26 de marzo de 2026

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Lima: Cargando...

Por: Manolo Fernández // Los últimos testigos del tiempo

Manolo Fernández Díaz

Nacieron entre 1940 y 1949, cuando el mundo todavía tenía cicatrices de guerra y esperanza en los ojos. Eran tiempos de calles polvorientas, radios que unían familias y amaneceres sin ruido de máquinas. Los niños de aquella década crecieron mirando el cielo, no una pantalla; aprendieron a valorar un trozo de pan, un vaso de leche, una sonrisa sincera. Eran los hijos de la austeridad, pero también los padres de la reconstrucción.

Hoy, de esa generación, sólo uno de cada cinco sigue respirando. El resto ya forma parte del polvo del tiempo, del eco suave que queda en las fotografías amarillentas y las voces que el viento parece repetir en los recuerdos. Pero incluso entre ese 20% que sigue aquí, la mayoría no está en buenas condiciones de salud. Sus cuerpos llevan el peso de una vida dura, sin medicina avanzada, sin las comodidades que hoy parecen imprescindibles.

Son los que trabajaron sin descanso, que construyeron ciudades, carreteras, industrias y sueños… pero a quienes la modernidad no les devolvió el favor. Fueron testigos del amanecer del progreso, pero no siempre de su justicia. Hoy viven rodeados de un mundo que ellos ayudaron a levantar, pero que ya no los reconoce. Muchos de ellos miran desde una cama, con mirada cansada, viendo cómo todo cambia demasiado rápido, cómo la humanidad avanza hacia un abismo cubierto de luces artificiales.

Y mientras la ciencia presume de poder alargar la vida, la vida misma parece perder su sentido. Sí, los avances médicos podrían mejorar la supervivencia y la calidad de los años… pero, ¿qué significa vivir más si se ha olvidado cómo vivir?

Porque el ser humano, en su carrera por dominarlo todo, se ha convertido en su propio enemigo. El crecimiento demográfico sin medida ha convertido al planeta en una lucha constante por el espacio, el agua, los alimentos, la energía. Hemos vuelto la tierra un campo de batalla silencioso donde el vencedor siempre pierde algo de sí mismo.

Las manos que antes sembraban con amor hoy arrancan sin piedad. Los mares se llenan de plástico, los ríos de veneno, los bosques de silencio. Los animales que antes compartían con nosotros la vida, hoy son simples recursos. La tierra —esa madre que lo dio todo— sangra. Y el hombre, ciego en su codicia, ni siquiera escucha su llanto.

El alimento se ha vuelto una mentira: brillante por fuera, vacío por dentro. Las frutas saben menos, las carnes son más frías, los panes menos nobles. La tierra ya no nutre, produce, exhala, se agota.

Y en medio de este torbellino, el ser humano se ha desfigurado por dentro. La corrupción, la ambición y la codicia se han vuelto su nueva religión. El poder y el dinero reemplazaron la compasión. Los valores, antes transmitidos en las mesas humildes y los consejos de los abuelos, hoy son moneda de cambio.

Aquel 20% que sobrevive de los nacidos en los años cuarenta observa todo esto con una mezcla de asombro, tristeza y resignación. Ellos saben lo que significaba un mundo más humano, más sincero, más simple. Tal vez no lo digan, pero lo sienten. Y en sus silencios se esconde una verdad que muchos no queremos escuchar:

“El progreso sin alma es sólo una forma elegante de destruirnos.”

Ellos, los últimos testigos del tiempo, ya no luchan por cambiar el mundo, sino por no olvidar lo que el mundo fue cuando aún tenía alma.

  • Y tal vez esa sea su última enseñanza para nosotros, los hijos y nietos de su sacrificio:
  • Que la vida no se mide en años, sino en bondad.
  • Que la ciencia no tiene sentido si no sana el espíritu.
  • Que la tierra no es propiedad, sino hogar.

Y que el ser humano, si no aprende pronto a vivir en equilibrio con su entorno, terminará viviendo en el vacío.

Los que nacieron en los cuarenta son los últimos faros de una época donde la palabra valía más que un contrato, donde la comida era limpia, el aire era puro y el amor era trabajo, no consumo. Ellos nos miran desde la frontera entre el ayer y el mañana, y sin decir palabra, nos advierten:

“No destruyan lo que con tanto sacrificio aprendimos a cuidar.”

Quizás cuando el último de ellos cierre los ojos, el mundo también cierre una etapa. Y entonces tendremos que decidir si seremos recordados como quienes lo continuaron, o como quienes terminaron de extinguirlo.

(*) MV, MSC, PhD h.c.

 

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