14 de junio de 2026

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Por: Manolo Fernández D. / El fraude que se disfraza de democracia

Manolo Fernández Díaz

Hay una forma de fraude que no necesita falsificar documentos en la oscuridad ni alterar urnas en habitaciones cerradas. Es un fraude más sofisticado, más cínico, y en muchos casos más efectivo; es aquel que se ejecuta a plena luz del día, con la maquinaria del Estado como herramienta, y con la lentitud burocrática como arma. Un fraude que no niega el voto, sino que lo agota, lo demora, lo extravía, hasta que el ciudadano, rendido, simplemente se va a su casa.

La primera señal es siempre la misma; la no instalación de mesas electorales en determinadas zonas. No en todas las zonas, claro está. Siempre en aquellas donde se anticipa que el candidato incómodo —el que no conviene al poder— cosecha mayor respaldo popular. Las excusas son infinitas y perfectamente intercambiables: faltaron materiales, no llegó el personal, hubo un contratiempo logístico. El sistema falla exactamente donde necesita fallar. Esta no es casualidad. Es precisión quirúrgica disfrazada de incompetencia.

El retardo en la apertura de los centros de votación cumple una función matemática y psicológica a la vez. Si una mesa abre cuatro horas tarde en un sector donde los votantes trabajan en jornadas largas, o donde el transporte público es escaso, o donde el sol aprieta sin misericordia, el resultado es predecible; parte del electorado no regresará. La espera desgasta. El hartazgo vota en blanco. Y el sistema que debería garantizar el ejercicio del sufragio se convierte, silenciosamente, en su verdugo.

La distribución caótica del material electoral completa el cuadro. Actas que llegan incompletas, tarjetas electorales que no corresponden al distrito, tinta que se acaba a media mañana, boletas que se imprimen con errores. Cada falla, individualmente, podría pasar por un percance administrativo. El conjunto, sin embargo, dibuja un patrón. Y los patrones no mienten. Cuando los errores se concentran sistemáticamente en las mismas zonas geográficas y en las mismas franjas horarias, la incompetencia deja de ser una explicación válida para convertirse en una coartada.

Pero es en el conteo de votos donde el fraude alcanza su expresión más descarada. El acta se altera, el número se cambia, la suma no cierra. Y cuando alguien lo advierte, aparece la defensa clásica: el error humano, el cansancio del escrutador, la dificultad de la letra. Lo que no aparece nunca es la corrección transparente, la revisión abierta, el recuento público e irrefutable. En cambio, el acta cuestionada viaja hacia instancias superiores que la validan sin pestañear, porque esas instancias también forman parte del mismo engranaje.

La petición de un peritaje independiente debería ser el momento en que la democracia se defiende a sí misma. Sin embargo, es precisamente aquí donde el sistema muestra su rostro más repugnante. La empresa contratada para auditar el proceso resulta ser una firma de origen dudoso, con escasa trayectoria verificable, registrada poco tiempo antes de la elección, sin personal técnico acreditado, sin historial público de trabajos anteriores. Una empresa que existe en el papel con la precisión necesaria para ganar una licitación, pero que en la práctica no tiene la sustancia para garantizar nada. Una empresa fantasma que sirve para dar apariencia de diligencia sin comprometer ningún resultado.

Este es, quizás, el momento más revelador de todo el proceso. Porque una sociedad que realmente quisiera disipar las dudas sobre la limpieza de sus elecciones no contrataría una empresa desconocida para certificar lo incertificable. Convocaría organismos internacionales con credenciales probadas. Abriría los datos. Facilitaría el escrutinio. Nada de eso ocurre cuando el objetivo es precisamente el contrario como no encontrar la verdad, sino enterrarla bajo la apariencia de haberla buscado.

Y sin embargo, hay un actor en esta tragedia que suele escapar al escrutinio público con una facilidad que resulta, en sí misma, escandalosa: el candidato cómplice. Aquel que, compitiendo en el mismo proceso electoral, observa con claridad cada una de estas irregularidades —las mesas ausentes, las horas perdidas, los votos que no cuadran, el peritaje de papel— y opta, deliberada y conscientemente, por mirar hacia otro lado.

Su silencio no es neutral. Su silencio es una firma al pie del fraude.

Este tipo de complicidad tiene motivaciones que no es difícil imaginar.

Lo que hace especialmente grave esta complicidad es que destruye la última línea de defensa interna del sistema. Cuando los propios participantes del proceso legitiman el fraude con su inacción, el ciudadano queda absolutamente desprotegido. No hay denuncia desde adentro, no hay testigo con nombre y apellido dispuesto a señalar, no hay voz autorizada que respalde a quienes sí vieron y sí claman. El fraude queda envuelto en una conspiración de conveniencias que lo hace casi invisible ante la historia oficial.

Lo más grave de este modelo de fraude no es solo el daño que hace en una elección concreta. Es el daño que hace a la fe ciudadana en la institución democrática misma. Cuando el votante aprende que madrugar no sirve, que la mesa puede no estar, que el voto puede ser borrado con un trazo de bolígrafo, que la auditoría es un teatro y que los propios candidatos prefieren callar antes que comprometer sus intereses, no solo pierde la elección. Pierde la ilusión de que su participación importa. Y esa pérdida es la que el poder corrupto verdaderamente busca: no ganar una vez, sino enseñar a la gente a no intentarlo la próxima.

Llamar a esto por su nombre no es alarmismo ni parcialidad política. Es Un fraude que se sirve de la burocracia, del caos logístico, de la opacidad contable, de la impunidad institucionalizada y de la cobardía interesada de quienes, pudiendo hablar, eligieron el silencio. Reconocerlo es el primer acto de resistencia. Documentarlo, el segundo. Exigir consecuencias —para los organizadores del fraude y para los cómplices que lo avalaron con su mutismo—, el tercero. Porque sin consecuencias, el fraude no es una anomalía: es el sistema.

 

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