El pasado 13 de marzo falleció Paul Ehrlich a los 93 años. Este reconocido biólogo de Stanford y autor de “The Population Bomb” (1968) anticipó que durante la década de 1970 morirían de hambre cientos de millones de personas y que para 1985 la población mundial se reduciría a solo 1,500 millones. Sin embargo, tales predicciones no se materializaron. Por el contrario, para abril de 2026 la población mundial se aproxima a los 8.3 mil millones de habitantes, la esperanza de vida global alcanza un promedio de 73.8 años (17.5 más que en 1968) y las muertes por hambruna han disminuido en más de un 96% desde la década de 1960.
Ehrlich no fue solo “prematuro’, como el obituario piadoso del New York Times lo ensalzó hace unos días. Ehrlich estuvo equivocado desde el comienzo. Sin embargo, su pesimismo malthusiano sigue inspirando políticas ambientales, climáticas y demográficas; la mayoría de ellas equivocadas al día de hoy. Es hora de enterrar sus ideas junto con él.
Ehrlich no fue solo un profesor excéntrico encerrado en sus oficinas de la Universidad de Stanford. Su libro convirtió el miedo al ‘exceso de gente’ y la ‘sobreexplotación de los recursos naturales’ en dogmas ambientales. En 1970 recomendaba condicionar la ayuda alimentaria a la India a propiciar la esterilización forzada de hombres con tres o más hijos. En EEUU llegó a proponer que la televisión mostrara familias numerosas con un ángulo negativo y que el gobierno penalizara la fertilidad con mayores impuestos. Su ecuación IPAT (Impacto = Población × Afluencia × Tecnología) convertía el progreso humano en un enemigo. La solución siempre era menos gente, menos riqueza, menos innovación y mucha coerción innecesaria del Estado.
No obstante, los hechos contradecían tajantemente dichas afirmaciones. Durante la elaboración de su obra, la Revolución Verde liderada por Norman Borlaug ya estaba incrementando las cosechas en Asia e Hispanoamérica, hasta triplicarlas. La tasa de crecimiento poblacional mundial empezaba a reducirse. Entre 1960 y 2026, la producción alimentaria per cápita experimentó un notable aumento en todos los continentes, mientras la superficie agrícola disminuía. Las muertes por hambrunas masivas, que afectaban aproximadamente a 30 millones de personas anualmente en la década de 1960 sobre una población de 3,000 millones, se redujeron significativamente en la década de 2010 con una población mundial de 8,000 millones. La esperanza de vida en Estados Unidos no disminuyó a los 42 años que se vaticinaban, sino que actualmente supera los 79 años. Inglaterra, país sobre el cual él pronosticó su desaparición para el año 2000, sigue existiendo.
En 1980, el economista Julian Simon propuso una apuesta a Paul Ehrlich: escogiera cinco metales, y Simon apostó a que su precio disminuiría en diez años debido al avance humano. Ehrlich seleccionó cromo, cobre, níquel, estaño y tungsteno para la que sería una de las apuestas más reconocidas (la apuesta Simon-Ehrlich). Diez años después, Ehrlich entregó a Simon un cheque por $576.07, dado que todos los metales habían reducido su precio en promedio un 36%. Simon demostró lo que Ehrlich nunca entendió: los seres humanos no somos solo bocas que comer; somos cerebros que resuelven problemas. Cada nuevo habitante trae consigo dos manos y una mente capaz de innovar. Su legado más tóxico no fue la predicción fallida, sino el tono: que la gente es el problema, que el crecimiento económico es un crimen y que la coerción es necesaria. Ese tono impregnó el ambientalismo durante décadas y aún resuena en discursos de ‘decrecimiento’ y en políticas que priorizan límites y prohibiciones sobre soluciones tecnológicas.
Las propuestas de Ehrlich continúan ejerciendo una influencia significativa en Hispanoamérica, especialmente en el Perú. El enfoque ambientalista actual se refleja en políticas y movimientos que se oponen a la actividad minera, obstaculizando el desarrollo extractivo responsable. En lugar de promover la innovación para mitigar los impactos ambientales, prevalece la oposición a la minería formal bajo la premisa de que es intrínsecamente perjudicial, repitiendo así el error del modelo IPAT: atribuir los problemas al crecimiento en vez de buscar métodos para optimizar dicho crecimiento.
En el Perú, la minería representa alrededor del 9-10 % del PBI, genera más del 60 % de las exportaciones y es el principal motor del canon y empleo formal en regiones andinas. El portafolio de inversión en nuevos proyectos mineros supera los USD 63,000 millones y el sector sigue siendo clave para la transición energética global: el cobre peruano es esencial para vehículos eléctricos y energías renovables. Sin embargo, la oposición ambiental radical genera conflictos socioambientales que paralizan proyectos y frenan la inversión. En Arequipa, el proyecto Tía María, recientemente cancelado, ha enfrentado años de bloqueos pese a evaluaciones ambientales rigurosas, con consultas a poblaciones aledañas y protestas que reflejan un rechazo visceral a la extracción; incluso cuando esta podría generar miles de empleos formales y dinamizar economías locales. El patrón se repite en Ecuador, Bolivia y regiones de Chile y Colombia: movimientos anti extractivistas denuncian la minería como saqueo y maldición de los recursos. Se opta por el “no a la mina” como dogma, lo que retrasa la diversificación productiva y mantiene a millones en la pobreza. La ironía es brutal: el mundo desarrollado exige minerales críticos para su ‘transición verde’, pero el ambientalismo hispanoamericano bloquea su propia fuente de riqueza.
La bomba poblacional se disipó por sí sola. La fertilidad en Perú es de 1.9 hijos por mujer y el promedio hispanoamericano es 1.8; países como Chile (1.1) y Uruguay (1.4) ya afrontan envejecimiento sin políticas coercitivas. Esta reducción se debe a educación, urbanización, acceso voluntario a planificación familiar y mayor confianza en la supervivencia infantil. Para abril de 2026, Perú no requiere alarmismo malthusiano disfrazado de ecologismo; los problemas como desigualdad o vulnerabilidad climática se enfrentan con más oportunidades, no menos actividad económica. Una minería regulada y responsable puede seguir impulsando empleo y desarrollo sin dañar el ambiente; bloquearla perpetúa el subdesarrollo. Ehrlich vio cómo el mundo prosperó pese a sus temores. Honrar el futuro implica confiar en la innovación y en el potencial humano: más cerebros educados -y libres- siempre han sido la solución, no el problema.
(*) Biólogo Molecular de Plantas y Profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia
(**) Biólogo Molecular y Congresista de la República




