Son muchos los logros y los adelantos de los tiempos de la Unión Soviética que son desconocidos o ignorados en occidente, en gran medida, a causa de la propaganda occidental, que incluso, hasta nuestros días, nos presenta a Rusia como un lugar donde nunca brilla el sol, siempre hay temperaturas congelantes y los osos pasean por las calles de Moscú.
Debido a esto, muchos en nuestros países desconocen, por ejemplo, el enorme desarrollo industrial que experimentó la URSS, en tiempo récord, durante la década del ´30, gracias a los planes quinquenales, y que posicionó a su industria como la segunda más desarrollada a nivel mundial. Del mismo modo se ignoran muchos otros logros, como el indudable protagonismo de la Unión Soviética en la victoria sobre el nazismo y el Japón militarista, el triunfo de la URSS en la carrera espacial o el nivel de la educación y de la medicina soviética, que llegaron a ser de las mejores del mundo, con acceso gratuito para todos los ciudadanos en la totalidad del inmenso territorio del país.
Para apreciar la medicina soviética en su total dimensión, hay que ponerla en contexto, y para eso debemos recordar que luego de la Revolución Rusa y la guerra civil, el costo que pagó el pueblo soviético fue enorme. Además de la innumerable cantidad de muertes ocasionadas por la guerra, se propagaron una inmensa cantidad de enfermedades como el tifus, la gripe española, la disentería, el cólera, la fiebre tifoidea, la viruela y la tuberculosis, además de hambrunas que devastaron el país. Todo esto contribuyó a un incremento en la mortalidad, triplicándose, al mismo tiempo que la natalidad se vio disminuida a la mitad, respecto al periodo previo a la revolución. Estos hechos convencieron al gobierno soviético de la necesidad de implementar un sistema de salud eficiente y de forma urgente, a comienzos de la década de 1920, para poder paliar la profunda crisis sanitaria.
Esta situación generó diversas políticas en el ámbito de la medicina preventiva, como campañas de vacunación masivas para evitar brotes epidémicos de diversas enfermedades, como había sucedido durante la guerra civil y la implementación de diversas medidas, como una forma de anticiparse a la enfermedad, de forma tal de mejorar, preventivamente, la salud del pueblo soviético.
Este enfoque sanitario tiene una enorme cantidad de ventajas, incluso desde el punto de vista productivo, minimizando el ausentismo laboral por motivos médicos y evitando el sufrimiento que le provoca a la persona y a su familia, el padecimiento de una enfermedad. Con esta finalidad se organizaron los llamados sanatorios, un enorme sistema de establecimientos que se ocupaban, no solo de la salud física, sino también del esparcimiento y del descanso del pueblo soviético.
Los sanatorios eran centros vacacionales en las mejores zonas turísticas del país, como Sochi y Crimea, en el Mar Negro, los Montes Urales, las montañas del Cáucaso, en repúblicas soviéticas de Asia Central o el Lejano Oriente Ruso, algunas de las zonas más apacibles y hermosas de la URSS.
A los trabajadores que optaban por disfrutar de sus vacaciones anuales (casi siempre de tres semanas o más) en un sanatorio, algo muy habitual en los tiempos de la Unión Soviética, cuando llegaban se les realizaba un chequeo físico y eran entrevistados por médicos que se ocupaban personalmente de cada uno de los huéspedes, para prescribirle toda una variedad de tratamientos médicos, de forma tal que, no sólo se llevaba adelante el descanso vacacional, sino que también, toda una serie de rutinas saludables y tratamientos terapéuticos que podrían compararse con un spa, en el sentido occidental, aunque mucho más completo.
Los sanatorios eran estatales, aunque en algunos casos podían ser manejados por sindicatos, como el de los trabajadores de la minería, con terapias específicamente orientadas a sus actividades profesionales.
En estos centros de esparcimiento y salud, los trabajadores, como beneficiarios de este sistema, recibían la atención profesional y el hospedaje, todo de forma gratuita, además de tres comidas diarias con alimentos de excelente calidad y saludables. También se hacían actividades deportivas, culturales y artísticas, entendiendo el bienestar espiritual como otro objetivo de este sistema. Los trabajadores, incluso podían concurrir con sus familias, pagando una cantidad módica de dinero por los acompañantes.
Por supuesto que, en este contexto, debemos entender que la salud era considerada una política de Estado por el gobierno, y a tal punto era así, que la gratuidad, la excelencia y el acceso a la salud por parte del pueblo soviético, estaba instaurado en la Constitución de 1936, así como el derecho a la educación en todos los niveles, el derecho al trabajo y el derecho a la vivienda, entre otros.
El sistema de sanatorios continuó a lo largo de la existencia de la Unión Soviética, y si bien, yo sabía que estos centros vacacionales y de salud aún existen en la Federación Rusa, aunque con algunas variantes y muchos dentro del ámbito privado, me encontré con una gratísima sorpresa la última vez que estuve en Rusia, al ser invitado a pasar cuatro días en el sanatorio Uvildí, ubicado en el distrito Argayashsky, en la hermosa región de Chelyabinsk, en la unión de los montes Urales del norte y del sur, al pie de las montañas Yurma y Cheremshanka.
Mi estadía en el sanatorio Uvildí, fue realmente una experiencia inigualable. Estar en un complejo vacacional ubicado a la orilla del lago Uvildí, en un entorno natural sobrecogedoramente hermoso, fue, de alguna manera, como poder experimentar, en el siglo XXI, como eran esos sanatorios en la época soviética, ya que Uvildí fue inaugurado en 1931, habiendo sido parte de esa historia de cuidado de la salud física y espiritual en el pasado, y continuando hasta nuestros días ese legado de casi un siglo, uniendo la tradición por el bienestar y la medicina preventiva, con las más modernas terapias y las últimas tecnologías en el ámbito del cuidado de la salud, con instalaciones hoteleras muy confortables, tres comidas diarias con una exquisita gastronomía rusa e internacional, una atención, no sólo muy profesional por parte del personal médico y de todos los trabajadores, sino también con una enorme calidez en el trato con los huéspedes, algo que yo pude experimentar de primera mano. Luego de ser recibido y evaluado mi estado de salud, por parte de la Dra. Lyubov Nikolaevna Masliy, me prescribió diferentes terapias, desde la cámara hiperbárica, hasta baños de barro, sauna finlandés, baño turco, masajes descontracturantes, además de otras terapias médicas; todo esto en un entorno natural en el cual parece imposible no relajarse. Nadar en una piscina climatizada, en uno de los parques del complejo, rodeado de una hermosa vegetación, mientras cae una suave nevada.
Estos servicios se les brindan a los huéspedes a precios absolutamente razonables, siendo accesibles para la clase media, trabajadores y jubilados, pudiendo disfrutar de un sanatorio, como Uvildí, toda la familia.
Esta experiencia fue muy importante e interesante para mí, ya que me permitió experimentar un concepto de recreación y descanso vacacional, unido al cuidado de la salud, tanto en lo físico como en lo espiritual, que, desgraciadamente, no es habitual en nuestras latitudes.
La última noche en el complejo, tuve el privilegio de compartir una encantadora cena y una extensa e interesante charla con queridos amigos de la Sociedad Rusa Znanie (quienes, generosamente, me permitieron vivir esta experiencia), y con Denis Vadimovich Artamonov, jefe del Comité de Proyectos Educativos y Desarrollo de Ecosistemas Educativos de la Sección Regional de Sverdlovsk de Delovaya Rossiya, a través de quien pude ver que sigue vivo, como en la época de oro de los sanatorios soviéticos, el concepto de medicina como forma de prevenir dolencias, y todo esto con el objetivo de mejorar la calidad de vida del pueblo, de los huéspedes de Uvildí, siendo esta la principal preocupación y el objetivo de todo el equipo del sanatorio.
Para finalizar, a mi modo de ver, el sistema de sanatorios rusos, como lo viví en Uvildí, es una filosofía, una forma de entender a la medicina como un beneficio accesible para el pueblo y que contribuya a brindarle una mejor y más saludable calidad de vida, y esto es algo que parece seguir siendo prioritario, no solo para el gobierno ruso, sino para empresarios de este país, como Denís Artamonov, que no ven solo el interés de su negocio, sino que también entienden la responsabilidad social que se debe tener como parte de una comunidad, en la cual, el bien común debe ser el anhelo y la búsqueda por parte de todos los componentes de la sociedad.
(*) Christian Lamesa, nacido en la ciudad de Buenos Aires en 1971.
Analista geopolítico, fotógrafo, escritor y conferencista. Autor del libro “La paternidad del mal – Los cómplices de Hitler”.
Nominado al premio de la Sociedad Rusa «Znanie» como «Educador extranjero del año” (2023).
En febrero de 2025, laureado como “Educador extranjero del año”, por la Sociedad Rusa «Znanie», por su labor en favor de la verdad histórica y la lucha contra la propaganda antirrusa en el mundo hispanohablante, durante el año 2024.
Embajador en la República Argentina de la Sociedad Rusa «Znanie».




