14 de agosto de 2026

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Por: Ernesto Bustamante / Radiofármacos contra el cáncer: una oportunidad estratégica para el Perú

El cáncer constituye uno de los mayores desafíos sanitarios del Perú. Cada año se diagnostican más de 70 mil nuevos casos y una proporción importante de los pacientes llega a los servicios especializados cuando la enfermedad se encuentra avanzada. Frente a esta realidad, el país necesita no solamente hospitales, oncólogos y medicamentos convencionales, sino también incorporar decididamente las tecnologías que están transformando la oncología moderna. Entre ellas destacan los radiofármacos para diagnóstico y tratamiento del cáncer.

El Instituto Peruano de Energía Nuclear (IPEN) tiene una oportunidad excepcional para convertirse en el eje de una política nacional de radiofármacos. No se trata de crear capacidades desde cero. El Perú posee el reactor nuclear RP-10, instalaciones para producción de radioisótopos, profesionales especializados y décadas de experiencia en radiofarmacia. El IPEN produce tradicionalmente radiofármacos basados principalmente en Tecnecio-99m e Iodo-131, utilizados extensamente en medicina nuclear.

Pero la medicina nuclear está experimentando una transformación mucho más profunda: la aparición de la teranóstica (terapia y diagnóstico), que integra diagnóstico y tratamiento utilizando moléculas capaces de reconocer características específicas de las células tumorales. Primero puede identificarse dónde se encuentra el tumor mediante una molécula marcada con un isótopo de uso diagnóstico y posteriormente utilizar una molécula equivalente unida a un isótopo de uso terapéutico para irradiar selectivamente las células cancerosas.

En el IPEN ya se ha anunciado la producción nacional de Lutecio-177, destinada inicialmente al tratamiento de tumores neuroendocrinos. No obstante, hay que producir Lu-177-DOTATATE y Lu-177-PSMA, este último dirigido principalmente al cáncer de próstata avanzado.

El siguiente objetivo debe ser desarrollar durante los próximos años una plataforma peruana de radiofármacos oncológicos. Hay que desarrollar un proyecto de cooperación técnica entre el IPEN y el Organismo Internacional de Energía Atómica que contemple fortalecer la utilización de radionúclidos como Lutecio-177, Flúor-18 y Galio-68 para diferentes aplicaciones oncológicas.

La combinación de radiofármacos diagnósticos y terapéuticos permitiría desarrollar progresivamente verdaderas plataformas teranósticas. Por ejemplo, los pacientes con determinados cánceres de próstata podrían ser seleccionados mediante imágenes dirigidas a células que contienen PSMA (antígeno prostático específico de membrana) y posteriormente tratados con Lu-177-PSMA. De manera semejante, determinados tumores neuroendocrinos pueden diagnosticarse molecularmente y luego tratarse con Lu-177-DOTATATE.

La importancia estratégica de producir estos compuestos en el Perú es enorme. Muchos radioisótopos poseen vidas medias relativamente cortas, lo que dificulta y encarece su importación. La dependencia del extranjero puede significar mayores costos, retrasos logísticos y vulnerabilidad frente a interrupciones internacionales. La producción nacional significa, por tanto, seguridad sanitaria.

Existe además una poderosa dimensión social. Las tecnologías oncológicas avanzadas suelen concentrarse en Lima y estar disponibles inicialmente para quienes pueden pagarlas. Una política nacional de radiofármacos permitiría articular al IPEN con el INEN, los IREN, Minsa, EsSalud, universidades y gobiernos regionales. La evaluación de un ciclotrón/PET-CT en el sur del país, por ejemplo, apunta precisamente a reducir la necesidad de que los pacientes viajen a Lima para acceder al diagnóstico molecular.

El desafío requiere inversión. Será necesario modernizar laboratorios, implementar recintos de producción bajo estándares farmacéuticos, adquirir módulos automatizados de síntesis, fortalecer el control de calidad y, sobre todo, formar y retener físicos, biólogos, químicos, ingenieros y especialistas en medicina nuclear.

Las limitaciones presupuestales y salariales dificultan la modernización tecnológica y la retención de personal especializado. Pero todo esto puede ser no solo autosostenido sino generar rentabilidad. Por ello, el Perú debería proponerse una meta concreta: convertir al IPEN en un centro regional de producción, investigación y desarrollo de radiofármacos oncológicos durante los próximos cinco años.

El RP-10 no debe ser visto simplemente como un reactor de investigación. Es una infraestructura estratégica capaz de transformar conocimiento nuclear en diagnóstico, tratamiento y supervivencia. La producción nacional de Lutecio-177 demuestra que esto es posible.

El paso siguiente es convertir ese logro en una política de Estado. Desarrollar radiofármacos contra el cáncer en el IPEN significaría reducir dependencia tecnológica, democratizar tratamientos de alta complejidad, formar científicos peruanos y llevar la medicina de precisión a pacientes que hoy tienen pocas alternativas. Pocas aplicaciones de la ciencia nuclear pueden tener un impacto tan directo y tangible sobre la vida de los peruanos.

(*) Biólogo molecular y excongresista de la República

 

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