Los mitos se repiten más rápido de lo que los libros se leen. Y así, medio país anda convencido de que Fernando Belaunde Terry confundió terroristas con cuatreros. Falso. Bajo su segundo gobierno se tipificó por primera vez el delito de terrorismo en el Perú y se creó la unidad policial más efectiva de nuestra historia en la lucha contra la subversión: la DINCOTE.
En los años sesenta, su ministro del Interior el marino Miguel Rotalde, quien tuvo el tino juridico de ponerle nombre a las cosas: calificó de abigeos a las guerrillas de Guillermo Lobatón y Luis de la Puente Uceda. No era un insulto campestre ni una metáfora literaria: era una descripción jurídica exacta. Estos grupos robaban ganado, combustible, frazadas y medicinas de los pueblos donde se instalaban, convencidos de que el saqueo era un paso hacia la revolución.
Esa fiebre armada no brotó sola: era hija directa de la Revolución Cubana de 1959, que contagió a media América Latina con la ilusión de que un puñado de barbudos podía tomar un país empezando en el monte. Querían imitar la Sierra Maestra: un foco guerrillero rural que ganara base social y luego marchara a la ciudad. En el Perú duraron poco: las Fuerzas Armadas los derrotaron, pero dejaron cicatrices y, peor aún, un mito romántico que todavía hoy resucita en forma de estupidez fashion.
Jóvenes que jamás han leído un libro de historia, pero lucen polos del Che Guevara como si eso los hiciera parecer intelectuales. Y no solo por ignorancia, sino porque hay esa estupidez crónica que hace creer a muchos de izquierda que declararse de izquierda los hace automáticamente más interesantes, más intelectuales… aunque, en la práctica, parecen más un hipster de Barranco pidiendo su matcha latte que un militante revolucionario. Irónico: el mismo Che que asesinaba opositores y era abiertamente homofóbico; muchos de esos admiradores habrían terminado en sus campos de “reeducación” por el simple hecho de ser quienes son.
Décadas después, Alberto Fujimori, con ese olfato para el desprecio calculado, se inventó la historia de que Belaunde confundía terroristas con cuatreros. Lo hizo para quitarle autoridad moral a un expresidente democrático que siempre le incomodó. Sus voceros repitieron la mentira hasta convertirla en verdad oficial para muchos, borrando el contexto y los hechos.
Ni Velasco ni Morales Bermúdez tipificaron el terrorismo
Antes de 1980, el terrorismo no existía en el Código Penal peruano. Ni Velasco Alvarado ni Morales Bermúdez —pese a años de convulsión política— se animaron a crear un marco legal específico. Belaunde sí lo hizo, apenas inició su segundo mandato.
En mayo de 1981, el Congreso aprobó la Ley N.º 046, promulgada por Belaunde, que definía y castigaba el terrorismo como delito autónomo. Un cambio histórico: por primera vez, la ley peruana reconocía que la violencia política organizada era un crimen contra el Estado y la sociedad.
La DINCOTE: la obra maestra que nadie antes se atrevió a hacer
Belaunde no se quedó en la teoría ni en discursos republicanos. Entendió que no bastaba sancionar: había que investigar, infiltrar y desmantelar. Por eso en 1981 creó la Dirección Nacional Contra el Terrorismo (DINCOTE), dentro de la Policía de Investigaciones del Perú.
La DINCOTE fue, y sigue siendo en su versión actual como DIRCOTE, la columna vertebral de la lucha contra Sendero Luminoso y el MRTA. Fue la unidad que apostó por la inteligencia policial antes que por la represión ciega; la que logró capturas históricas como la de Abimael Guzmán. Y eso empezó con Belaunde, cuando el terrorismo recién mostraba sus primeros brotes y todos los demás miraban para otro lado.
Ningún militar, ningún presidente anterior —ni Velasco con toda su parafernalia de “defensa nacional”, ni Morales Bermúdez con su pretendida transición democrática— tuvo la lucidez de crear un cuerpo especializado para combatir esta amenaza. Belaunde sí. Y lo hizo sin estridencias, sin discursos épicos, simplemente porque era lo que había que hacer.
La Corte Interamericana: de escudo democrático a paraguas de impunidad
En ese mismo segundo gobierno, Belaunde impulsó la adhesión del Perú al sistema interamericano de derechos humanos y reconoció la jurisdicción de la Corte Interamericana. Lo hizo para blindar al país frente a posibles golpes militares, asegurando que las violaciones graves de derechos no quedaran impunes bajo regímenes de facto. Era un seguro contra el autoritarismo. Pero el tiempo es cruel con las buenas intenciones: hoy, para amplios sectores, la Corte parece más ocupada en defender a cabecillas y miembros de organizaciones terroristas que a sus víctimas reales. Una ironía que Belaunde, hombre de fe en las instituciones, jamás habría imaginado.
Un desprecio que no borró la dignidad
En 1992, Fujimori le retiró la pensión vitalicia de expresidente. No hubo queja, ni recurso, ni llanto en la prensa. Belaunde calló, como si supiera que su integridad valía más que cualquier cheque. Porque la dignidad, para él, no se cobraba en ventanillas.
Fernando Belaunde no fue un ingenuo que confundiera cuatreros con terroristas. Fue el presidente que tipificó por primera vez el terrorismo, que creó la unidad policial que más éxitos ha tenido contra él, y que, incluso frente al desprecio y la mentira, respondió con la serenidad de quien sabe que los hechos siempre ganan a las versiones.
Porque una historia mal contada puede repetirse mil veces, pero jamás podrá cambiar lo que realmente ocurrió.
(*) Abogado y político




