6 de abril de 2026

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Lima: Cargando...

Por Jack Gomberoff / La obsesión ajena

Jack Gomberoff

Por Jack Gomberoff

Puedo entender —aunque no siempre compartir— la reacción visceral de quienes tienen identidad en juego:

árabes de origen palestino, judíos en Israel o en la diáspora.

Ahí hay historia familiar,  familiares que viven hoy en Beit Jala, Judea y Samaria o en Israel. ,memoria transmitida, dolor heredado. La pasión, en esos casos, es humana.

Lo que resulta difícil de explicar —y más difícil aún de justificar— es otra cosa:

la obsesión casi enfermiza con Israel de personas que no son ni judías ni palestinas, que nunca estuvieron en la región y cuyo conocimiento del conflicto proviene casi exclusivamente de redes sociales.

No hablamos de interés informado ni de preocupación humanitaria constante.

Hablamos de fijación selectiva.

En Perú, como en buena parte de Occidente, esa obsesión se expresa con una intensidad que no se replica frente a otros conflictos mucho más sangrientos y prolongados: Siria, Yemen, Sudán, Irán, Afganistán, Armenia. Allí no hay marchas, ni consignas, ni indignación permanente. Con Israel, sí.

¿Por qué?

Porque Israel dejó de ser un país y pasó a ser un símbolo.

Para muchos activistas contemporáneos, Israel funciona como el contenedor perfecto de culpas ajenas:

Occidente, colonialismo, poder, capitalismo, supremacía, incluso “blancura”, aunque los judíos no encajen en esa categoría histórica ni demográfica. Es el enemigo ideal: democrático (por lo tanto exigible), pequeño (por lo tanto atacable) y judío (por lo tanto culturalmente sospechoso).

Las redes sociales hacen el resto.

Reducen un conflicto complejo a un relato infantil de buenos y malos, recompensan la indignación por encima del conocimiento y ofrecen identidad instantánea a quien adopta la causa correcta. Estar “contra Israel” se vuelve una forma barata de sentirse justo, rebelde y moralmente superior, sin necesidad de estudiar historia, hablar hebreo o árabe, ni comprender el contexto regional.

El problema no es la crítica.

Criticar políticas de un gobierno es legítimo.

El problema es la crítica totalizante, compulsiva y monocorde, donde no hay matices, no hay contexto y no hay derecho a la defensa.

En ese punto, Israel ya no es un Estado: es el mal absoluto.

Y cuando eso ocurre, el judío —en Lima, Buenos Aires o París— deja de ser individuo y vuelve a ser representante. Responsable por asociación. Sospechoso por herencia.

Ese mecanismo tiene un nombre antiguo, aunque hoy se disfrace con vocabulario nuevo.

La paradoja moral es evidente: muchos de los más encendidos contra Israel relativizan o justifican el terrorismo, callan frente a dictaduras brutales y jamás aplican el mismo estándar a actores no occidentales. Con Israel no hay complejidad posible; con otros, todo es contexto.

Eso no es solidaridad con los palestinos.

Es proyección ideológica.

Lo que hagan figuras públicas (o figuras que se creen públicas) como Veronika Mendoza, Sigrid Bazan, Marco Arana, Indira Huilca, Ruth Luque, Rodolfo Sanchez Azcorbe, Aldo Chaparro, Roger Loayza entre otros) tiene consecuencias. No en la política exterior peruana —irrelevante en este tablero—, sino en el clima cultural local: normaliza la demonización, habilita el señalamiento y vuelve aceptable un odio que creíamos superado.

Ellos tienen parte de la culpa de que el colegio judío y las sinagogas en Lima requieran protección policial las 24 horas.

Entender el dolor palestino no exige negar la historia judía.

Criticar a Israel no exige obsesión ni deshumanización.

Pero cuando la crítica se vuelve hereditaria, selectiva y absoluta, ya no estamos frente a un debate político. Estamos frente a una patología moral conocida, reciclada para el siglo XXI.

Y otra vez, como tantas veces, los judíos terminan pagando el costo de una causa que no controlan.

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