En 1927, Julien Benda publicó “La trahison des clercs”, una crítica mordaz y lacerante a la forma en que la mayoría de los intelectuales europeos había abandonado la búsqueda de verdades universales en favor de pasiones políticas particulares, como el nacionalismo y el racismo, contribuyendo de esa manera al auge de ideologías extremas. El compromiso de la integridad de ciertos intelectuales que se dedican al patrocinio político.
En 2021, Niall Ferguson retoma este concepto en «The Treason of the Intellectuals”, aplicándolo a la academia contemporánea de EEUU. Ferguson argumenta que, aunque el giro ideológico en las universidades de EEUU ha sido hacia la izquierda, en contraposición al derechismo de la Europa de entreguerras, el resultado es similar: una «organización intelectual de odios políticos» que tolera el antisemitismo y el extremismo bajo los pretextos de diversidad, equidad e inclusión. Ferguson nos recuerda en su ensayo cómo algunas instituciones de élite de esa época (Ej. las universidades de Heidelberg y Tübingen), sucumbieron a la tentación de subordinar la ciencia a la política, facilitando el ascenso del nazismo. Este proceso, que comenzó como un mero discurso académico y culminó en una violencia sistemática y catástrofe mundial, ilustra la fragilidad de la necesaria separación entre la ciencia y la política, un principio defendido elocuentemente por Max Weber en su famoso ensayo de 1917 (“Wissenschaft als Beruf”) sobre la vocación científica.
Ferguson dice que la excelencia académica no nos inmuniza contra esta traición. Al contrario, en Alemania la sobre especialización técnica y la pérdida de valores humanísticos, como los de Goethe y Schiller, permitieron que profesores y estudiantes justificaran la exclusión, la discriminación y el genocidio. El conocimiento se pervirtió al servicio de ideologías totalitarias. Ferguson compara lo sucedido en Alemania con la actualidad de EEUU, donde respuestas ambiguas de líderes universitarios a incidentes antisemitas (posteriores al ataque de Hamas a Israel del 2023), revelaron la perversidad de una doble moral: una mayor sensibilidad hacia ciertas minorías que hacia el terrorismo antisemita, enmarcada en narrativas woke que priorizan la victimización de algunos grupos identitarios sobre la verdad objetiva. Al final, Ferguson llama correctamente a realizar una reforma profunda que restablezca la independencia académica, evitando repetir el destino de las universidades alemanas, que perdieron a sus mejores mentes en un éxodo masivo sin precedentes.
En el contexto peruano, este marco conceptual resalta la desidia de muchos de nuestros intelectuales ante ideologías extremas, tanto históricas como emergentes. Durante las décadas de 1980 y 1990, el terrorismo de Sendero Luminoso (SL) y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) representaron organizaciones intelectuales de odios políticos similares a lo descrito por Benda. Sendero Luminoso, con Abimael Guzmán desde la cátedra de filosofía en Ayacucho, utilizó el ámbito académico para propagar una variante maoísta vernacular del marxismo-leninismo, justificando la violencia como medio para la revolución proletaria, casi sin oposición en nuestra academia.
Guzmán pudo reclutar seguidores entre docentes y estudiantes, transformando su universidad en un bastión ideológico que dio origen a un movimiento terrorista armado como nunca antes visto en nuestra historia. Sin embargo, los intelectuales peruanos, particularmente en universidades y en los medios antes de 1978, no enfrentaron de manera preventiva esta ideología. Nunca se comportaron como la primera línea de defensa de nuestra sociedad. Callaron por miedo o complicidad. No dieron la batalla de las ideas.
Esta desidia se evidencia en la Comisión de la Verdad y Reconciliación, presidida por un exrector de la Universidad Católica del Perú, PUCP. El informe final de 2003 enmarcó el terrorismo como si hubiera sido un ‘conflicto armado interno’, priorizando las violaciones de derechos humanos del Estado, mientras se relativizaba las bases ideológicas de SL y el MRTA. Un caso ilustrativo es el de Maritza Garrido Lecca, la bailarina que dio refugio a Guzmán en 1992. Su figura ha sido debatida en algunos círculos culturales como ‘compleja’, en lugar de ser condenada rotundamente, permitiendo narrativas que mediatizan un rechazo total a la apología del terrorismo.
Actualmente, esta traición o ‘descuido’ se manifiesta en la adopción de la ideología woke en algunas universidades peruanas, que, como en EEUU, promueve divisiones identitarias bajo la excusa de justicia social. En estas universidades, programas académicos contrahechos sobre género, descolonización y despatriarcalización han incorporado narrativas neomarxistas que relativizan el terrorismo histórico, enmarcándolo como una ‘resistencia’ indígena sin confrontar su vena totalitaria. Varios movimientos estudiantiles, influenciados por estas ideas, han organizado protestas que priorizan el victimismo étnico y de género, ignorando las lecciones del pasado y exacerbando una polarización innecesaria de la sociedad peruana. Asimismo, el financiamiento externo —como las subvenciones europeas para las agendas woke— ha facilitado esta expansión, colonizando o parasitando ideológicamente esas instituciones sin un escrutinio adecuado u oposición.
Tal como en Alemania, donde el discurso académico dominante mutó eventualmente hacia una conducta genocida, la actual desidia o descuido de nuestros intelectuales nos pone en riesgo de sufrir nuevos ciclos de violencia en el futuro. Siguiendo a Ferguson, los intelectuales peruanos deberían reafirmar la independencia académica, condenando inequívocamente ideologías extremas y priorizando los valores humanísticos universales. Solo así se asegurará que la universidad peruana sirva a la verdad, no a pasiones políticas efímeras. ¿Podremos, a diferencia de otros, actuar antes de que sea tarde?
(*) Biólogo Molecular de Plantas y Profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia
(**) Biólogo Molecular y Congresista de la República.




