25 de abril de 2026

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Por: Luis De Stefano Beltrán, PhD (*) y Ernesto Bustamante, PhD (**) / Auge, exceso y declive de lo Woke

Luis De Stefano Beltrán, PhD (*) y Ernesto Bustamante, PhD (**)

El periódico The Houston Informer documentó por primera vez el término «woke» en 1924, cuando su editor C.F. Richardson aconsejó a los lectores negros que permanecieran alerta frente a los peligros de una sociedad racista. En 1938, el músico de blues Huddie Ledbetter, conocido como Lead Belly, empleó la expresión “stay woke” durante la grabación de su canción “Scottsboro Boys”, donde advertía: “I advise everybody… best stay woke, keep eyes open”, en referencia a las amenazas para los afroamericanos en Alabama. Esta grabación es la fuente sonora más citada respecto al uso contemporáneo del término como señal de alerta racial.

Por muchos años, la frase “stay woke” o simplemente “woke” fue empleada en comunidades negras conscientes de la brutalidad policial y del racismo. En la década de 2010, el término cobró un nuevo significado tras eventos como la muerte de Trayvon Martin en 2012 y especialmente el asesinato de George Floyd en 2020. Movimientos como Black Lives Matter, #MeToo y activistas contra el cambio climático llevaron el concepto al ámbito global. Hollywood, grandes empresas, universidades y una porción significativa del Partido Demócrata de EE. UU. lo hicieron propio. Lo que nació como una denuncia legítima frente a injusticias acabó convirtiéndose en un paradigma cultural y político que llegó a dominar la escena pública. Sin embargo, en 2026 este modelo muestra claros signos de estar perdiendo fuerza.

Este fenómeno cultural no surgió de la nada. Sus raíces intelectuales son profundas. El wokismo se nutre directamente de los postmodernistas franceses como Foucault, Derrida, Lyotard, Althusser, entre otros, la ‘gran máquina de sinsentido parisina’ como los llamó el gran Roger Scruton en su libro “Locos, impostores y agitadores” (2015). Los postmodernistas cuestionaban la objetividad de la verdad y consideraban al conocimiento y la razón como meros instrumentos de poder. También se nutre del marxismo cultural de Antonio Gramsci (con su concepto de hegemonía cultural) y de la Escuela de Frankfurt (Max Horkheimer, Theodor Adorno y Herbert Marcuse), que desplazaron la lucha de clases tradicional hacia batallas ideológicas y culturales. De estas fuentes brotaron luego la Teoría Crítica de la Raza (CRT), impulsada por Derrick Bell y popularizada por Kimberlé Crenshaw con el concepto clave de interseccionalidad, así como el feminismo de la tercera ola, representado por Judith Butler y su teoría del género.

El auge del wokismo fue vertiginoso. Entre 2014 y 2022, el wokismo no era solo sensibilidad. también era doctrina. La interseccionalidad convirtió la opresión en una jerarquía de victimización (las “olimpiadas de la opresión”, como las ha llamado la española Marina de la Torre. Así, el lenguaje se convirtió en un campo de batalla: el uso de muchas palabras ‘problemáticas’ fue prohibido; cualquier disidencia era castigada mediante la ‘cancelación’. Las empresas instrumentaron programas DEI (diversidad, equidad e inclusión) como medalla moral y de marketing. Las universidades reformaron sus currículos bajo la lógica posmoderna de que la verdad es poder y la razón, un constructo opresor. En España e Hispanoamérica, el fenómeno se replicó con matices locales: ‘ideología o enfoque de género’ en Colombia y Perú, polarización entre ‘chairos’ y ‘fifís’ en México, y debates sobre lenguaje inclusivo y cuotas de género en España. Pero como siempre todo exceso genera rechazo. El pico del wokismo coincidió con una creciente fatiga social. Encuestas serias, como las analizadas por The Economist en 2024, ya mostraban que las opiniones y prácticas woke estaban en declive en Estados Unidos. La elección de Donald Trump en noviembre de 2024 fue leída por muchos como un plebiscito contra el exceso cultural: los votantes de la clase trabajadora, hartos de sermones morales desde Silicon Valley y las élites universitarias, optaron por el candidato que prometía meritocracia y sentido común. Apenas asumió, Trump firmó órdenes ejecutivas que eliminaron los programas DEI en el gobierno federal, calificándolos de “discriminatorios e inmorales”.

Las empresas no esperaron mucho para secundar. Entre 2024 y 2025, muchos gigantes corporativos como Walmart, Meta, Amazon, Target, McDonald’s, Ford, Lowe’s, Accenture y otros, desmantelaron sus programas de diversidad e inclusión, eliminaron sus cuotas por raza o género, y cancelaron sus cursos de capacitación obligatoria en ‘antirracismo’. Curiosamente, no lo hicieron por una repentina convicción ideológica, sino por un mero cálculo pragmático: abruptas caídas en sus ventas, boicots de consumidores y la amenaza real de demandas por discriminación inversa.

En Hollywood, el movimiento  #MeToo perdió autoridad moral ante varios casos polarizantes y una audiencia cada vez más cansada de lecciones morales. En el Reino Unido y partes del continente, el ‘anti-woke’ se convirtió en un arma electoral. En España, el debate cultural -alimentado por voces como la de Marina de la Torre en su libro “Autodestrucción Woke”- ha puesto el foco en las raíces posmodernas del fenómeno: una “religión sin redención” que reemplaza la trascendencia por una perpetua deconstrucción y un victimismo que, paradójicamente, despoja de agencia propia a quienes dice proteger. ¿Estamos ante el fin del wokismo? Todavía no. Como si fuera un virus, el wokismo ha penetrado profundamente en universidades, ONG, medios y está hasta en el lenguaje cotidiano. Sus ideas más radicales -sobre género, raza y poder- seguirán latentes en facultades de humanidades y en ciertos círculos activistas. Sin embargo, su hegemonía cultural sí parece haber terminado.

Lo que colapsó no fue la preocupación por la justicia, sino el dogma que la convirtió en inquisición: la idea de que el disidente es moralmente inferior y de que la víctima nunca debe ser cuestionada. Su declive no es una victoria de las derechas, sino un necesario correctivo. Las sociedades occidentales necesitan recuperar el debate racional, el valor del mérito, la universalidad de los derechos y la capacidad de disentir sin miedo. Las desigualdades reales no han desaparecido y buscan respuestas basadas en datos y empatía, no en liturgias emocionales. Como señalaban algunos analistas hace ya meses, el wokismo fue un “berrinche adolescente de Occidente”. El berrinche parece estar pasando. Ahora viene lo más difícil: reconstruir un espacio público donde se pueda debatir cómo mejorar sin destruir lo que funciona. El fin de la era woke no es el fin de la conciencia social. Es, quizá, el comienzo de una conciencia más madura.

(*) Biólogo Molecular de Plantas y Profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia

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