En octubre del 2020, cuando el mundo entero vivía bajo la sombra del miedo y la incertidumbre, un laboratorio peruano, FARVET, ya tenía en sus manos una respuesta distinta: una vacuna nasal contra la COVID-19. Una alternativa audaz, innovadora y profundamente lógica: si el virus ingresaba por la vía respiratoria, la defensa también debía empezar allí.
Nuestro grupo de investigación trabajó arduamente durante toda la pandemia, enfrentando en todo momento al virus para poder concluir las investigaciones lo más pronto posible. No nos escondimos del virus porque sabíamos cómo atacarlo. Las autoridades y responsables de la salud, sin embargo, crearon el pánico para obtener beneficios. A cada miembro del equipo solo me queda agradecerles por su valiente dedicación.
Pero mientras tanto, los gobiernos y los voceros oficiales de aquel tiempo miraban con desdén. Dijeron que era un sueño, una ilusión, un imposible. Se prefirió escuchar a las grandes farmacéuticas, seguir los caminos tradicionales, invertir miles de millones en fórmulas convencionales… y olvidar que en el sur, desde un pequeño rincón del Perú, ya se estaba gestando una alternativa con potencial para cambiar la historia.
Hoy, años después, la ciencia ha terminado por reconocer lo que entonces se desestimó. Existen múltiples investigaciones sobre vacunas nasales en todo el mundo. Incluso Anthony Fauci, símbolo de la respuesta científica global frente a la pandemia, ha señalado que una vacuna intranasal es una de las mejores alternativas para controlar al virus de COVID-19.
La pregunta que resuena es inevitable: ¿qué hubiera pasado si el mundo hubiese creído antes? ¿Cuántas vidas pudieron salvarse si se hubiera apostado por la innovación sin prejuicios, sin miradas coloniales, sin esa inercia que niega el valor de lo que nace fuera de los grandes centros de poder?
FARVET, en silencio, demostró que la ciencia peruana no solo podía soñar, sino también anticiparse al futuro. Esa visión temprana es un recordatorio poderoso: la innovación no tiene pasaporte, ni bandera. La verdad científica no depende del lugar de origen, sino del coraje de quienes se atreven a desafiar lo establecido.
Hoy, cuando la historia empieza a reconocer la validez de aquella propuesta, el legado de FARVET brilla más fuerte: un testimonio de cómo la perseverancia, la creatividad y la pasión por la ciencia pueden ir más allá del escepticismo y del silencio.
Y sin embargo, la experiencia vivida nos dejó una herida profunda: al Perú le costó más de 200,000 vidas y miles de personas hoy cargan con secuelas secundarias. Lo más doloroso es que como sociedad casi no hemos asimilado esa lección ni aprendido lo suficiente para estar preparados ante la próxima —e inevitable— pandemia. ¿Cuándo aprenderá el ser humano a pensar en su prójimo y dejar de pensar solo en su propio beneficio, sin importar el sufrimiento de los demás?
Quizás el mayor desafío de la humanidad no sea descubrir nuevas vacunas ni levantar hospitales más grandes, sino aprender a reconocerse en el otro. La ciencia avanza, pero si la conciencia no la acompaña, repetiremos los mismos errores. El virus nos mostró nuestra fragilidad; la respuesta que dimos reveló nuestras divisiones, nuestra falta de sensibilidad humana y el personalismo.
Solo cuando entendamos que el bien propio depende del bien colectivo, podremos estar verdaderamente preparados. Porque la salud del mundo no se mide en laboratorios ni en cifras, sino en la capacidad de cada ser humano de poner la vida de otro al mismo nivel que la suya.
(*) MV, MSC, PhD h.c.




