Cada vez que surge una crisis política o social en el Perú -o en Hispanoamérica, como ocurre hoy en Bolivia o como ocurrió en Chile en 2019- reaparece la misma idea: “La protesta pacífica no sirve; el poder solo reacciona cuando hay muertos y la situación se vuelve violenta”. Pero esa creencia es falsa. El aparente efecto de las manifestaciones violentas no nace de las piedras ni de las barricadas, sino de que la represión deja en evidencia la ilegitimidad del gobernante ante la ciudadanía y ante el mundo. Eso fue precisamente lo que Gandhi y Martin Luther King Jr. comprendieron en el siglo XX. King decía que la grandeza de los Estados Unidos se basa en el derecho a protestar por los derechos; pero su protesta nunca fue violenta.
Aquí aparece una verdad incómoda que pocos se atreven a decir en el Perú: la ciencia evolutiva y la psicología moderna muestran que la protesta no violenta y disciplinada no es debilidad, sino una estrategia superior para transformar sistemas de poder injustos. Durante miles de años, nuestros antepasados sobrevivieron no solo por la fuerza, sino por usar habilidades más complejas: formar coaliciones, emitir juicios morales y atraer aliados externos en medio del conflicto. Somos los únicos primates que resolvemos disputas incorporando de manera sistemática a terceros, como la opinión pública, los indecisos y quienes observan desde sus casas o desde las redes.
El psicólogo evolutivo Jesse Marczyk lo resume con claridad al decir que cuando un manifestante responde con violencia, le da al poder la excusa perfecta para reprimirlo: “Son vándalos”. En cambio, cuando resiste golpes, balas o difamaciones sin devolver la agresión, quien queda expuesto moralmente es el represor. Ahí opera lo que Richard Gregg, en “The Psychology and Strategy of Gandhi’s Non-Violent Resistance” (1929), llamó “jiu-jitsu moral”: la no violencia descoloca al agresor y despierta empatía y vergüenza, lo que ayuda a sumar aliados inesperados. Gandhi y Martin Luther King entendieron muy bien este mecanismo: el sufrimiento visible sin represalias activa la empatía y el sentido de justicia. En otros primates esto casi no ocurre, porque no cuentan con una psicología moral y coalicional tan desarrollada como la humana.
Esto no es romanticismo hippie sesentero, sino psicología evolutiva aplicada. En “Gandhi and the Psychology of Nonviolence” (2020), V.K. Kool y Rita Agrawal explican que el ‘satyagraha’ (la fuerza de la verdad) de Gandhi, se basa en mecanismos cerebrales profundos: circuitos de empatía heredados de nuestros antepasados mamíferos y el autocontrol prefrontal que hizo posibles las sociedades complejas. Aceptar voluntariamente el sufrimiento sin responder a la agresión funciona evolutivamente como una señal costosa (‘costly signaling’): una prueba de compromiso moral genuino casi imposible de fingir.
La evidencia empírica refuerza esta idea. En “Why Civil Resistance Works” (2011), Chenoweth y Stephan analizaron campañas ocurridas entre 1900 y 2006 y concluyeron que las no violentas fueron más del doble de eficaces que las violentas (53% frente a 26%). Además, cuando tienen éxito, suelen dar lugar a democracias más estables y duraderas. La violencia polariza; la no violencia, en cambio, favorece coaliciones más amplias y sostenibles.
En el Perú y en gran parte de Hispanoamérica seguimos optando por lo contrario: bloqueos de carreteras que perjudican a los más pobres, pedradas, bombas molotov, quema de buses y destrucción de propiedad pública y privada. Luego nos sorprende que el ‘terruqueo’ surta efecto, que la clase media se atemorice y que el apoyo internacional desaparezca. Así, la represión se vuelve más fácil de justificar y los muertos terminan acumulándose en ambos bandos, mientras el cambio real se posterga o nunca llega.
Los episodios que resultaron en la renuncia del presidente interino Merino en el Perú de 2020 tuvieron éxito pese a los actos de violencia, no gracias a ellos. No obstante, fueron exitosos en lograr la renuncia, pero fracasaron en lograr estabilidad política. Basta pensar qué habría logrado esa misma energía si se hubiera canalizado con la disciplina que exigía Martin Luther King: preparación, resistencia a la provocación, comunicación estratégica y disposición al sufrimiento redentor. Un sobrino de King recordó hace poco que su tío no actuaba con arrebatos de ira, sino que había convertido la no violencia en un ‘craft’ de autocontrol, amor al adversario y claridad estratégica. La no violencia no es pasividad: exige transformar el propio dolor en una fuerza moral capaz de deslegitimar al opresor ante quienes, al final, deciden el resultado.
En un país atravesado por la polarización y una larga historia de violencia política, optar por la no violencia disciplinada no es ingenuo: es la manera más inteligente -y también la más adaptativa- de romper ese ciclo. Además, es la única capaz de volver a unir a peruanos que hoy se observan con desconfianza desde trincheras ideológicas opuestas. La próxima vez que alguien diga que “la protesta pacífica no se respeta”, conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿se respeta más la que deja muertos y divide al país, o la que obliga al poder a ceder por vergüenza moral? La respuesta, aunque incómoda, está tanto en la psicología evolutiva como en la historia de quienes cambiaron el mundo sin destruirlo.
(*) Biólogo Molecular de Plantas y Profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia
(**) Biólogo Molecular y Congresista de la República



