En 2025, el debate mundial acerca del cambio climático experimentó un giro decisivo. Durante muchos años, este tema estuvo envuelto en discursos impulsados por ideologías que evocaban imágenes de inundaciones catastróficas, colapsos sociales e incluso extinciones a gran escala de especies vegetales y animales. Sin embargo, esa perspectiva está dando paso a una visión más equilibrada, en la que el foco ya no reside únicamente en cuestionar el llamado consenso científico, sino en armonizarlo con datos concretos, una mirada realista y enfoques pragmáticos.
Bill Gates, quien ha destinado miles de millones de dólares a combatir el cambio climático, declaró recientemente que, aunque este fenómeno tendrá graves repercusiones -especialmente en los países más vulnerables- no significará el fin de la humanidad. Según Gates: «La gente podrá vivir y prosperar en la mayoría de los lugares del mundo en el futuro previsible», desmontando así, de manera sutil, la idea de una catástrofe inminente. Esta postura parece formar parte de una tendencia creciente entre científicos, responsables políticos y analistas que, respaldados por datos actuales, rechazan el alarmismo y promueven soluciones pragmáticas y realistas.
Steven Koonin, coautor de un informe del Departamento de Energía de EEUU, que desafía la alarma de la administración Biden, argumenta que los graves incendios en Los Ángeles, atribuidos por muchos al calentamiento global, se debieron principalmente a pésimas políticas de gestión de la vegetación en el bosque circundante y a una urbanización inadecuada, no a un «clima roto». Koonin también cita datos del IPCC que muestran la ausencia de tendencias a largo plazo en la mayoría de los eventos extremos, como huracanes o inundaciones. «El clima está cambiando, pero no está roto», insiste, criticando la manera como los medios, las ONG y los políticos exageran para justificar regulaciones costosas.
Koonin señala que, si bien el CO2 contribuye al calentamiento global, sus efectos no son tan graves como a menudo se afirma. También menciona beneficios poco discutidos, como el crecimiento acelerado de las plantas favorecido por el CO2, y critica la tendencia a ideologizar el debate. Afirma que el 95% de su análisis se basa en datos del IPCC de la ONU y subraya que los autores de estos informes no niegan la existencia del cambio climático, sino que buscan presentar los hechos de manera equilibrada para lograr un debate más sincero.
Ted Nordhaus, del Breakthrough Institute, admite que sus predicciones apocalípticas pasadas -como colapsos amazónicos o guerras mundiales por recursos naturales- se basaban en modelos defectuosos que asumían un alto crecimiento poblacional y un lento avance tecnológico. Hoy, con las emisiones estabilizándose y la mortalidad por extremos climáticos en mínimos históricos (un 96% menos per cápita en un siglo), ve el riesgo como manejable. Critica también cómo el activismo climático ha trasladado la catástrofe del futuro al presente, ignorando que el desarrollo y el progreso humano mitigarán los impactos del cambio climático.
Se han producido algunas retractaciones en estudios influyentes, como uno publicado en la revista Nature que sobreestimó las pérdidas económicas globales atribuibles al calentamiento debido a errores en los datos (de 23% a 62%). Varias publicaciones han señalado predicciones no cumplidas, como la prevista desaparición de la Gran Barrera de Coral, la cual actualmente presenta su mayor cobertura en 36 años, o el supuesto hundimiento de las islas del Pacífico, cuyas áreas parecen estar creciendo, generando debates respecto a políticas públicas de alto costo. En Europa, la transición hacia energías limpias ha resultado en el cierre de fábricas, el aumento de subsidios y un impacto limitado en la reducción de emisiones.
Diversos elementos, como la estabilización de las emisiones, el crecimiento de la energía nuclear y el aumento de la demanda de inteligencia artificial para centros de datos, respaldan la idea de que el cambio climático existe, pero no es catastrófico. Koonin señala, citando a Thomas Kuhn, que los paradigmas científicos pueden desplomarse cuando se acumulan suficientes pruebas en su contra. La mayoría de las publicaciones coinciden en que el cambio climático requiere una respuesta, pero esta debe estar fundamentada en datos objetivos y no en alarmismo. Apostar por la innovación tecnológica —como reactores nucleares pequeños, gas natural y energías renovables más eficientes— en lugar de regulaciones excesivas, puede evitar situaciones de pobreza y desorden, como ocurrió en Alemania tras la era Merkel.
En el Perú, la llegada de un enfoque realista sobre el cambio climático ocurre en un momento clave, aunque con cierto retraso. La diversidad ecológica del país y su vulnerabilidad a fenómenos como El Niño lo han dejado expuesto a discursos alarmistas que dificultan la toma de decisiones fundamentadas. En ocasiones, el Ministerio del Ambiente (MINAM) ha priorizado agendas ideológicas -como restricciones estrictas a la minería y la agricultura, sin haber suficiente evidencia- lo cual ha agravado la pobreza en zonas como la Amazonía y los Andes. Es fundamental que el MINAM adopte una postura más realista: invertir en tecnologías para gestionar sequías e inundaciones, fomentar fuentes energéticas asequibles como la nuclear y el gas natural, y lograr un equilibrio entre conservación ambiental y desarrollo económico. No hacerlo solo prolongará la llamada «histeria climática» que figuras como Bill Gates han comenzado a cuestionar. El 2026 representa una oportunidad para que el Perú asuma el liderazgo regional con un modelo pragmático, viendo el cambio climático como un reto a enfrentar y no como un obstáculo paralizante.
Nota: Esta columna regresará el 10 de enero del 2026.
(*) Biólogo Molecular de Plantas y Profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia
(**) Biólogo Molecular y Congresista de la República




