22 de marzo de 2026

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Por: Luis De Stefano Beltrán, PhD (*) y Ernesto Bustamante, PhD (**) / Biología y género

Luis De Stefano Beltrán, PhD (*) y Ernesto Bustamante, PhD (**)

Los niños empujan camiones y construyen torres, mientras las niñas mecen muñecas y charlan animadamente. Esta es una escena típica de un jardín preescolar. ¿Es esto solo el resultado de maestras y padres que imponen estereotipos? ¿O hay algo más profundo, algo que ya está ‘cableado’ antes de que el niño o la niña conozca siquiera una Barbie o un camión Tonka?

De acuerdo con décadas de evidencia científica, existen elementos sustanciales que respaldan el análisis de los roles de género. Estos no pueden considerarse únicamente como construcciones sociales o imposiciones arbitrarias del ‘patriarcado’. Factores biológicos como los cromosomas X e Y, la exposición a hormonas prenatales y las presiones evolutivas producen diferencias promedio entre hombres y mujeres en cuanto a intereses, habilidades y temperamento, influyendo en los patrones generales conocidos como roles de género. Sin embargo, la biología no actúa de manera determinista: las distribuciones normales se superponen en gran medida, existe una amplia variabilidad individual y la cultura tiene la capacidad de amplificar o atenuar dichas diferencias. Comprender estos aspectos puede contribuir al diseño de sociedades más equitativas, en lugar de generar conflictos persistentes con la naturaleza humana.

El cuerpo y las hormonas desempeñan un papel fundamental en la configuración de características más allá de la musculatura. Los hombres, por lo general, presentan mayor estatura, fuerza y niveles elevados de testosterona desde etapas prenatales. Esta hormona no solo contribuye al desarrollo físico, sino también a la organización cerebral. Por ejemplo, las niñas expuestas a niveles más altos de testosterona prenatal, como ocurre en la hiperplasia suprarrenal congénita, tienden a manifestar comportamientos asociados tradicionalmente a los niños, mostrando preferencia por ciertos objetos y actividades. Incluso variaciones hormonales maternas normales durante el embarazo se correlacionan con diferencias posteriores en los patrones de juego. La influencia hormonal sobre el cerebro puede orientar intereses específicos antes de cualquier intervención cultural. Resulta relevante destacar que estas preferencias emergen en etapas tempranas, previo a la influencia del entorno social.

Los clásicos estudios con seguimiento visual en bebés de apenas 3 a 8 meses — antes de que los bebés tengan conciencia de género o hayan recibido alguna influencia cultural— demuestran que las niñas miran más tiempo las muñecas y los niños los objetos mecánicos. Lo más impactante es que los mismos patrones de seguimiento visual también aparecen en monos vervet y rhesus. Es obvio que los monos no ven el canal Disney ni usan frazadas de color rosado. Si la preferencia visual existe en bebés humanos y en primates, ello significaría que la biología está haciendo gran parte del trabajo pesado desde el principio.

¿Cuál es el origen de estas diferencias? Desde la perspectiva evolutiva, la respuesta resulta clara y convincente: las mujeres dedican considerablemente más recursos a cada descendiente, debido al embarazo y la lactancia, mientras que los hombres, en principio, pueden engendrar un mayor número de hijos. Por cientos de miles de años, esta ‘asimetría en la inversión parental’ impulsó, mediante la selección sexual, el desarrollo de comportamientos y psicologías promedio distintos. Así, las mujeres en general, tendieron hacia un instinto de crianza más acusado, preferencia por relaciones estables y una orientación empática hacia los demás. Por su parte, los hombres evolucionaron hacia una mayor competitividad, disposición al riesgo y orientación hacia objetos y sistemas (como herramientas de caza, habilidades espaciales y búsqueda de estatus entre sus iguales). Estas diferencias coincidieron con la antigua división de tareas, caza masculina y recolección y crianza femenina, lo cual no era producto del azar. Incluso hoy, esas huellas persisten.

En los países nórdicos, los más igualitarios del planeta, las mujeres, en promedio, siguen eligiendo mayoritariamente enfermería y educación inicial, mientras los hombres dominan las ingenierías. Es la paradoja de la igualdad de género o paradoja nórdica: cuanto más libres son las personas para elegir, más visibles se vuelven las inclinaciones biológicas. El cerebro, la personalidad y los intereses también revelan estas diferencias promedio. En la anatomía y fisiología del cerebro existen variaciones en la estructura y conectividad, especialmente en las áreas vinculadas a la rotación espacial, la fluidez verbal y la empatía. En la personalidad, las mujeres puntúan más alto en amabilidad y neuroticismo; los hombres en asertividad. Los intereses vocacionales siguen el mismo patrón: en promedio, los hombres gravitan hacia campos mecánicos y STEM; las mujeres hacia campos de personas y cuidado.

Es importante resaltar que todo esto son curvas de campana superpuestas unas sobre otras, como por ejemplo la estatura. Así, es fácil comprobar que hay muchas mujeres más altas que muchos hombres y muchos hombres más cariñosos que muchas mujeres. Pero en promedio, los hombres son más altos que las mujeres. Las diferencias entre los promedios explican los patrones de grupo pero no encierran a nadie en camisas de fuerza. La ideología que afirma que los seres humanos nacemos como lienzos en blanco y que niega estos promedios solo genera frustración y polarización cuando los resultados no llegan a la paridad 50/50 en todas las profesiones. Si los roles de género fueran totalmente un invento cultural, se esperaría una variación enorme entre las diferentes sociedades y culturas. En cambio, los núcleos centrales —mujeres como cuidadoras principales, hombres más arriesgados y proveedores— aparecen casi en todas las culturas estudiadas. Así, la cultura parece pintar los detalles y puede hacer que la sociedad sea más o menos igualitaria, pero el hilo de la base biológica es sorprendentemente constante. Desde tribus amazónicas hasta oficinas escandinavas, reaparecen los mismos hilos estadísticos.

Reconocer la importancia de la biología nos permite ser más honestos y compasivos: 1) La igualdad debe ser de oportunidades, no de resultados. Obligar o forzar un 50/50 en todos los campos profesionales ignora las preferencias decididas en libertad y genera frustración y resentimiento. 2) Las políticas de licencia parental funcionan mejor cuando aceptan que la biología hace que muchas madres se sientan especialmente motivadas por el vínculo inicial (oxitocina, etc.). 3) En lugar de acusarnos mutuamente de opresión, podemos celebrar la complementariedad: juntos, hombres y mujeres cubrimos más terreno que por separado. Trescientos mil años de evolución y supervivencia lo prueban. 4) La tecnología y la creación de riqueza han resuelto muchas necesidades antiguas (esto es, ya no necesitamos fuerza bruta para casi ningún trabajo), pero las inclinaciones psicológicas promedio siguen ahí… exactamente lo que esperaríamos si la evolución nos seleccionó para entornos ancestrales.

En resumen, la naturaleza humana no es una cárcel; es un mapa de partida. Cuanto más honestamente leamos ese mapa —incluyendo la biología—, seremos más libres para construir sociedades que funcionen con nuestra especie y no contra ella.

(*) Biólogo Molecular de Plantas y Profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia

(**) Biólogo Molecular y Congresista de la República

 

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