No fue un hecho aislado ni repentino. La destrucción del sistema de partidos políticos en el Perú ha sido un proceso largo, silencioso y sistemático. Comenzó con el autoritarismo de los años noventa, se agravó con reformas mal diseñadas y ha terminado por institucionalizarse en una cultura donde la improvisación, el oportunismo y la farsa reemplazaron a la militancia, la ideología y la vocación de servicio.
El abismo generacional que lo cambió todo
La década de los 90 marcó un punto de quiebre. Con el autogolpe de 1992 no solo se disolvió el Congreso; también se quebró el tránsito natural de liderazgos entre generaciones. Los cuadros jóvenes dejaron de ver en los partidos espacios de formación para convertirse en simples espectadores. Se criminalizó la política. Se impuso la idea de que todo aquel que militaba en un partido era, por definición, corrupto.
Los líderes históricos fueron silenciados o vilipendiados, y los jóvenes crecieron en un país donde militar no era honorable, sino sospechoso. Se rompió la cadena de transmisión ideológica y doctrinaria. El resultado: generaciones enteras sin referentes, sin narrativa, sin doctrina.
Opinólogos de café y reformas a ciegas
La respuesta institucional fue peor. Las reformas políticas fueron lideradas por comisiones de “expertos” que jamás habían militado en un partido. Opinólogos de café que nunca pisaron un comité de base, que jamás votaron en una asamblea, y que creen que la democracia interna se diseña en Excel. Despreciaban la política real, pero pretendían reformarla desde la teoría.
Lo que hicieron fue desmantelar los pocos partidos vivos, imponer cuotas, trabas y requisitos burocráticos inalcanzables para las organizaciones auténticas, y abrir la puerta a la proliferación de partidos notariados, fundados con cinco firmas y cero ideas.
Así nacieron más de 40 partidos en papel, sin alma ni historia. Un remake del “Planeta de los Simios”, pero sin la parte graciosa. Mientras tanto, los partidos tradicionales, aún con sus defectos, eran asfixiados por el acoso legal y mediático.
Nacen en la notaría, mueren en el Jurado
Hoy, un partido puede fundarse en una notaría —con estatutos bajados de internet— y morir desangrado en el Jurado Nacional de Elecciones por no pasar la valla. No hay vida partidaria real: solo trámites. No hay doctrina: solo slogans. No hay estructura: solo oportunismo.
El resultado es un mercado de agrupaciones de alquiler, partidos de ocasión, franquicias políticas listas para cada elección. Vehículos de poder, no escuelas de ciudadanía.
Hemos pasado de una república con partidos —imperfectos, pero reales— a un escenario donde las formas subsisten, pero vacías. Los líderes posan como estadistas, pero no entienden la Constitución. No hay debate de ideas: solo disputa de puestos.
Como advirtió Tocqueville:
“La democracia se extingue no cuando se derriban las instituciones, sino cuando se vacían de sentido.”
De la militancia al chicharrón
Pero si los partidos están jodidos, no es solo por los políticos. También lo están por nosotros, los votantes.
Somos un país que dejó pasar a Javier Pérez de Cuéllar —el peruano más respetado del siglo XX— como si fuera un académico de tercera. Ignoramos a un diplomático que dio prestigio al Perú en las Naciones Unidas, y preferimos al candidato que mejor bailaba.
Y luego, con nuestra miopía populista, despreciamos a Alfredo Barnechea no por sus ideas, sino porque no quiso comerse un chicharrón en campaña. Como si tragar fritanga fuera sinónimo de vocación popular.
Se podrá o no coincidir con él —y confieso que no siempre lo hago—, pero lo cierto es que Barnechea es un personaje que suma a la política peruana. Con formación, lecturas y visión republicana, representa una excepción en un escenario donde sobran improvisados y faltan pensadores. El desprecio hacia él fue un reflejo de cuán superficial se ha vuelto nuestra política. Se castiga al que piensa, y se premia al que baila.
La trampa del símbolo y el voto “bacán”
La juventud ha votado por símbolos simpáticos, como el del pececito, simplemente porque “les parecía bacán”. Y lo digo con respeto hacia esa agrupación, pero el voto no fue por convicción, sino por las razones equivocadas. No se vota por estética, se vota por ética.
Lo mismo ocurrió con la campaña de Pedro Pablo Kuczynski. Muchos votaron por él no por sus propuestas, sino por el color rosado chillón de su campaña, su mascota caricaturesca “el PPKuy” o su aspecto de abuelito simpático que tocaba la flauta. Pero quienes lo conocían sabían que también era un político astuto, incluso frío, que manejaba un Porsche 911 rojo descapotable en Miami.
La política fue concebida como servicio, como sacrificio, casi como un sacerdocio laico. Hoy, sin embargo, familias enteras quieren entrar a la política como si fuera herencia o negocio. Incluso hay payasos que postulan a sus esposas, como si esto fuera una función de circo. Se ha perdido el respeto por la ciudadanía. A veces pienso que el peruano tiene cierto complejo de dinosaurio: camina hacia su extinción con entusiasmo, y si existiera un partido con el logo del meteorito, seguramente arrasaría en primera vuelta.
El transfuguismo como corrupción ideológica
El tránsfuga es el peor de todos. Es el político sin columna vertebral, el que hoy jura amor eterno a una causa y mañana se arrodilla ante su enemigo. Es como ese amigo que un día te dice que es cristiano fervoroso y al siguiente se proclama agnóstico porque “queda más cool en redes sociales”. Y lo más grave no es el tránsfuga en sí, sino que la ciudadanía ya lo ha normalizado. Nos parece natural que cambien de camiseta, como si la política fuera un juego de disfraces. No lo es. El tránsfuga es un traidor, un impostor que se burla de tu voto y lo usa como trampolín. No merece respeto, merece desprecio.
Corrupción: la consecuencia inevitable
Cuando no hay partidos sólidos, el poder cae en manos de improvisados. Personas sin noción de la cosa público, sin formación técnica ni ética. La corrupción no es un accidente: es la consecuencia lógica de un sistema podrido.
En ese vacío florecen las redes clientelares, el canje de favores, el uso del Estado como botín. Si los partidos no son diques éticos, se convierten en canales de saqueo.
Y aquí caben las palabras de Alan García, duras pero reales:
“Estos sinvergüenzas, pseudo independientes o técnicos que se zampan en el poder sin tener historia ni ideología, son los que más roban. Y encima, son los que más hablan de anticorrupción. Esos son los verdaderos fariseos.” No le faltaba razón. Basta mirar el prontuario de expresidentes: después de Fernando Belaúnde (1980-1985) solo dos —Alan García y Valentín Paniagua— no terminaron en prisión. Fujimori, Toledo, Humala, Kuczynski, Vizcarra y Castillo tienen procesos abiertos, y cuatro de ellos cumplen detención en la actualidad. “El Perú ostenta un triste récord mundial: cuatro expresidentes en prisión al mismo tiempo. Un récord que bien podría figurar en el libro Guinness, no como hazaña, sino como prueba del colapso ético de nuestra política. En países serios, un expresidente preso es un terremoto institucional. Aquí, en cambio, se ha vuelto costumbre. Y esa normalización del escándalo es el síntoma más claro de cuán jodidos están nuestros partidos y, con ellos, nuestra democracia.”
El cuarto poder, entre el sesgo y la irresponsabilidad
En medio de esta crisis de representación, no podemos dejar de lado la responsabilidad del cuarto poder. La prensa —que debería ser aliada de la ciudadanía y vigilante del poder— ha terminado, en muchos casos, atrapada en una agenda política propia.
La objetividad ha sido sustituida por la urgencia del clic. Se ha perdido el respeto por el entrevistado. Muchos medios han adoptado un estilo confrontacional, sarcástico o inquisitivo, más cercano al espectáculo que al periodismo responsable.
Como bien ironizaba el presidente Lyndon B. Johnson:
“Si en la mañana caminara sobre el río Potomac, en la tarde los periódicos dirían que no sé nadar.”
La crítica es necesaria, pero la objetividad es indispensable. Sin prensa libre no hay democracia. Pero sin prensa honesta no hay república.
¿Y la solución?
Revalorizar la política. Exigir partidos con doctrina, con democracia interna, con formación real. Revisar las reformas desde la experiencia, no desde la torre de marfil.
Volver a ver la política como vocación, no como oportunidad.
Como decía Fernando Belaúnde Terry:
“No soy un hombre de ambición que busca afanosamente el mando, soy un hombre de ideal que sale al encuentro del deber.”
La salida está en nuevas generaciones que no teman militar. Que comprendan que sin partidos no hay democracia. Y sin democracia, solo queda el caos institucional disfrazado de pluralismo.
Y ahí también hay esperanza: jóvenes militantes como Úrsula Silva, Carla García, Enrique Valderrama en el APRA; Andrea Lanata y Javier Bedoya Denegri en el PPC; o Julio Chávez, Pedro Morales Miranda y Carlos Mariátegui en Acción Popular, por decir algunos. Ellos siguen fieles a sus partidos, no los ven como simples “vehículos electorales” de ocasión, sino como comunidades de principios, biografías y memoria. En tiempos en que la política se ha vuelto una feria de tránsfugas y oportunistas, estos jóvenes militantes son la excepción luminosa: demuestran que la lealtad existe, que la ideología aún respira, y que no todo está perdido.
Hasta que eso cambie, seguiremos preguntándonos —con resignación y sin sorpresa—:
¿Cuándo se jodieron los partidos políticos?
(*) Abogado y político




