El reciente discurso de Carlos Carvalho, rector de la Universidad de Austin (UATX), titulado «In Defense of Inequality», emerge como un llamado audaz a la defensa de la excelencia en un mundo cada vez más obsesionado con la igualdad a toda costa. En él, Carvalho nos recuerda que todos los hombres son creados iguales, pero no todos somos iguales y que tenemos diferencias naturales en curiosidad, intelecto, talento, coraje; y, en consecuencia, nuestros logros serán diferentes. No defiende entonces la desigualdad arbitraria o discriminatoria, sino aquella que surge de esas diferencias.
Carvalho cita a Alexis de Tocqueville, el gran crítico de la democracia americana del siglo XIX, quien observó que en las democracias las personas podrían llegar a preferir la igualdad en servidumbre antes que la desigualdad en libertad y que, en nombre de la igualdad total, pueden terminar siendo iguales en la mediocridad. Así, Tocqueville, advierte que una pasión desmedida por la igualdad puede sofocar el talento excepcional, conduciéndonos irremediablemente a sociedades mediocres donde la innovación y el liderazgo terminan por extinguirse.
En lugar de eso, Carvalho, propone un equilibrio: reconocer la dignidad igual de todos, pero cultivar la excelencia desigual que impulsa el progreso y señala que una sociedad, para mantenerse libre y dinámica, debe permitir que esos dones que nos hacen diferentes se desarrollen en lugar de imponer un único molde. Por eso, concluye Carvalho, incluso en una república de iguales, se necesitan pequeñas islas de aristocracia y excelencia para asegurar el éxito de la libertad. Mientras la democracia se sustenta en la igualdad; la libertad y la excelencia se sustentan en la desigualdad.
Esta defensa de la desigualdad resuena en el contexto educativo actual, donde muchas instituciones han optado por diluir los estándares de excelencia en nombre de la inclusión. Carvalho critica cómo las universidades de élite como Harvard, Yale o Princeton califican con “A” como quien reparte caramelos a casi el 60% de sus estudiantes y eliminan requisitos rigurosos, como el cálculo en economía o el latín y griego en el estudio de los clásicos. El resultado final es entonces una «falsificación de la excelencia», comparable a producir diamantes artificiales que nadie valora. Para Carvalho, en UATX, en cambio, se apuesta “por el rigor: lecturas profundas, argumentos desglosados línea por línea y calificaciones basadas en méritos reales, no en intenciones”. Esta ‘aristocracia natural’, como la llamaba Thomas Jefferson, no es elitista por nacimiento, sino que está abierta para cualquiera con talento y determinación, independientemente de su origen socioeconómico.
El mensaje de Carvalho es claro: la igualdad sin excelencia conduce a la decadencia nacional. En democracias, la tentación de nivelar todo hacia abajo puede generar una ‘servidumbre igualitaria’, donde la conformidad reemplace la libertad. Para los estudiantes, esto implica una actitud inicial de humildad ante el conocimiento, pero también el desafío constante que extraiga lo mejor de cada uno. A los padres, se les pide que no exijan clemencia, sino mayor rigor. En esencia, defender la desigualdad es defender la libertad y el potencial humano.
Esta perspectiva no es solo teórica; tiene implicaciones directas para aquellos sistemas educativos en crisis permanente como el nuestro. En el Perú, donde la reforma universitaria impulsada por la SUNEDU desde 2014 ha buscado elevar la calidad, el debate sobre igualdad versus excelencia es particularmente relevante. La expansión descontrolada de universidades desde los años 1990 llevó a un boom de instituciones de muy baja calidad, muchas de ellas accesibles para sectores de bajos ingresos pero que ofrecían educación deficiente, perpetuando ciclos de pobreza y desempleo.
La reforma, mediante el licenciamiento obligatorio, ha cerrado o denegado licencias a decenas de universidades que no cumplían estándares mínimos, reduciendo el número de instituciones de más de 140 a alrededor de 90 autorizadas. Esta reforma ha mejorado algunos indicadores como la empleabilidad de egresados y la inversión en investigación, pero ha generado críticas por supuestamente aumentar la desigualdad al limitar opciones asequibles para estudiantes vulnerables. Sin embargo, aplicando la lógica de Carvalho, esta reforma defendería precisamente la desigualdad necesaria para la excelencia. En lugar de masificar una educación mediocre -que Tocqueville advertiría como un camino a la mediocridad colectiva- la reforma, aún no terminada, debería priorizar estándares muy altos que beneficien a largo plazo a toda la sociedad y demostrar, así, que el rigor no excluye la inclusión.
Las críticas a la reforma por ‘elitismo’ ignoran que una educación diluida no empodera; solo engaña. Y es que, en muchos casos, estas críticas provienen de los promotores de esas universidades mediocres, a quienes, parafraseando a Kafka en La Metamorfosis, «no les preocupa perder el poco prestigio que tienen, solo les importa no perder el licenciamiento». Como en UATX, el Perú debe entonces abrazar esta desigualdad virtuosa, abrir las puertas de las universidades basándonos solo en potencial, no en cuotas artificiales y formar líderes que sirvan al país. Solo así podremos rebelarnos contra la mediocridad y construir un futuro de verdadera libertad y progreso.
El Perú, a lo largo de su historia republicana, ha conocido períodos como la llamada República Aristocrática (1895-1919), dominada por una oligarquía agroexportadora que priorizaba linaje y riqueza sobre mérito intelectual. Sin embargo, nunca ha sido una ‘República de Académicos’, un sistema donde la aristocracia natural de Thomas Jefferson -compuesta por académicos e intelectuales de excelencia- guíe el destino nacional. Esta ausencia de académicos de la República, líderes formados en el rigor y la meritocracia, explica muchas de nuestras persistentes desigualdades injustas.
Abrazar la defensa de la desigualdad en la educación es, por tanto, no solo una reforma, sino el camino para forjar por primera vez esa república soñada: donde la verdadera excelencia académica, no el privilegio heredado ni la falsa excelencia, defina el liderazgo y el progreso.
(*) Biólogo Molecular de Plantas y Profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia
(**) Biólogo Molecular y Congresista de la República.




