28 de marzo de 2026

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Lima: Cargando...

Por: Manolo Fernández // Una oportunidad para el renacimiento del sector avícola peruano

Manolo Fernández

La posible llegada de un jugador global al ecosistema avícola peruano no debe interpretarse únicamente como una amenaza, sino como una llamada urgente al despertar. Nos enfrentamos a un punto de inflexión: seguir como hasta ahora o renacer con una visión audaz, moderna y resiliente.

Durante años, el sector ha caminado con pasos seguros pero predecibles. Hoy, la globalización podría irrumpir en el corazón de nuestro negocio, y con ella nos ofrece el mayor regalo que puede recibir una industria: la oportunidad de reinventarse.

No se trata de igualar el volumen de producción ni de replicar el historial de una multinacional. Se trata de innovar con identidad propia. Y ahí radica nuestra verdadera ventaja: contamos con profesionales peruanos con décadas de experiencia en el campo avícola, que conocen profundamente cada eslabón de la cadena, desde la genética y la nutrición, hasta la gestión de riesgo y el comportamiento del mercado local.

A esto se suma otro activo invaluable: nuestros expertos en sanidad aviar, formados en la realidad nacional pero con una mirada científica global. Su conocimiento riguroso, su compromiso técnico y su experiencia práctica son el cimiento sobre el cual podemos construir una industria más segura, eficiente y competitiva.

El desafío sanitario en el Perú es real, complejo y demanda atención especializada. No es un terreno para la improvisación. Requiere estrategia, vigilancia constante, capacidad de respuesta y un conocimiento profundo del entorno epidemiológico. Pero precisamente por eso, dominar este desafío se convertirá en una ventaja diferencial. Las empresas que lo comprendan y lo enfrenten con profesionalismo no solo protegerán su producción: marcarán distancia y liderazgo frente a cualquier competencia, nacional o extranjera.

Y frente a todas las disyuntivas, una verdad se impone: la mejor inversión es aquella que se hace en lo que ya conocemos profundamente, en lo que hemos vivido desde dentro, sufriendo éxitos y derrotas. Porque ha sido en ese terreno — duro, exigente, pero familiar— donde hemos aprendido a resistir, a evolucionar y a seguir existiendo como personas y como empresas.

Como marineros que han enfrentado tormentas y aprendido a leer el mar más allá del horizonte, llevamos cicatrices que hablan de supervivencia y visión. Y como los espartanos de la historia, no tememos al combate. No porque lo subestimemos, sino porque sabemos lo que implica enfrentarlo con honor, preparación y disciplina férrea. El espíritu espartano no es una simple metáfora de fuerza: es la encarnación de la voluntad inquebrantable, del coraje colectivo que no se rinde, que lucha por cada palmo de tierra, por cada ave, por cada trabajador que ha hecho posible este sector.

Ese es el temple que hoy se necesita. Ese es el ADN que debe guiar esta nueva etapa.

Este no es un momento para el miedo. Es el momento para que la industria nacional se sacuda la pasividad, abrace la tecnología, priorice la productividad y apueste por el talento local como motor de transformación. Es ahora o nunca.

La disrupción externa, incluso si aún es solo una posibilidad, debe ser el catalizador de una revolución interna. Una revolución que valore nuestras capacidades, que escuche a nuestros técnicos, y que convierta cada desafío en un escalón hacia la excelencia.

La supervivencia ya no es suficiente. Es tiempo de liderar. Y solo lo lograremos si confiamos plenamente en lo que somos… y en lo que estamos destinados a construir.

“El pasado no es una sombra lejana, es una fuerza activa que habita en cada decisión presente. Pretender avanzar sin mirarlo es como querer borrar las huellas del camino y seguir caminando sin dirección. Todo lo que hemos vivido —cada caída, cada acierto, cada silencio— guarda una lección que no se puede ignorar sin consecuencias. Lo no aprendido, vuelve. Lo no sanado, se repite. Y lo no entendido, nos detiene.

Quienes han alcanzado el éxito real lo saben: han estudiado sus fracasos con la rigurosidad de un científico, han enfrentado sus errores sin buscar culpables, y han reconstruido su camino piedra por piedra. Pero también han hecho algo más inteligente aún: se han rodeado de personas que ya han vivido experiencias más complejas, y han superado obstáculos que otros ni siquiera han enfrentado aún.

Son como marineros endurecidos por tormentas, que han perdido velas, reparado mástiles bajo rayos, y aprendido a leer los vientos que otros temen. No le temen al caos, porque ya lo han domado. Han aprendido a navegar cuando el cielo ruge y el mar se levanta. Su instinto no viene de la teoría, sino de la supervivencia inteligente. Y su experiencia se convierte en faro para quienes se atreven a escucharlos.

Rodearse de estas personas no es solo una ventaja: es una necesidad para quienes desean avanzar con inteligencia. Ellos no imponen caminos, pero iluminan rutas. No dan respuestas fáciles, pero plantean preguntas que transforman. Su visión entrenada, su conocimiento profundo y su disciplina en la investigación los convierten en brújulas humanas en medio del caos moderno”.

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