Perú ha emergido como un gigante agroexportador a nivel mundial. Nuestras exportaciones de arándanos, paltas, espárragos y uvas, etc., han impulsado un crecimiento económico impresionante, posicionándonos como uno de los proveedores clave de productos frescos para mercados globales. En 2024, el sector agroexportador representó más del 17% de nuestras exportaciones, superando los 12,700 millones de dólares. Sin embargo, detrás de este auge se esconde una advertencia histórica: el caso de Argentina, que a fines del siglo XIX era uno de los países más prósperos del mundo gracias a su producción agrícola y ganadera, solo para caer en un declive que la ha sostenido estancada por décadas. Si el Perú no transita de una economía de acumulación basada en exportaciones primarias a una de innovación interna, corremos el riesgo de repetir ese fracaso, con consecuencias devastadoras para nuestro futuro.
El economista Philippe Aghion, recién galardonado con el Nobel de Economía de 2025, lo argumenta muy bien en su libro “El poder de la destrucción creativa ¿qué impulsa el crecimiento económico?”. Aghion explica cómo Argentina se hundió en lo que Gill y Kharas denominaron en 2007 la ‘trampa del ingreso medio’. Así a finales del siglo XIX, el PBI per cápita argentino era tres veces el PBI per cápita de Brasil y Colombia, equivalente al de Japón, más alto que el de Francia y cercano al de Canadá. Su crecimiento económico se basaba en la exportación masiva de productos agropecuarios, financiada por capital extranjero y maquinaria importada. Sin embargo, esta especialización la dejó vulnerable a shocks externos, como la Gran Depresión de 1929, que colapsó la demanda global. En lugar de diversificarse hacia la industrialización e innovación, Argentina optó por el proteccionismo: adoptó políticas de sustitución de importaciones, aranceles altos y regulaciones que blindaron a las empresas existentes de cualquier competencia. Estas políticas sofocaron el proceso de ‘destrucción creativa’ -el proceso schumpeteriano donde nuevas ideas y empresas desplazan a las obsoletas- y condenó al país a un estancamiento relativo.
El Perú enfrenta un cierto paralelismo. Nuestras agroexportaciones han prosperado imitando y adoptando tecnologías extranjeras: sistemas de riego avanzados de Israel, variedades de cultivos mejoradas de EEUU, cadenas de frío importadas, etc. Esto nos ha permitido aproximarnos a la frontera tecnológica, como describe Aghion, logrando un crecimiento rápido en la primera etapa del desarrollo. Pero ¿qué pasaría si nunca alcanzamos esa frontera tecnológica? Si seguimos dependiendo exclusivamente de copiar, imitar y adaptar, seremos igual de vulnerables a fluctuaciones globales: cambios climáticos que afecten la producción, guerras comerciales que impongan aranceles, o saturación de mercados que depriman precios. Ya lo hemos visto en episodios como la caída de precios de la quinua en la década pasada o las interrupciones por la pandemia. Sin una urgente transición hacia un proceso de innovación interna, el Perú podría estancarse en sus ingresos medios, con un PBI per cápita que hoy ronda los 7 mil dólares -muy lejos de los 50 a 60 mil de los países desarrollados— y sin herramientas para escalar.
El pecado capital de Argentina, según Aghion, fue no adaptar sus instituciones para fomentar la innovación interna. Este proceso requiere de tres pilares: educación superior enfocada en la investigación y vinculada al sector privado; competencia interna feroz que impulse a las empresas a innovar y permita la entrada de nuevos jugadores; y mercados de capitales desarrollados para financiar las nuevas ideas disruptivas. En el Perú, estos pilares brillan por su ausencia en el agro. Nuestra educación e investigación universitaria, aunque en relativa expansión, carece de inversión en I+D agrícola. La competencia interna es muy limitada por el desarrollo de oligopolios en la agroindustria, donde grandes exportadoras controlan la mayoría de las cadenas de valor y son muy exitosas en obtener subsidios o regulaciones que frenan la aparición de nuevos competidores. Nuestros mercados de capitales de riesgo son incipientes; la inestabilidad política y la impredictibilidad de las regulaciones desalientan la inversión en startups agrotecnológicas.
Si no damos el salto a la frontera tecnológica: la agroexportación, hoy motor de empleo en regiones como Ica o La Libertad, se estancaría. La innovación interna es el uso de la biotecnología para el desarrollo de cultivos resistentes al cambio climático propios, uso de la IA para optimizar cadenas de suministro o el desarrollo de productos procesados, los de cuarta y quinta gama, con un alto valor agregado. Sin esto, perderemos competitividad ante rivales como Chile o México, que ya invierten en estas áreas. Las empresas existentes, protegidas por políticas amigables ad hoc, resisten la destrucción creativa, manteniendo barreras de entrada a la competencia. El resultado es fácil de predecir: desempleo crónico, migración rural masiva y un declive relativo que nos dejaría rezagados en la economía global; tal como Argentina, cuyo PBI per cápita es hoy solo el 20% del de EEUU, cuando en 1900 el PBI per cápita de Argentina era el 80% del de EEUU.
El Perú ciertamente puede escapar de esta trampa, liberalizando aún más su economía para impulsar la innovación interna o endógena. Invertir en universidades con programas de agronomía y ciencias agrícolas de primerísimo nivel (por ejemplo aspirar a tener una Universidad de California, Davis o una Universidad de Wageningen en el valle del Chao), eliminar subsidios y regulaciones distorsionadores y fomentar capital de riesgo para el desarrollo de startups agrotecnológicas. Políticas como alianzas público-privadas para I+D, o incentivos fiscales para exportaciones innovadoras, podrían transformar nuestro agro en un hub de tecnología verde.
La lección de Argentina es clara: la prosperidad no es eterna si se basa solo en lo que ya sabemos hacer, copiar, imitar o adoptar. El Perú debe innovar por sí mismo, o se arriesga a convertirse en otra víctima de la trampa del ingreso medio. El momento de actuar es ahora, antes de que nuestra agroexportación se convierta en el epitafio de un sueño truncado.
(*) Biólogo Molecular de Plantas y Profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia
(**) Biólogo Molecular y Congresista de la República.




