Ambos juegos requieren análisis, paciencia y sangre fría. Uno, el ajedrez, es más pausado, más analítico. El otro, el póker, se basa en el riesgo, el engaño y la astucia. Las personalidades de Xi y Donald representan estos juegos, pero ambos líderes van por el mismo premio: el dominio del mundo. ¿Qué nos queda a los simples mortales? Ser cartas y peones de un gran juego que ya empezó.
La “guerra comercial”, finalmente, es solo un pretexto para ordenar el gran tablero geopolítico. Va mucho más allá de unos impuestos a determinados productos, del libre mercado o del déficit comercial. Se trata de quién será el amo del mundo, de supremacía tecnológica, de mayor capacidad industrial en lo que resta del siglo. Es una cuestión de vida o muerte, y la ventaja la tiene China.
Por eso la reacción de Trump en estos primeros meses de su mandato —que parecen años— ante la pasividad de antiguas administraciones, más interesados en enfrentar a hombres contra mujeres, negros contra blancos, heterosexuales contra homosexuales, y en difundir la atrofia mental de que los sexos se construyen con el tiempo. Mientras tanto, China trabajaba y se convertía en el principal inversor en todo el mundo. A Trump no le quedó otra que patear el tablero, hacer un bluff y pagar por ver.
Discrepo profundamente de sus formas: de cómo coacciona a Panamá, a México, a Colombia y a la misma Unión Europea. Pero su estilo, sacado de la trilogía de El Padrino, le funciona. Más de 70 países le han pedido negociar. Estos 90 días de «paz» —suspendió los drásticos aranceles, dejando uno del 10% para todos— servirán para separar la paja del trigo: quién es su amigo y quién no.
Xi Jinping ha llegado muy lejos: está instalado en Venezuela y Nicaragua, con una base espía en Cuba, controla logísticamente el canal de Panamá (aunque Panamá ya se alineó con EE. UU.), tiene intereses más que estratégicos en México, y se pasea a sus anchas por África y el Medio Oriente junto a sus nuevos mejores amigos: los rusos (de ver esta nueva amistad, Henry Kissinger debe estar revolcándose en su tumba). Con un «collar de perlas» —puertos en todo el hemisferio— y es uno de los mayores tenedores de deuda del enemigo, una situación así era insostenible en el tiempo, para los intereses norte americanos.
Trump aplicó un shock con una fuerte dosis de testosterona al mundo entero para decir: “Aquí mando yo”. Y Xi Jinping también movió pieza. El mensaje chino es claro: “Tengo la delantera y mi siguiente jugada será un jaque mate”.
La ventaja china es que el tiempo está a su favor. Finalmente, las reglas chinas son diferentes: son una dictadura comunista de control total, sin oposición ni prensa que lo critique. Trump, en cambio, tiene una “camisa de fuerza” difícil de quitar: se llama democracia. Y el tiempo es corto. Si en 18 meses no arregla las cosas a su favor, perderá la mayoría en el Congreso y será más difícil dejar un legado.
La partida empezó. Trump mira atento no pestañea, dice tener las cartas y duplica la apuesta. Este juego solo se gana con una escalera real.
La pregunta es: ¿la tendrá?
(*) Analista internacional




