25 de marzo de 2026

|

Lima: Cargando...

Por: Luis De Stefano Beltrán, Ph.D. (*) y Ernesto Bustamante, Ph.D. (**) // Agricultura en la era post Covid

Luis de Stefano - Ernesto Bustamante

Para los peruanos elegir a nuestro presidente de la república seguirá siendo un desafío monumental, una decisión personal que nos genera ansiedad cada cinco años en la soledad de la cámara secreta … y desde muchos meses antes. Pero hacerlo en abril de 2021, en medio de la pandemia de COVID-19, la más devastadora en un siglo, y durante una contracción económica producto de la misma pandemia, fue, sin duda, un reto sin precedentes. Hoy, en octubre de 2025, con la pandemia en el retrovisor, un nuevo presidente transitorio y el mundo adaptándose a una ‘nueva normalidad’, quizás es momento de mirar hacia adelante y reflexionar sobre nuestro futuro.

¿Qué Perú imaginamos para 2040 o 2050? ¿Cuál será el papel de la agricultura en las próximas décadas, especialmente en un contexto de cambio climático acelerado y volatilidad global? Uno de los legados más profundos de la pandemia fue exponer las fragilidades de nuestro sistema de salud y, sobre todo, resaltar la importancia crítica de la producción y distribución de alimentos. Durante los meses de cuarentena estricta en 2020-2021, quedó claro que la supervivencia dependía de acceder a tres comidas diarias. Asegurar un suministro constante de alimentos se convirtió en un desafío primordial, recordándonos que, como especie, hemos enfrentado este reto con altibajos durante milenios.

A menudo se repite que podrías necesitar un abogado una vez en la vida o un médico una vez al año, pero a los agricultores los requerimos todos los días. Muchos ignoran el origen de sus alimentos, limitándose a visitas semanales al supermercado. Pocos aprecian la dureza de la vida agrícola, un ritmo distante del ajetreo citadino. Thomas Jefferson lo expresó sabiamente: «La agricultura es nuestra búsqueda más sabia, porque al final contribuirá más a la riqueza real, a las buenas costumbres y a la felicidad».

Durante la pandemia, articular las cadenas de producción, transporte, distribución y entrega a domicilio fue un tremendo problema logístico. Hubo ciertamente una curva de aprendizaje pronunciada, y en semanas se logró optimizar el flujo de alimentos. Sin embargo, eventos como la huelga de transportistas en 2021 interrumpieron el suministro a ciudades como Lima, causando alzas de precios y pérdidas por descomposición de cargas perecibles. En 2025, con las lecciones aprendidas, hemos visto mejoras en la resiliencia, pero las vulnerabilidades persisten: interrupciones por eventos climáticos extremos, como sequías o inundaciones ligadas al cambio climático, han reemplazado a las huelgas como amenazas principales. No podemos permitir que nuestras ciudades sigan tan expuestas pues las pérdidas no solo afectan a consumidores, sino también a productores y transportistas.

En el Perú las pérdidas postcosecha, que aún alcanzan hasta el 30% en rutas a mercados, continúan siendo un problema crónico. Sorprendentemente, en Perú escasean expertos en fisiología postcosecha. Nuestro sistema alimentario demanda reformas integrales: es esencial una mejor infraestructura, como carreteras y cadenas de frío, pero enfoquémonos en soluciones más arriba en la cadena productiva. Una meta nacional prioritaria para el 2030 debería ser aumentar los rendimientos de cultivos, que en su mayoría siguen por debajo de los promedios globales.

Debemos revitalizar el sistema de extensión agrícola a través del INIA, centralizando los esfuerzos nacionales en lugar de delegarlos a gobiernos regionales, cuyo enfoque ha fallado estrepitosamente. Además, un programa nacional para atraer jóvenes profesionales al campo -incluyendo descendientes de migrantes rurales- podría transformar el sector. Inspirándonos en iniciativas chinas, incentivos como becas y apoyo tecnológico, se podría motivar retornos, impulsando la adopción de las numerosas tecnologías de la agricultura inteligente: plataformas de inteligencia artificial, big data, drones, sensores, Internet de las Cosas (IoT) y computación en la nube para una producción sostenible y precisa.

Es crucial combatir la percepción obsoleta de la agricultura como ‘cosa del pasado’. Muchos jóvenes evitan carreras agrícolas, ignorando innovaciones. Los profesionales inspirados por el ejemplo de Norman Borlaug en los 1960-1970 ya están retirados; urge un relevo generacional. Las universidades peruanas deben expandir sus ofertas educativas con estudios de pregrado y postgrado en agronegocios, ciencias agrícolas, fisiología postcosecha, entomología agrícola, manejo de malezas, fitopatología, mejoramiento genético, gestión de suelos, viticultura y más. El MIDAGRI podría ofrecer becas integrales para carreras en agricultura tradicional y de precisión, integrando herramientas como ‘machine learning’ para predicción de plagas u optimización de riego.

Mirando hacia adelante, la agricultura vertical emerge como una revolución consolidada en el hemisferio norte. Cultivos en entornos controlados bajo techo ofrecen una productividad hasta 10 veces superior a la agricultura abierta, con mínimo uso de pesticidas (es decir, quasi orgánica). Ubicados en las ciudades, reducen sus costos de distribución; sus clientes están a minutos de distancia. En el Perú, emprendimientos pilotos en Lima y Arequipa han demostrado potencial para mitigar impactos climáticos y urbanizar la producción.

John F. Kennedy capturó la esencia del agricultor: «El agricultor es el único hombre en nuestra economía que compra todo al por menor, vende todo al por mayor y paga el flete en ambos sentidos». El Perú debe abrazar una agricultura sostenible, altamente productiva e intensiva en conocimiento. En 2025, con numerosos avances tecnológicos al alcance, es hora de reconocer que estamos en el siglo XXI y actuar en consecuencia para asegurar el pan de cada día para todos.

(*) Biólogo Molecular de Plantas y Profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia

(**) Biólogo Molecular y Congresista de la República.

Scroll al inicio