More

    Por: Martín Valdivia Rodríguez / Morir en silencio

    El caso de Ana Estrada – la psicóloga de 44 años que padece polimiositis, una enfermedad rara y degenerativa que inflama y debilita los músculos – al parecer ha llegado a su fin; es decir, ella podrá tener una muerte digna, libre de castigo a terceros que intervengan en esa decisión que ha causado polémica en nuestro país. La Procuraduría General del Estado no moverá un dedo para impedir que esta mujer logre su cometido: poner punto final a sus agobiantes días.

    Y la verdad, comprendemos a Ana. Lo comprendemos desde el punto de vista humano, del sufrimiento que puede causar una enfermedad que, como la polimiositis, paraliza por completo el cuerpo a tal punto de no poder siquiera respirar por sí misma sino a través de una máquina a la que tiene que estar conectada las 24 horas de día. Nadie envidiaría estar en su lugar, eso está claro.

    Sin embargo, para los que profesamos una creencia, el sólo hecho de manipular tu propia vida en contra de los designios de Dios, nos habla de un hecho premeditado que atentaría contra nuestra propia fe. Ana tiene todo el derecho de morir dignamente pero hasta qué punto esa palabra “dignidad” no podría confundirse en algún momento con el suicidio, un acto muy personal pero reñido con el curso natural de una muerte.

    La señora Estrada pide morir porque su condición física ya no es humana, es una carga, una costra, un dolor perenne que la acompaña todo el día, sin parar, como una cruel pesadilla de la que nunca despierta. Ello lo entendemos, pero no compartimos el hecho de quitarse la vida en forma asistida. La eutanasia no debería ser legalizada jamás en nuestro país, pues abriría las puertas a una cultura de la muerte que debemos erradicar.

    “¿Qué tipo de sociedad queremos construir, la del individualismo o la de la solidaridad? Aceptar legalizar la eutanasia es admitir que la sociedad ya no va a defender siempre la vida de las personas inocentes. Se les va a encargar a algunos de sus miembros que acaben con la vida de otros. Se va a decir al débil y al enfermo que no estamos dispuestos a hacer todo lo posible para sacarles adelante. Se les va a descartar, como diría el papa Francisco”, precisa el sociólogo español Francisco José Ramiro García.

    Esperemos que la muerte asistida de Ana Estada sea un caso muy particular, que no lleve al morbo periodístico y al aprovechamiento político de los “progres” de todo pelaje. La señora Estrada merece respeto y, su muerte, no debe ser considerada un “ejemplo” de lo “progre” que ahora se ha convertido, supuestamente, el Perú. Porque lo que digo y escribo siempre lo firmo.

    El caso de Ana Estrada – la psicóloga de 44 años que padece polimiositis, una enfermedad rara y degenerativa que inflama y debilita los músculos – al parecer ha llegado a su fin; es decir, ella podrá tener una muerte digna, libre de castigo a terceros que intervengan en esa decisión que ha causado polémica en nuestro país. La Procuraduría General del Estado no moverá un dedo para impedir que esta mujer logre su cometido: poner punto final a sus agobiantes días.

    Y la verdad, comprendemos a Ana. Lo comprendemos desde el punto de vista humano, del sufrimiento que puede causar una enfermedad que, como la polimiositis, paraliza por completo el cuerpo a tal punto de no poder siquiera respirar por sí misma sino a través de una máquina a la que tiene que estar conectada las 24 horas de día. Nadie envidiaría estar en su lugar, eso está claro.

    Sin embargo, para los que profesamos una creencia, el sólo hecho de manipular tu propia vida en contra de los designios de Dios, nos habla de un hecho premeditado que atentaría contra nuestra propia fe. Ana tiene todo el derecho de morir dignamente pero hasta qué punto esa palabra “dignidad” no podría confundirse en algún momento con el suicidio, un acto muy personal pero reñido con el curso natural de una muerte.

    La señora Estrada pide morir porque su condición física ya no es humana, es una carga, una costra, un dolor perenne que la acompaña todo el día, sin parar, como una cruel pesadilla de la que nunca despierta. Ello lo entendemos, pero no compartimos el hecho de quitarse la vida en forma asistida. La eutanasia no debería ser legalizada jamás en nuestro país, pues abriría las puertas a una cultura de la muerte que debemos erradicar.

    “¿Qué tipo de sociedad queremos construir, la del individualismo o la de la solidaridad? Aceptar legalizar la eutanasia es admitir que la sociedad ya no va a defender siempre la vida de las personas inocentes. Se les va a encargar a algunos de sus miembros que acaben con la vida de otros. Se va a decir al débil y al enfermo que no estamos dispuestos a hacer todo lo posible para sacarles adelante. Se les va a descartar, como diría el papa Francisco”, precisa el sociólogo español Francisco José Ramiro García.

    Esperemos que la muerte asistida de Ana Estada sea un caso muy particular, que no lleve al morbo periodístico y al aprovechamiento político de los “progres” de todo pelaje. La señora Estrada merece respeto y, su muerte, no debe ser considerada un “ejemplo” de lo “progre” que ahora se ha convertido, supuestamente, el Perú. Porque lo que digo y escribo siempre lo firmo.

    Más recientes