7 de abril de 2026

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Por: Jack Gomberoff / La duda insinuada: Cuando el antisemitismo se disfraza de análisis y el “no soy antisemita” precede al antisemitismo.

Jack Gomberoff

Hay un estilo de discurso que no necesita gritar “odio a los judíos” para producir el mismo efecto social: basta con sembrar sospecha, insinuar coordinación oculta, y convertir la identidad judía en explicación causal del mundo moderno. No es la acusación directa, sino la duda insinuada: “yo no digo que controlen todo… pero mira qué coincidencia”.

Por eso fue valioso ver a Bruno De Ayala ponerle el pare a Miklos Lukacs en una explosiva entrevista en ResurgeTV. No desde la censura, sino desde la repregunta. Porque cuando alguien se escuda en “mi posición no es antisemita” y, en la misma respiración, introduce un patrón étnico-religioso para explicar banca, tecnología, política y memoria histórica, lo responsable es exigir evidencia y separar hechos de fantasías.

Miklos repite el recurso clásico: “yo critico al gobierno, no al pueblo”. Eso es válido… hasta que deja de serlo. El punto de quiebre llega cuando la crítica se vuelve teoría total: “hay élites económicas” que “no controlan todo, no necesitan controlar todo, pero sí tienen participación en sectores y empresas clave”, y más adelante: “este grupo de metacapitalistas judíos… están instalando en el mundo ahora” un proyecto de control. Ese salto no es opinión política: es conspiracionismo.

Lo más revelador es que Miklos entiende perfectamente cómo blindarse: anticipa el reproche (“me van a decir ‘ya dijo judío’…”) y lo usa como coartada. Pero el problema no es pronunciar la palabra “judío”; el problema es atribuir una coordinación por identidad, como cuando afirma que “estas personas… las une un proyecto” y que sus “acciones… son coordinadas”. Es el viejo tropo de “los judíos” como red invisible: no se demuestra, se sugiere.

Para que su insinuación parezca “rigurosa”, mete marcas: Palantir, Oracle, Google, Amazon, BlackRock, AIPAC. Hay hechos reales ahí (y por eso confunde). Por ejemplo, Palantir sí anunció una “strategic partnership” con el Ministerio de Defensa israelí para apoyar “war-related missions”. También existen reportajes sobre cláusulas especiales en el contrato de Project Nimbus que buscaban alertar a Israel ante requerimientos legales extranjeros de entrega de datos. Hasta ahí: hechos. El salto de Miklos es otro: convertir esos hechos en prueba de una conspiración étnico-religiosa global. Ese salto no existe.

Además, infla cifras para impresionar. Presenta a BlackRock como un monstruo financiero de proporciones irreales. La exageración no es un detalle: es parte del método. Si el número asusta, la tesis “suena” inevitable.

Con AIPAC ocurre lo mismo. El lobby existe y es legal; hay donaciones cuantificables. Eso se puede debatir políticamente. Lo que no se puede es etnificar el fenómeno para insinuar “compra de políticos” por identidad. En Estados Unidos hay lobbies de todo tipo —armas, energía, farmacéuticas— y ninguno se presenta como prueba de una conspiración racial. Solo uno se trata así.

El punto más grave no está en Wall Street: está en la historia. Miklos incurre en distorsión cuando dice: “yo no he negado el Holocausto… lo que estoy… cuestionando es el número de muertos”. La negación moderna muchas veces se disfraza así: no niega los campos; siembra duda sobre el dato central para corroer el hecho.

Y remata con la manipulación de Kristallnacht. Cuando intenta reducirlo a “la quema de libros” y lo conecta con un “judío homosexual” y “Sodoma y Gomorra”, no está haciendo “cultura general”: está reciclando propaganda. Hirschfeld y su instituto aparecen en la historia de los saqueos y quemas de libros de 1933. Kristallnacht, en cambio, fue un pogromo en 1938 con decenas de asesinatos, arrestos masivos y 30,000 deportaciones y 256 sinagogas destruidas. Confundirlos (o peor, sexualizarlos) no es revisión histórica: es minimización del antisemitismo nazi.

Ahí está el daño social. No es una discusión académica inocente: es el combustible de la sospecha permanente. Hoy es “no controlo todo, pero lo clave sí”; mañana es “los medios”; pasado mañana, el vecino judío deja de ser ciudadano y pasa a ser “agente”. Eso es lo que estas narrativas producen cuando se normalizan.

Todo este andamiaje resulta inquietantemente familiar. No porque Miklos cite textos antiguos, sino porque el método —acumular coincidencias, hablar de “élites”, “influencias” y “poder clave” sin prueba, y pedir que “abramos los ojos”— recuerda de manera incómoda al esquema que popularizó “El judío internacional” de Henry Ford a comienzos del siglo XX: no la acusación frontal, sino la insinuación persistente hasta que la sospecha parece sentido común.

Miklos cierra diciendo “no existen temas tabú” y “la verdad nos hace libres”. La frase es bonita. La práctica, no. La verdad no se arma con redes sociales, cifras infladas ni correlaciones sin prueba. La verdad se demuestra. Y ahí Bruno hizo lo correcto: frenar el salto, pedir evidencia y obligar a que el discurso muestre lo que es.

Si de verdad no quiere dañar a nadie, hay un estándar mínimo: critique políticas, estados, decisiones y lobbies —pero deje de convertir “judío” en categoría explicativa del mal. Porque esa película ya la vimos. Y siempre termina igual.

 

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