Existe una antigua fábula que cuenta que un escorpión necesitaba cruzar un río y pidió ayuda a una rana. La rana, desconfiada, le preguntó:
¿Cómo sé que no me picarás?
El escorpión respondió:
Si lo hiciera, moriríamos los dos.
Convencida, la rana aceptó llevarlo sobre su espalda. A mitad del río, el escorpión la picó. Mientras ambos se hundían, la rana preguntó:
¿Por qué lo hiciste?
El escorpión respondió:
Es mi naturaleza.
La política peruana podría estar enfrentando una versión mucho más peligrosa de esa fábula: el abrazo de los escorpiones dentro del propio Gobierno y del Estado.
Un gobierno que llega al poder con un mandato determinado necesita un equipo dispuesto a ejecutarlo, no una colección de intereses particulares unidos circunstancialmente bajo el mismo techo. La incorporación de ministros y funcionarios independientes o provenientes de distintas corrientes políticas puede ser positiva cuando existe una coincidencia fundamental: servir al proyecto de gobierno y al interés nacional.
El problema aparece cuando alguien acepta formar parte de ese equipo mientras conserva como prioridad entorpecer, obstaculizar o desnaturalizar aquello que el gobierno fue elegido para hacer.
Ahí aparecen los escorpiones.
No necesariamente llevan una bandera partidaria. Pueden hablar de institucionalidad, invocar consensos y presentarse como moderados o expertos. Pero si desde dentro utilizan sus posiciones para bloquear decisiones, retrasar reformas, neutralizar funcionarios, filtrar información o crear conflictos, el problema deja de ser ideológico y pasa a ser una cuestión de lealtad institucional.
Keiko Fujimori asumió el gobierno con un programa político y la responsabilidad de convertir sus promesas electorales en decisiones concretas. Su primer gabinete, encabezado por Luis Galarreta, reúne distintos perfiles y no puede ser evaluado únicamente por la afiliación partidaria de sus integrantes.
Precisamente por eso, la regla debería ser sencilla: quien acepta una cartera ministerial acepta también la responsabilidad de ejecutar la política del Gobierno de manera leal y profesional, dentro de la Constitución y las leyes.
Un ministro no tiene obligación de renunciar a sus convicciones personales. Pero tampoco puede aceptar un cargo para convertirse en un poder paralelo. Si discrepa profundamente con la orientación presidencial, tiene dos caminos: plantear sus argumentos internamente y acatar la decisión adoptada, o renunciar.
Lo incompatible con un gobierno eficaz es permanecer dentro mientras se trabaja sistemáticamente para impedir que el programa se cumpla.
El verdadero peligro no siempre está afuera. A veces, el enemigo político no necesita marchar contra Palacio de Gobierno. Basta con estar dentro de él. Puede retrasar una decisión, torpedear una reforma, colocar funcionarios incompatibles con la política presidencial, generar conflictos entre instituciones, convertir la burocracia en una muralla invisible o contradecir públicamente a la presidenta.
Ese es el abrazo del escorpión: una relación que aparentemente protege, pero que contiene dentro de sí el mecanismo de la destrucción.
La rana representa al gobierno que, buscando amplitud y consenso, abre sus puertas. El escorpión representa al oportunista que acepta la confianza recibida no para ayudar a cruzar el río, sino para utilizarla en beneficio propio o impedir que se alcancen las metas propuestas.
Aquí aparece una lección fundamental para el gobierno de Keiko Fujimori: la amplitud política no debe confundirse con ingenuidad política.
Un presidente puede gobernar con independientes, técnicos, aliados y personas provenientes de distintas tiendas políticas. Eso puede fortalecer un gobierno. Pero todos deben compartir una condición mínima: lealtad al mandato recibido y disposición real a ejecutarlo.
Porque un gobierno puede sobrevivir a una oposición frontal. Lo que resulta mucho más peligroso es una oposición disfrazada de colaboración.
Al enemigo que está afuera se lo identifica. Al que está adentro se le entrega una oficina, presupuesto, información y poder de decisión.
Por eso, si el Gobierno quiere cumplir su programa, deberá vigilar no solamente a quienes se oponen públicamente, sino también a quienes, desde posiciones de confianza, pudieran intentar sabotearlo desde adentro.
La política puede exigir alianzas, concesiones y diálogo. “Pero nunca debería exigir suicidio político”
La rana murió porque abrazó el argumento del escorpión, creyendo que era una garantía.
El Gobierno no puede cometer el mismo error.
Si el escorpión conserva intacta su naturaleza, tarde o temprano llegará el momento de la traición. Y cuando llegue, el Gobierno descubrirá demasiado tarde que el verdadero riesgo no siempre estaba en la orilla opuesta, sino sobre su propia espalda.
La lección es clara: la confianza política debe estar acompañada de lealtad, capacidad y compromiso con el proyecto de gobierno. La pluralidad puede ser una fortaleza, pero incorporar a quienes trabajan en sentido contrario puede convertirla en una vulnerabilidad.
Sra. Presidenta y Sr. Primer Ministro: tienen ustedes, al menos, un nido de algunos escorpiones en Palacio.
¡Estamos avisados!
Comunismo y terrorismo, nunca más en el Perú
(*) Teniente General FAP en retiro




