La inteligencia artificial dejó de ser un avance meramente tecnológico: hoy define quién tiene ventaja económica, militar y geopolítica. Estados Unidos mantiene el liderazgo, pero muestra tensiones internas. Recientemente, la empresa de IA Anthropic demandó a la administración Trump tras negarse a facilitar acceso a su tecnología con fines de defensa, y el Departamento de Defensa la calificó como un “riesgo para la cadena de suministro”. El caso expone la fragilidad del equilibrio entre gobierno y sector privado en el control de tecnologías críticas y la vulnerabilidad de depender de actores privados para la seguridad nacional.
China, en contraste, avanza con rapidez y método. Empresas como DeepSeek aplican técnicas de “distillation”, desarrollando modelos a partir de sistemas existentes y reduciendo costos y tiempos, una estrategia similar a la que impulsó la expansión del país en energía solar y telecomunicaciones. En 2025, el sector de IA chino superó 1,2 billones de yuanes (unos 173.900 millones de dólares), con más de 6.200 empresas activas, promoviendo robótica humanoide, redes 6G e iniciativas de “IA Plus” para la industria. La combinación de velocidad, escala y coordinación estatal refuerza su posición tecnológica global.
Europa opta por un camino distinto: regular y atraer. El EU AI Act, publicado en 2024, clasifica los sistemas según riesgo y establece requisitos estrictos para aplicaciones críticas en salud, educación e infraestructura. Exige supervisión humana, controles técnicos y transparencia, con sanciones de hasta el 7 % de la facturación global. Lejos de ser un obstáculo, esta regulación puede atraer inversión estratégica en sectores clave. Su efecto extraterritorial obliga a cualquier empresa que quiera operar en Europa a cumplir estas normas, ampliando la influencia del bloque sobre 450 millones de consumidores.
Para sostener esa apuesta, la Comisión Europea destinó 200 millones de euros a garantías públicas para reactores modulares pequeños (SMR), asegurando energía para centros de datos que soportan IA. Al mismo tiempo, el gasto militar europeo creció 12,6 % en un año, unos 100.000 millones de euros adicionales según The Military Balance 2026. Regulación, infraestructura energética y defensa se combinan para ofrecer un entorno predecible que puede atraer inversión en industrias y tecnologías estratégicas.
Estados Unidos, por su parte, intensifica la dimensión militar. Programas como Replicator y APFIT canalizan inversiones masivas en IA aplicada a la defensa, con contratos para desarrollar capacidades avanzadas y sistemas autónomos. Mientras Europa ofrece un marco más estable para empresas que priorizan gobernanza y gestión de riesgos, Washington integra cada vez más la innovación en el corazón de su aparato militar.
América Latina: entre adopción y dependencia
Mientras el mundo define bloques y estándares, América Latina avanza a distintas velocidades. Brasil, Chile y Uruguay muestran estrategias relativamente maduras; Perú sigue rezagado. Su Estrategia Nacional de IA 2024 carece de presupuesto y capacidad institucional para supervisar sistemas de alto riesgo. Según la CEPAL, Perú obtiene 74,4 puntos en gobernanza, lejos de los 92,9 de Brasil, lo que refleja brechas persistentes en institucionalidad y coordinación pública.
Depender de estándares tecnológicos externos puede limitar la capacidad de atraer inversión estratégica y tomar decisiones propias en ámbitos sensibles como la seguridad tecnológica. Mirar desde la tribuna puede salir caro. La inteligencia artificial, la defensa y la geopolítica ya no son debates lejanos ni puramente técnicos: determinan competitividad, seguridad y desarrollo. Para países como Perú, la pregunta no es solo cuándo actuar, sino si sus instituciones podrán hacerlo antes de que otros definan las reglas.
(*) Analista y columnista




