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    Por: Martín Valdivia Rodríguez / No más cuarentenas

    Bueno, la supresión de la cuarentena tenía que darse, se caía de madura. El país y Lima en especial, no daban para más. Siempre lo dijimos: la cuarentena en vez de ser una solución efectiva frente al problema de la pandemia, es una suerte de manotazo de ahogado que se toma como último recurso, como una tabla de salvación cuando han fallado otras alternativas más viables y menos castigadoras que un encierro total.

    El leve descenso de muertes y el mantenimiento de una positividad entre el 18 y 19%, nos hablan de una discreta meseta que tal vez en las siguientes semanas podamos observar con mayor énfasis. Esto, a criterio de muchos médicos infectólogos, no sería atribuido a las medidas tomadas por el gobierno o la desesperada cuarentena “diferente” señalada por la primer ministra Violeta Bermúdez, sino más bien al curso natural de la enfermedad que, una vez alcanzado su punto más alto de infección, tiende a formar una meseta para luego bajar lentamente.

    Por culpa de una brutal cuarentena aplicada por el gobierno de Vizcarra, nuestro Producto Bruto Interno (PBI) del 2020 descendió a niveles históricos, siendo uno de los más desastrosos del planeta (-11,12%) sepultando a todo un país en la miseria, con millones de despedidos, negocios cerrados y emprendimientos quebrados. ¿Y para qué? ¿Cuál fue el resultado de ese encierro de más de cinco meses que nos volvió más pobres y crispó nuestros nervios? ¿Qué lecciones aprendimos para aplicar esos conocimientos en la segunda ola? Nada. Y eso es lo que molesta. Nada.

    Para enero, con los morados ya en la presidencia, todo seguía igual: sin camas hospitalarias suficientes, sin oxígeno, sin camas UCI, con un cuerpo médico y de enfermeras desmoralizado y con un país en ruinas. Es decir, la herencia de Martín Vizcarra en su máxima expresión. Con el paso de los meses Sagasti aplicó la misma medida, sólo que “diferente”, “focalizada”, pero igual de torpe y desesperada.

    Ayer, la señora Bermúdez volvió a decirnos que los casinos y gimnasios (pobres ellos) seguirán cerrados, al igual que los templos. Volvió a recordarnos que las playas son lugares peligrosos y que salir los domingos (claro, al coronavirus le gusta los feriados) está prohibido. Menos mal que levantaron la cuarentena, pero no el toque de queda (ya cumpliremos un año con esta medida), con aforos restringidos y otras tonterías.

    Lo hemos repetido hasta el cansancio: al coronavirus lo frenaremos con la atención primaria, con la detección a tiempo de los infectados y con el aislamiento personal de quien esté mal. Dotándole de medicinas y de una atención individual. La vacuna, tal como van las cosas es – por hora – una quimera para la gran mayoría de peruanos. Porque lo que digo y escribo siempre lo firmo.

    Bueno, la supresión de la cuarentena tenía que darse, se caía de madura. El país y Lima en especial, no daban para más. Siempre lo dijimos: la cuarentena en vez de ser una solución efectiva frente al problema de la pandemia, es una suerte de manotazo de ahogado que se toma como último recurso, como una tabla de salvación cuando han fallado otras alternativas más viables y menos castigadoras que un encierro total.

    El leve descenso de muertes y el mantenimiento de una positividad entre el 18 y 19%, nos hablan de una discreta meseta que tal vez en las siguientes semanas podamos observar con mayor énfasis. Esto, a criterio de muchos médicos infectólogos, no sería atribuido a las medidas tomadas por el gobierno o la desesperada cuarentena “diferente” señalada por la primer ministra Violeta Bermúdez, sino más bien al curso natural de la enfermedad que, una vez alcanzado su punto más alto de infección, tiende a formar una meseta para luego bajar lentamente.

    Por culpa de una brutal cuarentena aplicada por el gobierno de Vizcarra, nuestro Producto Bruto Interno (PBI) del 2020 descendió a niveles históricos, siendo uno de los más desastrosos del planeta (-11,12%) sepultando a todo un país en la miseria, con millones de despedidos, negocios cerrados y emprendimientos quebrados. ¿Y para qué? ¿Cuál fue el resultado de ese encierro de más de cinco meses que nos volvió más pobres y crispó nuestros nervios? ¿Qué lecciones aprendimos para aplicar esos conocimientos en la segunda ola? Nada. Y eso es lo que molesta. Nada.

    Para enero, con los morados ya en la presidencia, todo seguía igual: sin camas hospitalarias suficientes, sin oxígeno, sin camas UCI, con un cuerpo médico y de enfermeras desmoralizado y con un país en ruinas. Es decir, la herencia de Martín Vizcarra en su máxima expresión. Con el paso de los meses Sagasti aplicó la misma medida, sólo que “diferente”, “focalizada”, pero igual de torpe y desesperada.

    Ayer, la señora Bermúdez volvió a decirnos que los casinos y gimnasios (pobres ellos) seguirán cerrados, al igual que los templos. Volvió a recordarnos que las playas son lugares peligrosos y que salir los domingos (claro, al coronavirus le gusta los feriados) está prohibido. Menos mal que levantaron la cuarentena, pero no el toque de queda (ya cumpliremos un año con esta medida), con aforos restringidos y otras tonterías.

    Lo hemos repetido hasta el cansancio: al coronavirus lo frenaremos con la atención primaria, con la detección a tiempo de los infectados y con el aislamiento personal de quien esté mal. Dotándole de medicinas y de una atención individual. La vacuna, tal como van las cosas es – por hora – una quimera para la gran mayoría de peruanos. Porque lo que digo y escribo siempre lo firmo.

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