La propuesta de Philippe Aghion, Nobel de Economía 2025, de fomentar la ‘destrucción creativa’ a través de una educación superior enfocada en la investigación aplicada y la vinculación con el sector privado se presenta no como una opción, sino como una imperiosa necesidad para asegurar un mañana próspero e innovador.
Para aplicar estas ideas en el Perú, debemos centrarnos en lo que Aghion propone con urgencia: una transformación radical de nuestra educación superior y así fomentar la innovación endógena, pasando de una fase de mera copia y adaptación de tecnologías importadas a una de creación propia. Aghion, en su influyente libro El Poder de la Destrucción Creativa (2021), argumenta que los países en desarrollo crecen inicialmente imitando tecnologías extranjeras. Así lo hemos hecho con el uso de sistemas de riego israelíes en la agricultura o de técnicas noruegas de cultivo en la acuicultura de truchas y langostinos. No obstante, para alcanzar la frontera tecnológica y sostener el crecimiento, se requiere instituciones que promuevan la creación y la innovación interna. Sus tres pilares clave son educación investigativa vinculada al sector privado, competencia feroz y mercados de capital. Pero la educación superior es el pilar fundamental, ya que es la base para generar conocimiento autóctono que resuelva desafíos locales, como la amenaza permanente de enfermedades importadas para la acuicultura costera o la variabilidad climática en los cultivos andinos.
No se trata de memorizar fórmulas o replicar modelos extranjeros, sino de cultivar mentes que cuestionen, experimenten y resuelvan problemas locales mediante innovación propia. Mokyr complementa esto al resaltar cómo el progreso histórico dependió de explicaciones científicas accesibles, no de descubrimientos aislados. Howitt, coautor del modelo schumpeteriano con Aghion, enfatiza que el estancamiento es inevitable sin mecanismos para manejar los conflictos de la destrucción creativa, como la resistencia de las empresas ya establecidas.
En el Perú, donde invertimos apenas el 0.1% del PBI en el financiamiento de la ciencia y la tecnología, no debe sorprendernos que nuestra educación superior perpetúe la imitación en lugar de la creación, dejando sectores como la agroexportación y la acuicultura vulnerables a shocks globales como el cambio climático, enfermedades acuáticas o guerras comerciales. Es muy fácil predecir el costo de no actuar. Sin reformas en la educación superior, nuestras universidades seguirán produciendo profesionales capacitados para copiar en lugar de innovadores capaces de crear, y se estancarán sectores como la agroexportación -que en 2024 superó los 12.7 mil millones de dólares- y la acuicultura -con exportaciones crecientes de productos como conchas de abanico y tilapia. Ya vemos algunas señales: la dependencia de importaciones para biotecnología agrícola y acuícola nos hace perder competitividad ante Chile, México y Ecuador, que han desarrollado tecnologías propias para una acuicultura sostenible.
Aghion propone un modelo educativo que priorice la investigación aplicada como eje central para este tránsito de la imitación a la creación. Así, las universidades se convertirían en ‘incubadoras de destrucción creativa’, donde los estudiantes colaboren, por ejemplo, con empresas para desarrollar cultivos resistentes a los efectos devastadores del fenómeno El Niño en la agricultura o sistemas de recirculación de agua innovadores para acuicultura que minimicen el impacto ambiental; todo basado en tecnología peruana dirigida a nuestras realidades ecológicas. Todo ello requiere aumentar significativamente la inversión en I+D educativa al 1% del PBI, inspirándonos en éxitos como Corea del Sur, que transformó su economía mediante educación STEM enfocada en innovación endógena, pasando de copiar a innovar y liderar en sectores como la electrónica y la biotecnología marina.
Para lograrlo, urge una agenda concreta centrada en la reforma de la educación superior. Primero, reformar currículos para enfatizar habilidades creativas y pasar de la copia a la creación: integrar en la formación educativa la cultura del emprendimiento, conocimientos básicos de propiedad intelectual, big data y edición genética (como CRISPR). Ello desde la secundaria hasta los estudios de posgrado, con énfasis en proyectos que generen patentes locales en lugar de licencias importadas. Segundo, fortalecer la vinculación de la academia con el sector privado mediante alianzas inclusivas, como el establecimiento de hubs en regiones clave como Ica para el agro o Tumbes para la acuicultura, donde startups desarrollen soluciones con fondos públicos y privados, fomentando la creación de tecnologías propias que desplacen a las obsoletas. Mokyr nos recuerda la importancia de la apertura cultural: eliminar barreras burocráticas que desalientan ideas disruptivas y evitar que las élites capturen el conocimiento, asegurando que la innovación beneficie también a los pequeños productores y acuicultores. Howitt y Aghion nos advierten sobre estos conflictos y recomiendan aplicar políticas que incentiven la competencia, como incentivos fiscales para que las empresas inviertan en becas investigativas, previniendo de esa manera la aparición de oligopolios en la agroindustria y acuicultura. Los beneficios de esta revolución educativa serían transformadores: una educación superior enfocada en la creación propia elevaría nuestro PBI per cápita de los actuales 7 mil dólares a niveles de los países desarrollados, creando empleos calificados en sectores diversificados y reduciendo la migración rural y costera. Países como Israel, con inversiones masivas en educación tecnológica, han convertido desiertos no solo en huertos exportadores sino en hubs de innovación acuícola donde se cría peces en el desierto de Néguev, desarrollando tecnologías propias que exportan globalmente.
El Perú tiene el talento; solo falta el compromiso político. Los Nobel 2025 no son solo un reconocimiento académico; pueden ser también un llamado a la acción. Si ignoramos las propuestas de Aghion y sus colegas, condenaremos a nuestro país a la obsolescencia. Para ponerlo en palabras de William Butler Yeats: ‘la educación no es solo llenar un cubo, es también encender un fuego’. La destrucción creativa no espera, la abrazamos, o nos destruye.
(*) Biólogo Molecular de Plantas y Profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia
(**) Biólogo Molecular y Congresista de la República.




