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    Por: Luciano Revoredo / ¿Cómo llegamos a esto?

    Escribo estas líneas en la mañana del 6 de junio. Como es evidente no se conoce aún quién ganó las elecciones, aunque creo firmemente que ganará Keiko Fujimori. Espero no errar en este vaticinio.

    Espero no errar fundamentalmente porque amo al Perú y ni en mi peor pesadilla lo imaginé bajo las garras del senderismo asesino y además porque considero que Keiko Fujimori encarna en este momento la mejor opción para salir del entrampamiento en que estamos.

    Hoy fui a votar muy temprano. Al llegar, en mi mesa había unas pocas personas esperando su turno y como es muy peruano, conversaban entre ellas.

    Noté rápidamente en estas personas una cierta frustración, una desesperanza. En general manifestaban su incredulidad ante el hecho de tener entre las dos posibles alternativas de presidente del Perú a un analfabeto funcional y aliado del terrorismo como Castillo. Comprobé que todos votarían por Keiko, aunque dos de ellos sin mucha convicción.

    Primero en la cola estaba un anciano, tal vez ya octogenario. No había esperado la hora que les ha asignado la ONPE. Volteó, nos miró a todos con un aire de resignación. Se frotó lentamente los ojos y la frente y dijo: Yo solo me pregunto ¿Cómo llegamos a esto?, calló unos segundos y volvió a decir agitando las manos y levantando un poco la voz ¿Cómo llegamos a esto?, nos miró a cada uno de los que estábamos como esperando que le respondiéramos. Pero fue en vano nadie dijo nada y en ese momento lo llamaron a votar y se fue.

    Al verlo caminar lentamente, tal vez a la última votación de su vida, pensé en su pregunta. Este hombre que nos inquiría con la autoridad de sus años, que ha vivido los atropellos del velascato, el fracaso económico del primer gobierno de Alan García, que ha sobrevivido al terrorismo, sin duda no puede creer que haya una gran cantidad de peruanos dispuestos a poner en la presidencia a Pedro Castillo.

    Pero su pregunta está ahí y la respuesta también.

    Llegamos a esto por frívolos, porque nos acostumbramos muy rápido al bienestar que trajo lo que en los 90 se llamó el milagro peruano, porque el crecimiento impresionante del país en los últimos treinta años nos nubló la vista y no fuimos capaces de enfrentar a los predicadores del odio, a los que deformaron la historia, a los envenenaban a nuestros jóvenes en las universidades. Porque dejamos la educación en las peores manos. Porque mientras aplaudíamos la fama del cebiche o el lomo saltado, el veneno del neomarxismo circulaba libremente.

    Llegamos a esto porque hubo un Paniagua blandengue y pusilánime, liberador de terroristas y después un Toledo, un Humala y un Vizcarra, corruptos e indolentes dedicados a todo tipo de tropelías.

    Llegamos a esto porque muchos cayeron en la trampa de creer que el modelo ha fallado, que por eso hay que cambiarlo todo. Lo cual no es cierto. Detrás de esa falacia viene la manzana emponzoñada de la nueva constitución.

    Lo cierto es que llegamos a esto que es un punto de quiebre. Ahora solo queda enmendar y que no nos vuelva a suceder. La promesa de la vida peruana está vigente.

    Escribo estas líneas en la mañana del 6 de junio. Como es evidente no se conoce aún quién ganó las elecciones, aunque creo firmemente que ganará Keiko Fujimori. Espero no errar en este vaticinio.

    Espero no errar fundamentalmente porque amo al Perú y ni en mi peor pesadilla lo imaginé bajo las garras del senderismo asesino y además porque considero que Keiko Fujimori encarna en este momento la mejor opción para salir del entrampamiento en que estamos.

    Hoy fui a votar muy temprano. Al llegar, en mi mesa había unas pocas personas esperando su turno y como es muy peruano, conversaban entre ellas.

    Noté rápidamente en estas personas una cierta frustración, una desesperanza. En general manifestaban su incredulidad ante el hecho de tener entre las dos posibles alternativas de presidente del Perú a un analfabeto funcional y aliado del terrorismo como Castillo. Comprobé que todos votarían por Keiko, aunque dos de ellos sin mucha convicción.

    Primero en la cola estaba un anciano, tal vez ya octogenario. No había esperado la hora que les ha asignado la ONPE. Volteó, nos miró a todos con un aire de resignación. Se frotó lentamente los ojos y la frente y dijo: Yo solo me pregunto ¿Cómo llegamos a esto?, calló unos segundos y volvió a decir agitando las manos y levantando un poco la voz ¿Cómo llegamos a esto?, nos miró a cada uno de los que estábamos como esperando que le respondiéramos. Pero fue en vano nadie dijo nada y en ese momento lo llamaron a votar y se fue.

    Al verlo caminar lentamente, tal vez a la última votación de su vida, pensé en su pregunta. Este hombre que nos inquiría con la autoridad de sus años, que ha vivido los atropellos del velascato, el fracaso económico del primer gobierno de Alan García, que ha sobrevivido al terrorismo, sin duda no puede creer que haya una gran cantidad de peruanos dispuestos a poner en la presidencia a Pedro Castillo.

    Pero su pregunta está ahí y la respuesta también.

    Llegamos a esto por frívolos, porque nos acostumbramos muy rápido al bienestar que trajo lo que en los 90 se llamó el milagro peruano, porque el crecimiento impresionante del país en los últimos treinta años nos nubló la vista y no fuimos capaces de enfrentar a los predicadores del odio, a los que deformaron la historia, a los envenenaban a nuestros jóvenes en las universidades. Porque dejamos la educación en las peores manos. Porque mientras aplaudíamos la fama del cebiche o el lomo saltado, el veneno del neomarxismo circulaba libremente.

    Llegamos a esto porque hubo un Paniagua blandengue y pusilánime, liberador de terroristas y después un Toledo, un Humala y un Vizcarra, corruptos e indolentes dedicados a todo tipo de tropelías.

    Llegamos a esto porque muchos cayeron en la trampa de creer que el modelo ha fallado, que por eso hay que cambiarlo todo. Lo cual no es cierto. Detrás de esa falacia viene la manzana emponzoñada de la nueva constitución.

    Lo cierto es que llegamos a esto que es un punto de quiebre. Ahora solo queda enmendar y que no nos vuelva a suceder. La promesa de la vida peruana está vigente.

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