, más que aclarar, genera aún más dudas en una ciudadanía que observa con creciente desconfianza a las instituciones encargadas de garantizar la transparencia del voto.
En este contexto, no son pocos los que consideran que existe una intención deliberada de manipular el escenario electoral. La percepción de que ciertos sectores buscan inclinar la balanza a favor de determinadas candidaturas ha ido ganando terreno. Se instala así la idea de un “Estado profundo”, una élite enquistada en el poder que, bajo distintos ropajes ideológicos, busca preservar sus privilegios.
En ese marco, es necesario señalar que uno de los candidatos que aparece como seriamente perjudicado es Rafael López Aliaga. Su discurso disruptivo y su posicionamiento frente al establishment lo han convertido en un blanco incómodo. Evitar su paso a una eventual segunda vuelta parece ser, para algunos, una consigna tácita. No obstante, también es justo reconocer que su principal debilidad ha sido la falta de una estructura partidaria sólida a nivel nacional. En política, la improvisación suele pagarse caro, y el respaldo concentrado en Lima no es suficiente para aspirar a la presidencia del Perú.
Por otro lado, los resultados electorales —con un alto porcentaje de actas contabilizadas— dejan una conclusión clara: el único partido de derecha con presencia nacional consolidada sigue siendo Fuerza Popular. Bajo el liderazgo de Keiko Fujimori, esta agrupación ha logrado mantener una estructura territorial que le permite competir con ventaja frente a otras opciones políticas.
Keiko Fujimori, figura polarizadora sin duda, ha demostrado una notable capacidad de resiliencia política. Tras varias derrotas electorales, se mantiene como una protagonista central del escenario nacional. Su eventual pase a una segunda vuelta no solo responde a su caudal electoral, sino también a la vigencia de una organización partidaria que ha sabido sostenerse en el tiempo.
Es probable que, en esta ocasión, llegue con mayores herramientas: más experiencia, una estructura más cohesionada y la posibilidad de articular alianzas en un Congreso fragmentado. En un país donde la inestabilidad política se ha vuelto la norma, la promesa de gobernabilidad puede resultar atractiva para amplios sectores de la población.
Asimismo, su propuesta económica se ubica en la línea de continuidad del modelo que permitió al Perú experimentar crecimiento sostenido durante varias décadas. Frente a propuestas de corte más radical, que plantean cambios estructurales profundos, su discurso apuesta por preservar lo avanzado, introduciendo ajustes antes que rupturas.
Finalmente, resulta innegable que la figura de Alberto Fujimori sigue siendo un elemento central en el debate político peruano. Su gobierno es recordado, por un lado, por las reformas económicas que estabilizaron al país tras la crisis de los años ochenta, así como por la derrota de grupos terroristas como Sendero Luminoso.
Negar cualquiera de estas dimensiones sería caer en una visión parcial de la historia. El Perú de hoy es, en gran medida, resultado de ese periodo. Y es precisamente esa herencia la que continúa influyendo en las decisiones políticas del presente.
(*) Analista internacional




