La libertad de expresión es un principio fundamental de las democracias modernas; y es un punto de debate álgido si incluye la libertad de ofender. Quienes opinan a favor se basan en la premisa de que, en una verdadera democracia, la liberal, el intercambio de ideas solo es efectivo si no está limitado por la sensibilidad individual o de grupo. Si la libertad de expresión se limitara solo a lo que es agradable o inofensivo, no necesitaría protección legal alguna. Para que sea genuina deberá proteger también aquellas ideas que hieran sensibilidades, desafien el statu quo o sean impopulares.
Pocos recuerdan que fue Suecia el primer país en instituir la libertad de expresión en 1766 vía una ordenanza sobre la libertad de prensa. Esta abolió toda censura previa en las publicaciones impresas excepto en temas teológicos y académicos exitosos. Posteriormente, Francia siguió el mismo camino con su Declaración de los derechos del hombre de 1789 y dos años más tarde los EE.UU. con la primera enmienda de su Constitución. Curiosamente, la declaración francesa establece que la libertad de expresión es un derecho del ciudadano sujeto a las leyes que el Estado creará, mientras que la primera enmienda estadounidense asume que ese derecho antecede al Estado y prohíbe explícitamente que el Estado interfiera con este derecho. En ese sentido, el modelo estadounidense es mucho más sólido pues protege incluso el discurso que se considera ilógico, ofensivo o impopular, bajo la premisa de que es el público (el «mercado de ideas») y no el gobierno que debe decidir qué es verdad y qué una equivocación.
Por ejemplo, la Corte Suprema de los EE.UU. ha avalado actos como la quema de la bandera estadounidense o protestas en funerales con mensajes homofóbicos, considerándolos expresiones protegidas; aunque es claro que para muchos son profundamente ofensivas. En algunas universidades públicas estadounidenses, como la Universidad de Alabama o la Universidad Estatal de Iowa, se protege el discurso de odio no violento, argumentando que censurarlo erosionaría la libertad para todos. De manera similar, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha reiterado que la libertad de expresión incluye el derecho a «ofender, chocar o perturbar».
Históricamente, especialmente entre 1960 y 1990, la defensa de la libertad de expresión -incluyendo lo ofensivo- era más asociada con la izquierda, que la usaba para desafiar normas conservadoras en temas como la oposición a la guerra de Vietnam, los derechos civiles o la liberación sexual. La derecha, por su parte, era la que impulsaba restricciones a la libertad de expresión basándose en su interés por la moralidad pública, el patriotismo o la decencia. Sin embargo, en las últimas dos décadas estos roles se han invertido. Así, la izquierda, especialmente la llamada progresista, ha priorizado su activismo en contra del discurso de odio (hate speech), argumentando que lo ofensivo puede perpetuar discriminación contra grupos vulnerables (mujeres, minorías raciales, grupos LGTBQ+). Esto la ha llevado a apoyar, o establecer ella misma, regulaciones delirantes en las universidades y redes sociales y buscar la aprobación de leyes que oficialicen su narrativa y castiguen a los opositores. Esto ha posicionado a diferentes voces referentes de la derecha mundial a resucitar la vieja idea de que la libertad de expresión sí incluye la libertad de ofender, para usarla como un escudo contra lo que percibe como la dictadura de la censura woke o de la corrección política.
En efecto, algunos filósofos, como John Stuart Mill en su libro Sobre la Libertad (1859), argumentaban que suprimir opiniones, incluso las equivocadas u ofensivas, impide el descubrimiento de la verdad. En términos modernos, esta vieja idea cobra vida nueva en las palabras de Salman Rushdie: “¿Qué es la libertad de expresión? Sin la libertad para ofender, esta deja de existir”. Entre los pensadores y autores que se han distinguido por su cerrada defensa de la libertad de expresión que incluya la libertad de ofender encontramos a Thomas Sowell, Jordan Peterson, Christopher Hitchens, Roger Scruton, Ayaan Hirsi Ali, Melanie Phillips, entre muchos otros; casi todos ubicados en la derecha con la excepción de Noam Chomsky.
Uno de los debates icónicos en defensa de la libertad de expresión ocurrió en 2019 en la Oxford Union, la sociedad de debate de la Universidad de Oxford. La moción al voto fue si las instituciones educativas deberían priorizar la protección de grupos minoritarios sobre la libertad de expresión negando, en la práctica, la plataforma a oradores controvertidos para evitar ofensas. La exdiputada conservadora británica Ann Widdecombe habló en oposición a la moción y afirmó que “nadie tiene derecho a vivir protegido de ofensas, insultos o sentimientos heridos. Es un riesgo ocupacional de vivir en sociedad, y si no lo aguantas, conviértete en un ermitaño… Solo dos tipos de personas se oponen a la libertad de expresión: los copos de nieve (snowflakes) y los totalitarios… la herejía de hoy puede convertirse en el credo de mañana”. Su discurso fue alabado por su elocuencia y su lógica y contribuyó a la derrota abrumadora de la moción por 224 votos a favor de la libertad de expresión contra 49. Aunque ignorado en su momento por los medios, el discurso puede ser apreciado en YouTube.
La próxima vez que alguien nos quiera convencer que la libertad de expresión no incluye la libertad de ofender, recordemos que sin ella el mundo no podría leer tantas obras maestras de la literatura que en su momento fueron prohibidas y hasta satanizadas: Ulises, de James Joyce; Lolita, de Vladimir Nabokov; El amante de Lady Chatterley, de D.H. Lawrence; Los versos satánicos, de Salman Rushdie; Matar a un ruiseñor, de Harper Lee; El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger, entre muchos otros clásicos universales.
(*) Biólogo Molecular de Plantas y Profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia
(**) Biólogo Molecular y Congresista de la República




