Por: Federico Prieto Celi / Arturo Salazar Larraín, un caballero

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Por: Federico Prieto Celi

Por: Federico Prieto Celi / La figura de Arturo Salazar Larraín, para todos los que le hemos conocido y tratado, es la de un caballero. Un hombre sencillo que hacía grandes cosas sin darles importancia, simplemente porque creía que debía hacerlas, porque había que hacer el bien y rechazar el mal. Ha fallecido el viernes 26 de junio de 2020 a los 94 años.

Estudió en el colegio de la Inmaculada, de los padres jesuitas, donde recibió una sólida formación cristiana. Al terminar la secundaria, dijo a sus padres que quería ser marinero y, ante el asombro de todos, se incorporó a la Compañía Peruana de Vapores, donde hizo carrera hasta llegar a ser piloto, año y medio más tarde. Años más tarde recordaba divertido esa hazaña.

Llamado al orden por su hermano Hernán, regresó al hogar y estudio Derecho y Letras en la Universidad de San Marcos, haciendo su tesis, dirigida por Basadre, precisamente sobre la historia de esa casa de estudios, lo que le valió el premio Nacional de la Cultura. Ayudó a Jorge Basadre en el difícil desafío de editar La Historia de la República, en tiempos en los que la  industria editorial no era la actual. El libro, como sabemos, fue un éxito.

Se casó con Alicia Bustamante, formando un hogar muy unido lleno de cariño y alegría. Su hija era poetisa, la gran admiración de sus padres. Murió muy joven, por lo que Arturo decidió llevar desde entonces corbata negra. Siempre tuvo en su corazón el recuerdo de esa hija querida.

Sus dos hijos varones fueron David y Federico. El primero es ingeniero agrónomo. Cuando Arturo se jubiló,  David, con su esposa e hijos, vivió con él. Sus nietos alegraron sus últimos años de vida. Federico, mi tocayo, es hoy uno de los mejores periodistas  que tenemos.

Carlos Rizo Patrón hizo la pesca milagrosa de reunir a un grupo selecto de jóvenes universitarios, a los que invitó a trabajar en el diario La Prensa, de Pedro G. Beltrán. Arturo había escrito en varias publicaciones universitarias y políticas de la época (Epsylon, Pan, Etcétera…) y fue uno de los peces grandes que conformó la página editorial, hasta su renuncia a causa de la expropiación de los diarios por el gobierno militar.

Arturo, con Enrique Chirinos y Jorge Wiesse, hizo a su vez una segunda pesca milagrosa, al reunir en el diario a un grupo de jóvenes inquietos, para escribir en La Prensa, dándole novedad, pero la revolución socialista truncó el proyecto. Volvió con la democracia, para asumir la dirección del diario, hasta que me llamó para sucederle en ese trabajo.

Dos aventuras marcaron especialmente su trayectoria periodística. Cuando los trabajadores de La Prensa se negaron a abandonar a Pedro Beltrán, apresado por el gobierno del general Odría, por lo que todos, incluido Arturo, fueron detenidos y llevados a la isla del Frontón. La segunda fue cuando creó, con Guido Chirinos, el semanario Opinión Libre, y, al quinto número,  fue deportado a Buenos Aires, con Juan Zegarra Russo, su amigo y colega, y conmigo, que también trabajábamos con él.

Fue teniente alcalde de Lima, siendo Luis Bedoya Reyes el alcalde; y proviniendo ambos de distintos partidos, hicieron una amistad cercana y leal, que demuestra la calidad personal de  uno y otro. Fue también diputado, con Rafael Rey, con su talante conversador y respetuoso con todos.

La prematura muerte de Alicia fue un duro golpe para Arturo. “No me imagino mi vida sin Alicia”, nos decía a los que íbamos a acompañarlo a la clínica, cuando ella estaba ya muy grave. En recuerdo suyo escribió un libro sobre ella. Alicia fue el amor de su vida.

Sus últimas actividades profesionales fueron las docentes. Varias universidades le invitaban a volcar su experiencia periodística para formar a los nuevos comunicadores. Lo recuerdo en la baranda de balcón del primer edificio de la Universidad de Piura, frente al campus de arena, en la ciudad norteña, donde dictó varios años redacción periodística.

Le visité unas pocas veces en su retiro en el segundo piso de su casa, la última con el cardenal Juan Luis Cipriani, donde hablamos de tantos recuerdos e ilusiones. Dios le habrá tenido en cuenta su integridad cristiana y su alegría serena, su espíritu de servicio y su defensa de la vida y de la familia. Descansa en el cielo  con Alicia y su hijita poetisa.

                                                                       (*) Periodista y analista político.