30 de enero de 2026

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Por José Romero / Stalingrado, el punto de inflexión

José Romero

Cuando cumplí siete años recuerdo, como si fuera ayer, cómo cayó en mis manos un fascículo sobre la épica batalla de Stalingrado. Aquel año se conmemoraban veinticinco años del fin de esa lucha en la que murieron más de dos millones de seres humanos: los heroicos defensores de la Madre Patria y los que pretendieron conquistar por la fuerza a la entonces Unión Soviética.

Mucho se ha escrito sobre los enfrentamientos, incluso cuerpo a cuerpo, que derivaron en el cerco que culminó con la rendición del VI Ejército Alemán y de su jefe, el mariscal Friedrich Paulus. Toda guerra trae consigo muerte y destrucción, pero en los momentos extremos aflora la estirpe de un pueblo, el liderazgo que convierte la defensa en cuestión de vida o muerte, y el genio militar que, junto a su Estado Mayor, logra sostener una resistencia que en más de un instante pareció perdida.

También debe señalarse la obstinación y el cálculo errado que impidieron una retirada cuando aún había posibilidades. Una vez cerrada la pinza sobre miles de soldados de la Wehrmacht, ya no había nada que hacer.

Stalingrado fue el punto de inflexión de la campaña en el Frente Oriental. Tras la victoria soviética del 2 de febrero de 1943, la contraofensiva no se detendría hasta la toma de Berlín en mayo de 1945 y la rendición definitiva de Alemania. Ese 2 de febrero, hace ya 83 años, el heroísmo y sacrificio de cientos de miles de defensores se coronaron con la victoria. Ni el hambre, ni el frío, ni la resistencia humana llevada al límite pudieron doblegar el valor de un pueblo.

Muchos podrán relatar con exactitud lo sucedido entre el 17 de julio de 1942 y el día de la victoria. Sin embargo, nada impide recordar la defensa de una ciudad arrasada por los bombardeos de la Luftwaffe, en la fábrica de tractores, en el ferrocarril, en las orillas del Volga y en cada casa. La orden de Stalin, “¡Ni un paso atrás!”, se cumplió al pie de la letra. El Ejército Rojo, émulo de las tropas que derrotaron a Napoleón, resistió y finalmente cumplió con su Patria bajo el mando del mariscal Gueorgui Zhúkov.

Han pasado más de ocho décadas y Rusia recuerda a sus héroes a través del imponente monumento en el cerro Mamáyev Kurgán, en la actual Volgogrado, donde la estatua de la Madre Patria honra a los defensores de Stalingrado. Existe incluso una corriente que gana cada día más adeptos: restituir el nombre de Stalingrado a la ciudad, para que la memoria de aquella batalla heroica nunca se diluya.

Como dijo el poeta Konstantin Simonov, testigo de la guerra: “Stalingrado no es sólo una ciudad, es un símbolo de la resistencia humana llevada hasta el límite.”

Gloria a quienes defendieron su Patria y paz para todos aquellos que murieron en los doscientos días de lucha.

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