El cobre ha escalado hasta un máximo histórico, superando los US$ 13.000 dólares por tonelada, unos US$6 por libra.
Esta escalada no es una fluctuación pasajera. El mercado ha entrado en una fase de backwardation (donde el precio inmediato es mayor al futuro).
Y es que la construcción y la energía siempre han sido los pilares del consumo de cobre, pero la inteligencia artificial ha cambiado la escala del problema. Según un analista, un centro de datos convencional consume entre 5.000 y 15.000 TM. Sin embargo, un centro de «hiperescala”, necesario para entrenar modelos de IA puede requerir hasta 50.000 TM. por instalación.
Se prevé que, en el 2030, los centros de datos podrían devorar más de medio millón de toneladas de cobre anualmente.
La demanda de las tecnológicas es absolutamente inelástica. Por ejemplo, a los gigantes del silicio les da igual si el cobre cuesta US$ 10.000 o 20.000 porque representa menos del 0,5% del costo total de un proyecto de IA.
Mientras la demanda vuela, la producción está en crisis. Según un reportaje de Financial Times, el precio ha subido casi un tercio desde octubre impulsado por interrupciones en minas clave como el complejo Grasberg en Indonesia. A esto se suma la huelga de Mantoverde en Chile, que ha sido el detonante final. Aunque solo aporta el 0,5% de la producción mundial, su cierre gradual ha recordado al mercado que ya no existen «colchones» de seguridad.
El breakeven supera los 13.000 dólares por TM. Sin precios récord, no hay incentivo para excavar. Analistas de Citi estiman un déficit de 308.000 toneladas para este año, mientras que ING Group proyecta que para 2026 la brecha llegará a las 600.000 toneladas.
China ha jugado una carta maestra porque sólo posee el 4% de las reservas mundiales, pero controla el 49% del refinado global. Pekín está comprando concentrados de Chile y chatarra de EEUU para procesarlos y devolverlos al mercado como productos acabados.
Los aranceles de Trump han provocado un «inventario desarticulado”. Sus almacenes están en niveles récord con 450.000 TM, mientras que en las bolsas de Londres y Shanghái las existencias se han desplomado más de un 55%.
El «Efecto Venezuela”. de Trump se ha centrado en el petróleo, el CSIS (Center for Strategic and International Studies) se pregunta si Venezuela es un objetivo de minerales críticos, pero esto está devastado por la ilegalidad y la falta de inversión y demorara demasiado reconstruir la industria
El tiempo medio para poner en marcha una nueva mina de cobre es de 17 a 19 años. No hay una solución rápida que pueda responder al crecimiento exponencial de la IA en los próximos dos años.
Por ello Glencore y Schneider Electric están impulsando la «circularidad del cobre» mediante el reciclaje. Por su parte, la Agencia Internacional de la Energía sugiere usar aluminio para aplicaciones menos críticas, aunque su eficiencia es menor. Otros intentos son los centros de datos bajo el mar que prueba China o las instalaciones en cuevas subterráneas para ahorrar refrigeración, aunque la necesidad de cables de cobre sigue siendo la misma.
Es posible que la especulación haya inflado los precios, pero la tendencia de fondo es incuestionable. Sin cobre, la transición verde se detiene y la inteligencia artificial se queda sin «cuerpo». El futuro digital, en última instancia, sigue siendo analógico y de color rojizo, nos guste o no.



