18 de abril de 2026

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Por: Luis De Stefano Beltrán, PhD (*) y Ernesto Bustamante, PhD (**) / ¿Por qué ciertos intelectuales odian el capitalismo?

Luis De Stefano Beltrán, PhD (*) y Ernesto Bustamante, PhD (**)

El filósofo Robert Nozick abordó esta cuestión en 1986 con su ensayo “Why intellectuals oppose capitalism?”. Nozick sostiene que la oposición de los intelectuales al capitalismo constituye una anomalía estadística, ya que otros grupos con estatus socioeconómico similar no exhiben una resistencia comparable. Según Nozick, la razón de este fenómeno radica en que el sistema educativo acostumbra a los intelectuales a valorar el mérito mediante habilidades verbales y argumentativas. Sin embargo, al integrarse en el mercado laboral, descubren que las recompensas económicas se otorgan a quienes mejor satisfacen las demandas de los consumidores, independientemente de su erudición académica. El empresario exitoso suele destacar por resolver necesidades cotidianas de la sociedad, lo cual genera entre ciertos intelectuales una percepción de injusticia ante la discrepancia entre conocimientos especializados y resultados económicos.

Friedrich Hayek identificó este mismo fenómeno. Según él, los intelectuales se sienten atraídos por el socialismo porque les ofrece la posibilidad de establecer un sistema racional y planificado dirigido por personas como ellos mismos. Por otro lado, el mercado opera como un orden espontáneo y caótico que parece desorganizado y sin un líder definido; allí, los resultados emergen de una multitud de decisiones independientes bajo lo que se conoce como “la mano invisible”. Para quienes se consideran defensores de la razón al estilo socrático, ese aparente caos es difícil de aceptar.

En 1956, Ludwig von Mises fue aún más explícito. Según él, el rechazo al capitalismo por parte de algunos intelectuales no responde solo a cuestiones teóricas, sino también a sentimientos de envidia, resentimiento y frustración por no alcanzar cierto estatus. Estos intelectuales perciben que el mercado premia habilidades que ellos no poseen y reaccionan afirmando que el afán de lucro es inmoral, calificando al capitalismo de “explotador” y defendiendo que únicamente una economía planificada sería justa. Por otro lado, el economista Jesús Huerta de Soto actualiza este argumento e identifica cuatro causas específicas: ignorancia sobre el funcionamiento real del mercado, soberbia al creer que se posee un intelecto superior al de las personas comunes, resentimiento hacia quienes triunfan fuera del ámbito académico y envidia ante el éxito económico ajeno.

En conjunto, estos autores ofrecen una perspectiva consistente: el anticapitalismo intelectual no surge necesariamente de un análisis económico exhaustivo, sino de una percepción persistente de agravio personal. El capitalismo constituye el primer sistema en la historia que recompensa el servicio voluntario a otros por encima del reconocimiento académico. Y esta realidad, para quienes crecen construyendo la idea de que el cultivo de su capacidad intelectual es la cúspide de la virtud humana, puede resultar desafiante y poco satisfactoria.

En Hispanoamérica este disgusto no es solo más pronunciado sino sobredimensionado por la historia y la geografía. Aquí el rechazo no es meramente cultural o académico, como en muchos campus universitarios estadounidenses o europeos. Está fusionado con la teoría de la dependencia (CEPAL, Prebisch, Cardoso, Frank, Galeano), con el antiimperialismo y con una narrativa victimista. En lugar de atribuir la desigualdad extrema a la presencia de instituciones débiles, corrupción crónica, clientelismo y populismo recurrentes, se la presenta como prueba irrefutable del fracaso del capitalismo. Las universidades públicas (UNAM, UBA, San Marcos) se constituyen a sí mismas como lugares de resistencia heroica. Las facultades de ciencias sociales y humanidades muestran consistentemente sus inclinaciones izquierdistas. El marxismo sigue siendo el marco teórico por defecto.

No obstante, existen casos destacados que frecuentemente desafían este estereotipo. En Chile, la influencia liberal de la Escuela de Chicago marcó las reformas de las décadas de 1970 y 1980, y su legado persiste en centros de pensamiento como Libertad y Desarrollo o en figuras como Axel Kaiser. En Argentina, la aparición de Javier Milei no solo le permitió ganar elecciones, sino que también sacó a la luz a una nueva generación de economistas y comunicadores -muchos vinculados a la Fundación Libertad o formados en la escuela austríaca- que han logrado incidir en el debate público. Por su parte, en Perú, el Instituto de Libertad y Democracia dirigido por Hernando de Soto demostró con evidencia que la pobreza se relaciona principalmente con la informalidad y la falta de derechos de propiedad, más que con el capitalismo propiamente dicho. Además, Huerta de Soto, aunque español, ha formado a cientos de economistas latinoamericanos que actualmente enseñan en universidades o asesoran a gobiernos.

Existe una salida a este paradigma, que implica abordar tanto sus raíces culturales como institucionales. No es cuestión de privatizar todo de inmediato, sino de fomentar la competencia real en la educación superior. Por ejemplo, se podrían distribuir vouchers para que universidades privadas operen sin subsidios estatales y compitan por estudiantes y recursos. Si los jóvenes descubren que el mercado valora la innovación práctica igual que la teoría, disminuirá el resentimiento. Además, organizaciones como Fundación Libertad, Mises Hispano, El Cato y el Instituto Mises han demostrado que es posible formar nuevas generaciones de intelectuales promercado, capaces de hablar el idioma juvenil, aprovechar redes sociales y contrarrestar discursos victimistas con datos y ejemplos concretos (como Singapur, Corea del Sur, Estonia y Chile antes de 2010).

Los pensadores latinoamericanos deberían recordar lo que enseñó Hayek: ningún individuo tiene suficiente conocimiento para organizar una sociedad. El patriotismo genuino consiste en crear instituciones que permitan a millones de personas -no solo a quienes acceden a la universidad- generar riqueza. En una región donde el mérito del mercado predomine sobre el mérito del ejercicio del intelecto, los académicos serán más apreciados, pero ya no como guardianes de un sistema planificado, sino como exploradores independientes de nuevas ideas. Hispanoamérica posee recursos naturales, una población joven y abundante talento; lo único necesario es dejar de rechazar el modelo que permite transformar ese talento en bienestar colectivo. Aunque el capitalismo tenga defectos, sigue siendo el sistema menos imperfecto creado por Homo sapiens. Y los intelectuales, al dejar de verlo como opositor, pueden convertirse en sus mejores promotores.

(*) Biólogo Molecular de Plantas y Profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia.

(**) Biólogo Molecular y Congresista de la República.

 

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