Hace ochenta años, en 1945, se produjo el fin de la Segunda Guerra Mundial. Los nazis cooptaron Alemania llevando guerra, genocidio y trabajo forzado a los cuatro puntos cardinales. En Europa del este las fuerzas nacionalsocialistas fueron derrotadas por los soviéticos quienes implementaron ventajas en tres aristas: primero, evidenciaron sistema industrial más eficiente, con acceso a materias primas y energía, que los discursos de Goebbels y el secuestro de veinte millones de europeos convertidos en trabajadores-esclavos; segundo, innovaron la guerra, elaborando mejores estrategias operacionales y armamento que los imaginados por Goering, o Keitel; tercero, transformaron la lucha desesperada por sobrevivir, incluso el rechazo al socialismo, en la gran guerra patria contra el nazismo.
Los aliados liderados por las potencias anglosajonas, Reino Unido y Estados Unidos, apoyadas por la sangre y recursos de naciones de todo el Occidente, derrotaron a fascistas y nazis en África; rescataron Italia, donde Mussolini acabo colgado por la población; liberaron Francia, donde vichystas y nazis cedieron ante la ofensiva aliada ¡alemanes por cientos de miles se rendían.
En mayo, la Unión Soviética, un sistema político ya extinto que abarcó opresivamente a naciones hoy felizmente independientes, tuvo el privilegio de grabarse en la historia como el Estado que destruyó los símbolos del terror que los nazis pretendieron imponer por mil años a la humanidad.
Para el nacionalsocialista, raza superior es genocidio, mataron a veinte millones de rusos o siete millones de ucranianos; buscaron exterminar judíos, gitanos, romaníes, latinos, …, también alemanes: los nazis enviaron a tres millones a campos de concentración, eliminaron a medio millón de personas consideradas descartables por algún tipo de discapacidad, treinta mil menores de edad, cien mil opositores, seis millones de hombres, la mitad del total de tropas, lanzados a guerrear sin posibilidad de triunfar. Ante la derrota, concluyeron que el pueblo alemán demostró ser inferior, debía desaparecer. Eran jinetes apocalípticos dedicados a extinguir su nación, por eso prolongaron la guerra, destruyeron soportes de vida, encargaron a sus militantes que fueran por calles y pueblos asesinando compatriotas, mientras el cobarde líder se suicidó.
Por eso hoy celebramos a soviéticos encarnados simbólicamente en Gueorgui Zhúkov, con quien primero impidieron la invasión japonesa de Siberia, para años después capturar Berlín; a británicos, liderados por Winston Churchill, dispuesto a luchar incluso en el infierno contra los nazis, rehusándose a rendirse; franceses, con De Gaulle y partidarios, quienes lograron recomponer la autonomía de Francia; a partisanos en toda Europa, representados en Tito; a tantos que organizaron resistencias salvando vidas, como en Dinamarca o Noruega, incluso movimientos alemanes como “Rosa Blanca” o las mujeres manifestándose en Rosenstrasse.
Los crímenes nazis han impregnado de temor a la humanidad, con tal grado de horror que algunos se engañan afirmando lo bueno del comunismo, en buena hora el presidente ruso, Vladimir Putin, señalo que quien desea volver al socialismo soviético no tiene cerebro.
Por eso importa preguntarse si es posible separar lo que fue, lo que es, una organización criminal que toma forma de partido político para imponer sus dictados a una sociedad, de los integrantes de dicha sociedad. La respuesta es afirmativa, estando alertas ante quienes se ocultan esperando otro momento, desterrando condiciones que alimenten a grupos de esa naturaleza. Desde entonces tenemos como tarea diaria impulsar sociedades libres, con seguridad y desarrollo, donde cada persona pueda construir su proyecto de vida en solidaridad con el prójimo.
(*) Gestor en Conflicto, Seguridad y Desarrollo




