Este texto no pretende atacar la fe ni negar el valor espiritual del cristianismo. Todo lo contrario. Busca aislar a aquellos malos elementos que, escudándose en la religión, se alejan deliberadamente de los valores judeocristianos modernos: la dignidad humana, la responsabilidad moral, el respeto al otro y la vida como valor supremo.
Son voces que, en lugar de generar amor, generan odio; en lugar de tender puentes, fomentan división; y en lugar de elevar el debate, estigmatizan a un pueblo, a una religión y a un país específicos. Lo hacen, además, con una obsesión selectiva: sin mencionar, en la mayoría de los casos, a ningún otro país o actor que hoy comete atrocidades reales y documentadas en distintas partes del mundo.
Por eso resulta profundamente irresponsable —y peligroso— ver a periodistas y opinólogos que se escudan en su religiosidad, en su cristianismo, en los evangelios o en citas bíblicas, para justificar discursos vacíos, obsesivos o directamente dañinos. La Biblia no es un salvoconducto ético. La fe no purifica ideas torcidas.
Creer en Dios, declararse religioso o citar textos sagrados no convierte automáticamente a nadie en una buena persona. La historia —y el presente— lo demuestran con una contundencia que ya no admite romanticismos.
En el cristianismo, las Cruzadas no fueron un exceso aislado ni una desviación accidental, sino una institución organizada para matar en nombre de Dios. La Santa Inquisición persiguió, torturó y ejecutó a miles bajo la excusa de la pureza de la fe. Durante siglos, mujeres fueron quemadas vivas como brujas, comunidades enteras fueron perseguidas, y la disidencia religiosa se pagó con la vida.
En la época de los misioneros, el mensaje fue brutalmente claro: conversión forzosa o muerte. Culturas completas fueron destruidas, lenguas borradas, identidades anuladas, todo envuelto en un discurso moral que afirmaba estar “salvando almas”.
Y no hace falta retroceder siglos para encontrar ejemplos.
En este mismo siglo, en las últimas décadas, sacerdotes profundamente religiosos —hombres que predicaban moral, fe y pureza— abusaron sistemáticamente de menores, utilizaron su autoridad espiritual para cometer actos innombrables y se escudaron durante años en la institución religiosa para evitar consecuencias. No fue falta de religión. Fue abuso de poder protegido por la religión.
Nada de esto fue ausencia de fe. Fue fanatismo, dogma y autoridad sin control.
El judaísmo tampoco está exento. En Judea y Samaria existen colonos judíos religiosos y extremistas que, amparados en una interpretación teológica radical, han atacado a sus vecinos árabes palestinos: agresiones físicas, incendios de propiedades, destrucción de cultivos y violencia directa contra civiles. Estos actos no representan al judaísmo ni a la inmensa mayoría de la sociedad israelí, y es importante subrayarlo: el propio Estado de Israel ha condenado reiteradamente estos ataques y los considera criminales, no actos de fe ni de defensa legítima.
Negar la existencia de estos extremistas sería deshonesto. Pero utilizarlos para demonizar a todo un pueblo o a toda una religión es igualmente perverso.
El ejemplo más extremo y devastador sigue siendo el islamismo radical: personas profundamente religiosas, convencidas de actuar por mandato divino, que matan, masacran y destruyen culturas enteras sin el menor remordimiento, seguras de que Dios las absuelve.
La conclusión es incómoda, pero inevitable: la religión no es una garantía moral. La fe no inmuniza contra la crueldad, el abuso ni el mal. En demasiados casos, cuando se transforma en fanatismo o en poder incuestionable, los legitima.
buena persona no se proclama desde un púlpito ni desde una columna. No se demuestra citando versículos ni invocando a Dios. Se demuestra con actos: no deshumanizar, no fomentar el odio, no construir enemigos imaginarios, no obsesionarse con un solo grupo.
Cuando alguien invoca a Dios mientras concentra su discurso casi exclusivamente en un mismo colectivo, cuando construye relatos de influencias ocultas y silencios selectivos, cuando calla ante otras violencias y solo señala a un objetivo recurrente, eso no es pensamiento crítico.
Es obsesión.
Y la obsesión disfrazada de fe no nace de la búsqueda de la verdad. Nace del miedo, del resentimiento y de un lugar oscuro que la religión, lejos de corregir, termina justificando.




