3 de abril de 2026

|

Lima: Cargando...

Por Jack Gomberoff / Los judíos como el canario en la mina de carbón

Jack Gomberoff

En las antiguas minas de carbón, los trabajadores llevaban canarios en pequeñas jaulas. No era por compañía: era por supervivencia. El canario, más vulnerable a los gases tóxicos, moría primero. Su silencio repentino era la señal de alarma que salvaba vidas.

Hoy, el pueblo judío —y especialmente Israel— ocupa ese lugar.

Somos el canario en la mina del extremismo global.

Y después del 7 de octubre, quedó claro que el mundo no quiere escuchar la alarma. Prefiere negar el olor a podredumbre que sube desde el sótano moral del siglo XXI.

El 7 de octubre no fue un “evento”, ni un “contexto”, ni una “respuesta”. Fue una masacre deliberada de civiles: bebés ejecutados, familias quemadas vivas, mujeres violadas sistemáticamente, ancianos secuestrados. Fue barbarie en estado puro, sin maquillaje, sin excusas.

Y sin embargo, horas después, en universidades, en redes sociales y en colectivos “solidarios”, aparecieron aplausos, justificaciones y celebraciones. La podredumbre moral salió a la superficie con una rapidez obscena. Ese día no solo vimos el rostro de Hamas; vimos el rostro de quienes, en Occidente, dicen defender la justicia social pero se derriten ante cualquier movimiento que declare odio contra los judíos.

El antisemitismo siempre ha sido el gas tóxico de la civilización. Cuando aparece, anuncia algo mucho más grande que una persecución puntual: anuncia el derrumbe de los valores que sostienen a una sociedad libre.

Después del 7 de octubre, ese gas volvió a llenar la mina a niveles históricos. Y el canario —Israel, los judíos— empezó a gritar.

Pero una parte del progresismo contemporáneo decidió que no quería escuchar. Se tapan los oídos con consignas vacías.

“No todos los contextos son iguales”, dicen. “No se puede condenar sin matices”, “77 años de ocupación”, “has ecuchado de la Nakba” repiten.

En el mismo tono en que antes relativizaron dictaduras, ahora relativizan masacres.

Influencers, artistas, tiktokers, comentaristas universitarios: todos encontraron una excusa estética para justificar el terrorismo.

La izquierda que alguna vez defendió la libertad hoy aplaude a quienes lapidan mujeres, ejecutan homosexuales y adoctrinan niños.

Es una degeneración ideológica que ya no puede presentarse como ignorancia. Es complicidad emocional con el fanatismo.

Es podredumbre moral, sin eufemismos.

¿Por qué los judíos advertimos primero? Porque ya vivimos el momento en que el mundo miró hacia otro lado mientras nos convertían en chivo expiatorio. Porque sabemos que el odio contra nosotros nunca se queda en nosotros. Siempre crece. Siempre avanza. Siempre termina destruyendo a todos los que creyeron que estaban a salvo detrás de su superioridad moral.

Israel no está pidiendo compasión: está mostrando, con su propia supervivencia, cuál es la amenaza real.

El extremismo que nos ataca a nosotros hoy será el que ataque a Occidente mañana. No por ideología: por naturaleza.

La metáfora del canario es brutal por su verdad:

cuando el canario deja de cantar, no es el canario el que está en peligro. Es toda la mina.

Y después del 7 de octubre, la mina occidental empezó a llenarse de humo mientras muchos celebraban la asfixia del canario.

La pregunta ya no es si nos escuchan.

La pregunta es cuánto tiempo les queda antes de entender que el gas también va por ellos.

 

 

Scroll al inicio