En las elecciones más recientes para alcalde de la ciudad de Nueva York, Zohran Mamdani, candidato demócrata identificado por sus ideas socialistas y su defensa de Hamas ante Israel, ganó con el 50,78% de los votos. Las encuestas de boca de urna mostraron una tendencia demográfica llamativa: el apoyo de los votantes jóvenes, en especial de mujeres, fue clave para el triunfo de Mamdani. Tres de cada cuatro electores menores de 30 años respaldaron al candidato, y la participación juvenil alcanzó un 28% del total de votantes habilitados, una cifra considerablemente mayor que en comicios municipales anteriores.
Sin embargo, el desglose por género revela que el 82% de las mujeres jóvenes de entre 18 y 29 años apoyaron a Mamdani, en contraste con el 65% de los hombres del mismo rango de edad; una diferencia estadísticamente significativa. Asimismo, cuatro de cada diez personas menores de 30 años se autodefinieron como “socialistas democráticos”-un verdadero oxímoron conceptual- cifra que supera el promedio general de la ciudad. Este fenómeno no es exclusivo de Nueva York, sino que obedece a una tendencia nacional: las mujeres jóvenes muestran una inclinación marcada hacia posiciones progresistas, llegando en ocasiones a ser calificadas de extremas, mientras que los hombres jóvenes tienden a mantenerse o desplazarse hacia posturas más conservadoras. La brecha de género en las preferencias políticas dentro de la Generación Z continúa ampliándose rápidamente. De acuerdo con encuestas recientes, entre los estadounidenses de 18 a 29 años, las mujeres tienen 30 puntos porcentuales más de probabilidad que los hombres de identificarse con la izquierda política.
Esta brecha de género no solo es un fenómeno de EE.UU. sino que se extiende por varios continentes. Así, en Alemania, la brecha es también de 30 puntos, en Reino Unido 25 y en Corea del Sur cerca a 50, el más alto del mundo desarrollado. Corea, un país conocido por su influencia cultural global gracias al auge del K-pop y los K-dramas, está ahora también marcando un duro precedente en cuanto a división y polarización social.
Un sondeo de Harvard Youth Poll advierte que esta fractura podría «amenazar la estabilidad futura de la democracia estadounidense» si las mujeres de la Gen Z continúan priorizando temas como la igualdad de género y justicia social, mientras los hombres se concentren en marcadores más tradicionales de éxito como la familia y las finanzas personales. Como dice Claire Lehmann, la sobrerrepresentación de mujeres jóvenes en movimientos progresistas -desde protestas por Gaza hasta acciones climáticas- señala una vulnerabilidad particular al extremismo. La radicalización -definida por Lehmann como un compromiso rígido hacia una causa ideológica que distorsiona la visión del mundo, daña la salud mental, socava relaciones o interrumpe el funcionamiento- no es exclusiva de los hombres. Sin embargo, la sociedad tiende a ignorarla en las mujeres, romanticizándola o minimizándola.
Las instituciones tradicionales como los medios y la academia no solo pasan por alto este extremismo femenino, sino que lo fomentan. Así, por ejemplo, Greta Thunberg, desde sus 15 años, ha recibido premios como Persona del Año de la revista Time en 2019 y varias nominaciones al Nobel, expandiendo su activismo climático a causas anti Israel con demandas de pureza ideológica. También es muy preocupante que este fenómeno social permanece en gran medida sin estudiar. Muchos académicos investigan cómo y por qué los hombres jóvenes se radicalizan, pero generalmente muestran poco interés en abordar procesos similares en las mujeres, con la excepción de la radicalización femenina en el contexto del extremismo islámico.
Diversas investigaciones en psicología moral y conducta social han aportado perspectivas relevantes respecto a este fenómeno. La Teoría de los Fundamentos Morales, propuesta por Jonathan Haidt, sostiene que el razonamiento moral humano se apoya en cinco principios básicos: lealtad, autoridad, cuidado, justicia y pureza. Un estudio realizado en 2020, que empleó este marco en 67 países, halló que las mujeres obtienen puntajes sistemáticamente superiores a los hombres en los tres últimos fundamentos, lo cual sugiere una mayor sensibilidad ante narrativas relacionadas con traumas e injusticias. Además, factores sociales como la menor resiliencia observada en grupos de amistad femeninos y la preocupación por la exclusión social pueden favorecer dinámicas denominadas «cascadas de disponibilidad», donde el consenso grupal prevalece por presión social más que por convicción genuina. Este proceso ha sido identificado como una forma emergente de radicalización motivada por la influencia emocional de los pares, presente en contextos percibidos como seguros pero que paralelamente promueven conformidad social vulnerable.
En Hispanoamérica se observan patrones similares, condicionados por contextos locales de desigualdad y corrupción. En Chile, a raíz de las protestas ocurridas entre 2019 y 2020, el activismo juvenil ha adoptado manifestaciones culturales y sostenibles, destacando la participación de mujeres jóvenes en movilizaciones feministas interseccionales. En marzo de 2025, una extensa red de protestas en más de 40 ciudades abordó temáticas relacionadas con las luchas anti patriarcado, articulando respuestas frente a la violencia de género y la desigualdad económica. Por su parte, en Perú, las protestas organizadas por la generación Z en 2025, tales como las movilizaciones en Lima contra la corrupción y la exclusión política, también incluyeron la activa participación de mujeres jóvenes.
Las tendencias observadas en Hispanoamérica reflejan un patrón global: las mujeres jóvenes de la Generación Z muestran una inclinación acelerada hacia posturas progresistas en ámbitos vinculados a la igualdad de género y la crisis ambiental. Reconocer la existencia de esta radicalización femenina resulta esencial para proteger a las jóvenes de discursos que puedan aprovecharse de su sensibilidad moral. La tendencia a involucrarse emocionalmente con narrativas de trauma e injusticia, junto con dinámicas grupales que favorecen la conformidad social, pueden hacerlas más susceptibles a formas de extremismo. Por ello, es fundamental que las instituciones y la sociedad civil no minimicen ni romanticen este proceso, sino que lo comprendan en toda su complejidad.
(*) Biólogo Molecular de Plantas y Profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia
(**) Biólogo Molecular y Congresista de la República



