En Perú, los debates y la cobertura electoral de la primera vuelta de 2026 no parecieron diseñados para informar, sino para producir momentos replicables: frases que se martillan, gestos que se viralizan y anécdotas convertidas en memes. Los candidatos apostaron por el humor, la improvisación y la presencia mediática por encima de cifras o propuestas.
Los noticieros y los medios digitales también se sumaron al espectáculo durante el ciclo electoral. En lugar de explicar qué proponía cada candidato, cómo pensaba gobernar o qué implicaban temas como el rol del Senado o la gobernabilidad, muchas veces privilegiaron la polémica y la viralidad. Esta tendencia no es nueva: desde hace años, la política peruana privilegia el efecto emocional por encima de la discusión de fondo. Lo distinto en 2026 fue el grado. Con más de 35 candidatos en carrera, ninguno pareció lo suficientemente sólido como para responder a una crisis política que el Perú arrastra desde hace años, marcada por presidentes vacados, investigados e incluso encarcelados.
El resultado no fue solo una campaña más superficial, sino también más fragmentada. En otros países, incluso cuando domina el espectáculo, suele haber al menos un mensaje central que ordena la campaña, como ocurrió en Estados Unidos con el “Make America Great Again” de Trump o en Alemania con el discurso antimigración de la ultraderecha. En Perú, en cambio, la elección de 2026 mostró algo más caótico: no hubo una narrativa dominante ni una propuesta capaz de estructurar el debate. Lo que predominó fueron momentos virales, frases sueltas y polémicas pasajeras.
Ese vacío también se reflejó en el electorado. Antes de la primera vuelta, una encuesta de ATIK y Escucha al Perú situaba en 31,9 % a los indecisos y en 14,8 % a quienes pensaban votar en blanco o nulo. Casi la mitad del electorado llegaba así a la votación sin una preferencia clara.
Esta dinámica también se explica por el entorno mediático. El capítulo sobre Perú del Digital News Report 2025 del Reuters Institute muestra un ecosistema informativo cada vez más desplazado hacia lo digital, donde el video online gana centralidad mientras los medios tradicionales pierden ingresos e influencia. En un escenario así, lo breve, visual y emocional tiende a imponerse sobre la explicación y el argumento.
En contextos con baja regulación y limitada alfabetización mediática, como el peruano, estas dinámicas son más difíciles de detectar y contrarrestar. El resultado es un espacio público más fragmentado y más vulnerable a distorsiones que terminan influyendo en el comportamiento electoral.
En ese contexto, el caos del día de la votación no fue una sorpresa. Retrasos de varias horas en Lima, problemas en la distribución de material electoral y más de 63.000 ciudadanos sin poder votar evidenciaron fallas operativas de alcance nacional. En algunos medios, además, la cobertura no mantuvo del todo un tono de verdadera exigencia. Hubo indignación, sí, pero también espacio para la broma y el entretenimiento, incluso ante una falla institucional evidente.
Encuestas que ya no solo miden
El ciclo electoral también mostró el peso de las encuestas en un escenario fragmentado. En una elección con tantos candidatos, pocas propuestas claras y tantos clips cortos en redes sociales, dejaron de ser solo una foto del momento. También empezaron a influir en quién parecía tener más chances de pasar a la segunda vuelta. Ya no solo importaba quién convencía más, sino quién parecía poder avanzar. No es una discusión nueva: en Europa ya ha habido cautelas frente al efecto de las encuestas sobre los indecisos. En Alemania existió durante años una autolimitación para no publicarlas en la última semana antes de votar, y en otros países hubo restricciones legales más estrictas. En Perú, en cambio, circulan en medio del ruido de campaña y pueden reforzar la idea de quién parece competitivo. Así, el voto se fue moviendo más por cálculo que por convicción.
Patear el tablero: jуvenes, peones y poder
En el padrón de 2026, los jóvenes de 18 a 29 años representan alrededor de una cuarta parte del electorado. Su peso demográfico es significativo, pero su relación con la política está marcada por la desconfianza. Aunque la participación se mantiene alta por obligatoriedad, la confianza en las instituciones políticas sigue siendo baja. En este grupo, y en general, el voto tiende a ser instrumental: más orientado a evitar un resultado que a respaldar un proyecto.
Otros contextos muestran algo distinto. El caso de Hungría sugiere que la distancia de muchos jóvenes frente a la política no responde solo al desinterés, sino también al tipo de elección que tienen delante. En 2026, la disputa se organizó con más claridad alrededor de un objetivo reconocible: sacar a Viktor Orbán del poder tras 16 años y abrir una etapa de reformas con una orientación más cercana a Europa. Frente a esa posibilidad concreta, la participación adquirió otro sentido. No es lo mismo elegir entre dos proyectos relativamente definidos que hacerlo en una elección con más de 35 candidaturas, sin un mensaje dominante y con pocas propuestas capaces de ordenar el debate.
En el tablero electoral peruano, los actores operan como piezas intercambiables. Cuando uno cae, otro ocupa su lugar sin alterar necesariamente las reglas del juego. “Patear el tablero” no implica una transformación estructural, sino un reinicio constante del equilibrio político.
En ese escenario, la disputa no solo se define por los votos, sino también por la capacidad de moldear percepciones. Lo visible —memes, gestos, frases— desplaza con facilidad lo estructural: las instituciones, las reformas y la gobernabilidad. La primera vuelta no resolvió esa tensión. La dejó al descubierto. La segunda vuelta puede organizar la competencia, pero no garantiza por sí sola una ciudadanía mejor informada ni una elección basada en una comprensión más clara de lo que está en juego.
(*) Analista y columnista




